Ángulo muerto
A veces
el pecho se cierra
como un puño de hierro
y aplasta el aire
que ya no me pertenece.
Fuera de mí
las paredes se inclinan hacia dentro
y se doblan como papel mojado
en una habitación
donde los muebles son maderas
del último derrumbe.
El suelo ha dejado de ser firme
arena que cede a cada paso
se ondula como agua
y me niega el equilibrio.
La voluntad es un hilo roto
que ya no sostiene el deseo
de tocar la luz y cerrar la grieta.
Soy
la penumbra que queda
cuando el día se apaga.
El rastro frío de un amanecer
que dejará la rúbrica de un nombre
escrito donde ya no queda espacio.
En esta tierra sin costuras
ya no hay hueco
para mi próximo latido.
Será
como haber nacido mañana.
Del lecho de mi pecho,
emulando a un corcel que se desboca,
se envuelve con un viento de pasiones
y vuela hasta el culmen de mi empeño,
donde un rayo cargado de razones
la colma, dando sentido al ingenio.
Galopa hasta mi boca
y explota entre mis labios
y vuela, vuela alto…
Con la fuerza de un mar embravecido,
con las manos atadas al sentido
o a esa insania ordenada de los sabios.
Y se asoma a los altos pabellones
de edificios cargados de prejuicios.
Con su carga de profundo calado
se sumerge en el hondo de otros predios,
donde será reo de los juicios,
proveerá de alimento a los necios
y se hundirá en la razón del versado, dejando un caladero de emociones
y un mar de sentimientos encontrados.
Padre
Siempre que viajo y miro de reojo
me veo en tu mirada
y en el ámbar hialino de tus ojos.
Y mi retina allí queda clavada…
¿Dónde estarán dormidos tus enojos,
tu orgullo, tus antojos…?,
ayer causa de mi ira hoy perdida,
en las sombras de olvido que hoy recojo
y que quedó acallada
por la flor delicada,
que no se marchita ni yo deshojo.
En mi retina quedó tu memoria,
porque nunca te has ido,
y aún permanece sentada la historia
de una vida conmigo,
caminando juntos hasta la gloria
donde te fuiste, amigo,
pero no me invitaste, compañero,
allí no, no me llevaste contigo.
A ver miles de paisajes eternos,
pintar cientos de paraísos perdidos,
colorear los inviernos
con pinceles que pintaron olvidos,
y vivir los momentos
que como el humo volaron furtivos.
Tus recuerdos cada día más vivos
siguen aquí varados
de mi mente cautivos,
pues aquí nunca serán olvidados.
En tu lecho hablar no puedo contigo,
ni acariciar tus cabellos albeados,
ni besar tu cuerpo ajado y querido.
¡Cuántas palabras presas de mis labios
murieron en su orgullo!
¿Y cuántas se quedaron en los tuyos?
¡Y cuántos abrazos sin un destino
de desespero mustios,
se marchitaron en sendos caminos!
La vida es solo un soplo,
solo un aliento efímero y baldío,
solo el eco de un etéreo periplo,
solo un nimbo sombrío.
¡Pronto exhala la vida su alma al aire!
¡Que pronto salió de la tuya, padre!
Hermenegildo Frutos Callejas es miembro de la Unión Nacional de Escritores de España.
