María del Carmen Aranda
La metamorfosis
de un país de contrastes, donde la luz y la sombra conviven en cada mirada
Elegí la
mariposa como símbolo de este viaje porque representa la vida y la muerte, la
destrucción y el renacimiento. Pocos lugares en el mundo encarnan esa
metamorfosis con tanta intensidad como la India: un país emergente, de
crecimiento económico vertiginoso, que convive con profundas desigualdades
sociales y una pobreza que aún marca el destino de millones de personas.
Como la
oruga que entra en la crisálida, la India atraviesa su propia transformación.
En ese espacio oscuro y silencioso habita el rostro más invisible del país: los
Dalits, los llamados “intocables” históricamente excluidos del sistema varna, representan
entre el 15% y el 18% de la población. Aunque la Constitución prohibió la
discriminación por castas en 1950, su sombra persiste, inscrita en la vida
cotidiana.
La
sociedad tradicional se estructura en cuatro grandes varnas. Los Brahmanes,
guardianes del conocimiento y los rituales; los Kshatriyas, guerreros y
gobernantes; los Vaishyas, comerciantes y agricultores; y los Shudras,
trabajadores y servidores. En muchos casos, el apellido sigue siendo un
marcador silencioso del lugar que cada persona ocupa en esa jerarquía
ancestral. Para los más pobres, el linaje no es solo herencia, es una frontera.
Una
secta que me llamó la atención e incluso me escandalizó fue al ver a los
Aghoris, famosos por sus prácticas extremas de canibalismo. Desnudos y
cubiertos de cenizas de difuntos, viven en los crematorios utilizando cráneos
humanos (kapāla) como recipientes para comer y beber. Sin embargo,
incluso en los márgenes, la vida resiste.
Tener
sueños es una forma de supervivencia. La risa, un acto de resistencia
silenciosa. Pero el miedo, omnipresente, debilita y confunde, dejando al ser
humano expuesto a fuerzas que lo superan emergiendo la mariposa entre cultos y
rezos porque la otra cara de la India es luz.
Una luz
profundamente ligada a la espiritualidad, a la celebración de la vida y a la
presencia de lo divino en lo cotidiano. Esta conexión se revela durante el
Diwali, el Festival de las Luces, cuando millones de diyas —pequeñas lámparas
de arcilla— iluminan hogares, calles y corazones. Cada llama es una afirmación
de esperanza, una victoria simbólica del conocimiento sobre la ignorancia y del
bien sobre el mal.
Viajar a
la India es sumergirse en un universo donde lo visible y lo invisible conviven.
Poder y riqueza, pobreza y miseria. Imperando las divinidades manifestadas en
la Trimurti: Brahma, el creador; Vishnu, el preservador; y Shiva, el
destructor, cuya función no es el fin, sino la transformación.
Desde la
mirada europea, el primer impacto es el caos. Un tráfico sin normas aparentes,
donde vehículos, peatones, animales y sonidos se entrelazan en una coreografía
imprevisible. No hay fronteras claras. Vacas, perros, monos y otros animales
comparten el mismo espacio que millones de personas, mientras un olor
penetrante impregna el aire y se convierte en parte inseparable del paisaje.
Todo parece convivir en un equilibrio frágil, ajeno a la lógica occidental.
En
Calcuta, durante la 49ª edición de la Feria del Libro, caminé entre multitudes
impulsadas por el amor a la palabra. Allí tuve el privilegio de recitar un
poema dedicado a mi madre. Aquel instante suspendido en el tiempo fue mucho más
que un acto literario: fue un puente entre culturas, una afirmación de que la
emoción es un lenguaje universal.
Recorrí
el llamado Triángulo Dorado: Delhi, Agra y Jaipur. Más de setecientos kilómetros
donde pude observar que a pocos kilómetros de distancia entre pueblos, la
diversidad es tal que se siente un cambio significativo en la lengua, las
costumbres, la vestimenta y la comida, es un espejo de contrastes.
