Carmen Gago Florenti
Cuando hablamos de arte, es difícil poder identificarse con una sola parcela, es como si al contemplar una gran mansión, uno decidiera visitar unicamente el ala oeste, obviando el lado opuesto o la entrada principal. No sé si por suerte o no, amo todas y cada una de las facetas de ese inevitable, a la par que maravilloso mundo.
En ocasiones, es la fotografía la que me ofrece un abanico más amplio, donde de manera entusiasta puedo descubrir toda la belleza de un instante a través de la mirada escrutadora en el devenir del tiempo; una sensación, un sentimiento, un color, una forma, un revoloteo, una mirada, la bruma, la lluvia...interminable cosmos de fantasías, contenidas en el chasquido de un dedo para captar aquello que ha impresionado nuestra retina.
¿Y los pinceles con su variadas formas sobre un lienzo en blanco? Igualmente dependen del momento. En ocasiones intento plasmar algo predeterminado, o por el contrario dejo que mi mano se deslice a través del subconsciente por los caminos inexplorados de mi paleta multicolor.
Algo parecido es lo que me sucede con la música; un arte irrenunciable, puesto que no podría concebir un mundo sin las diversas melodías vividas y compuestas en países y culturas desde que el hombre pisó este planeta. Cada día me levanto con un ritmo nuevo y así enriquezco la jornada acompañando las tareas cotidianas dentro o fuera de mi estancia. Incluso cuando escribo, necesito la compañía de algún suave sonido que haga deslizar mis dedos sobre el teclado o el papel, con la cadencia del tema pautado previamente. Alguien me calificó de este modo: “Donde tú estás, hay música”.
Pero, ¿y la escritura? Ese afán que con más asiduidad practico y al que debo mis más preciados logros. Una selva inexplorada que me lleva por mil caminos diferentes, que me atrapa hasta el punto de envolverme en laberintos sinuosos donde los personajes se esconden y juegan conmigo hasta el insomnio. ¡Fascinante! Y cómo no, la poesía; un constante desahogo de sentimientos, envueltos en metáforas y desvelados en sinéresis concurrentes o contrapuestas.
Mas, de manera inconsciente, vuelvo la vista hacia el séptimo arte, otra de mis grandes e inspiradoras pasiones, porque desde que recuerdo -mucho antes de que la televisión llegara a nuestros hogares- me veo sentada en aquellas butacas de madera del desaparecido cine Emperador, del Barco, o del Benavente en Llanes, comiendo cacahuetes al lado de mis padres, y absorta ante todo cuanto se desarrollaba ante mis ojos. Era algo hipnótico, cautivador, emocionante, al igual que los momentos en los que me dejaban contemplar y manipular, la magnífica colección de programas de cine, guardados en una maleta de madera, con carátulas atractivas que sugerían llamativas escenas de los filmes que representaban. Aquellas obras maestras de la RKO, Cifesa, Universal... con actores irrepetibles, y finalmente la llegada del tecnicolor en CinemaScope ¡Grandioso!
Puede que en la actualidad, por comodidad, o por este loco ritmo de vida que no deja tiempo para casi nada, no acuda tanto a las salas de proyección, pero en la pequeña pantalla sigo buscando siempre una película que merezca la pena, que deje en mi una sensación nueva, o simplemente que cuando llega la palabra “Fin” , quiera seguir pensando o paladeando su argumento, analizando fondo y forma de lo expuesto.
Eso es lo que me sucedió recientemente con Seabiscuit del 2003.
Harta de películas bélicas, de armas y en suma de contenidos violentos tanto en informativos como en reportajes varios -no es de extrañar que por contagio la sociedad esté igual de crispada- me disponía a apagar el televisor, cuando, en un último intento, comencé a ver unas imágenes en blanco y negro referidas a la gran depresión del 29 en el pasado siglo, que se extendió a toda la década de los años 30, y narradas en tercera persona. Me detuve porque vi algo diferente y volví a sentarme para observar un poco más de aquello que, después en color, me mostraba unas vidas inconexas que imbuidas en sus propios dramas me iban llevando al punto común donde finalmente terminaban coincidiendo. Era ahí donde realmente empezaba el film.
Ya no fui capaz de moverme de mi asiento porque una vez ensamblados los personajes de John “Red” Pollard (Tobey Maguire), Charles Howard (Jeff Bridges), Tom Smith (Chris Cooper), el joven John (Michael Angarano), o Marcela Zabala-Howard (Elisabeth Branks), la emoción de la trama iba in crescendo.
Aquel maravilloso caballo Seabiscuit domado de nuevo, se convirtió en el protagonista de una historia donde los valores de amor, confianza y paciencia superaban cualquier expectativa. Un trato humano tan escaso en cualquier sociedad de cualquier tiempo, hacía aflorar un sentimiento de emoción que sin proponérmelo me convertía en partícipe de cuando estaba sucediendo.
Dirigida por Gary Ross, sobre un guion propio, y basado en el libro Seabiscuit: una leyenda americana, escrito en 2001 por Laura Hillembrand , es una película ambientada en Estados Unidos que cuenta las hazañas de un famoso caballo de carreras.
Había vuelto a suceder: el final me dejó frente a la pantalla apagada del televisor, reflexionando o recreando aquella historia que sin duda, se había convertido en algo más que un film al uso.
No es de extrañar que obtuviera siete nominaciones a los Oscars, incluida la de mejor película. Dos Globos de Oro y un numeroso elenco de premios en distintos festivales.
El séptimo arte, el primero o cualquier otro, todos crean espacios incomparables en nuestro espíritu, y únicamente, debemos abrir las puertas del intelecto para dejar que entren la brisas reparadoras que despejen los sentidos y nos hagan mejores.
María del Carmen Gago Florenti es miembro de honor de la Unión Nacional de Escritores de España.