En Nueva
Dehli, el templo del Loto con sus 27 pétalos revestidos de mármol blanco, sin
rituales ni imágenes se siente la unidad de todas las religiones: meditación y
silencio en todos los corazones, porque todos somos uno.
Agra,
nos abrió sus brazos con el Taj Mahal, altivo y desafiante, recordándonos que
el amor puede sobrevivir al tiempo. En Jaipur, la Ciudad Rosa respiraba
historia en cada piedra resplandeciendo el Palacio de los Vientos con una
fachada que cuenta con 953 diminutas ventanas (jharokhas) permitiendo a las
mujeres reales de la época, observar la vida callejera sin ser vistas. No muy lejos de allí, cientos de personas
caminaban con prendas de mil colores, muchos de ellos descalzos, en
peregrinación hacia el Templo de los monos, conocido localmente como Galta Ji,
un lugar de culto activo dedicado a menudo al dios Hanuman, una deidad
principal del hinduismo, venerado como el «dios mono» símbolo de fuerza,
lealtad y humildad. Estanques escalonados permite a los peregrinos bañarse, a
menudo compartiendo el agua con los monos.
Desde
allí, el viaje continuó hacia Mumbai, la ciudad portuaria más poblada del país
y su corazón financiero. Bañada por el Mar Arábigo, ofrece atardeceres de una
belleza serena que contrastan con las heridas visibles del progreso. Una contaminación
silenciosa por tierra y aire, recuerda el precio de la transformación y, aun
así, la mariposa siguió volando porque lo que permanece no es el caos ni la
contradicción, sino la humanidad.
La
hospitalidad india se resume en un principio ancestral: Atithi Devo Bhava,
“el invitado es Dios”. No es una frase: es una forma de vivir. Se manifiesta en
gestos simples: una comida compartida, una sonrisa sincera que te llega como
una brisa cálida y te acaricia.
En cada
escuela que visitamos, en cada encuentro cultural vinculado a la antología
internacional Hispanoamérica escribe a India y a nuestras propias
presentaciones de libros y charlas a los alumnos, descubrí que el verdadero
viaje no ocurre en el espacio, sino en el interior de uno mismo. Me llegó el
respeto y admiración de todos los niños en sus aulas. Me llegó el esfuerzo y
tenacidad por superarse en una lengua, “la española” que no era la suya. Me
llegó la luz que, en cada una de sus miradas, sus ojos destellaban y dejé una
parte de mí en cada lugar que recorrí y regresé transformada.
Comprendí
que la metamorfosis no pertenece a la mariposa, sino a la vida.
Regresé
con la certeza de que, incluso en medio de la incertidumbre y el caos, la luz
siempre encuentra la forma de renacer y con el orgullo de saber que nuestra
lengua, el español, crece en la India como un puente entre mundos, como una
semilla de futuro, porque hay viajes que no terminan cuando el avión aterriza,
hay viajes que continúan para siempre dentro de nosotros.
Mi especial agradecimiento a
todas las personas que me han acompañado en este viaje:
Gladys Acevedo, Julia Cortes
Palma, Laura Córdoba, Dores Grego (Grupo de España).
Dr. Dibyajyoti Mukhopadhyay, Sr. Rajdeep Sp St., Poeta Tanmoy Chakrabarti, Ramakrishna Mission Institute (Calcuta). Sr.Vinod (guía en Delhi, Agra y Jaipur). Dra. Rini Sinha Ghosh, Dra. Deepika Golatkar, Dra. Jayasri Chaudhuri, Dra. Usha Sahoo, D. Daniel Quer Confalonieri (Consul general en Mumbai), El Don Bosco High School, High School Matunga, Oberoi International School, Smt. Sulochanadevi Singhania School.
María
del Carmen Aranda está galardonada con el escudo de oro de la Unión Nacional de
Escritores de España.
