El poeta recuerda a Marisica y siente nostalgia del sabor de las pipas en la gasolinera del pueblo
A Marisica le gustaba ir al cine,
dar besos en la boca,
comer pipas sentada en el banco de la plaza…
Marisica dormía en su cama de nieve
abierta de muslos hacia las estrellas.
La noche tenía una velocidad doble
que ponía piernas largas a Johnnie Walker.
Mientras los ovnis surcaban los cielos
desde España a Cabo Verde
y en las últimas tabernas sonaban el Gabinete Caligari
y las mornas de la saudade de Cesaria Évora,
Marisica se cocía en el zumo de tomate
de sus sábanas adolescentes.
Dormía, tal vez imaginaba, el oscuro pelaje de la noche,
las cornadas de los toros de lidia en plazas montaraces,
el sonido del embrague en la trasera de la gasolinera,
la flor de la pasión,
pétalos cayendo en su cama desde las estrellas.
Me gustaba besarle los labios, mientras dormía,
y buscar los restos de las pipas en su boca,
mezclados con el brebaje de malta.
De tal secreto,
solo me queda la nostalgia
y un sabor de pipa amarga
que a menudo se atraviesa en las noches de insomnio.
Frida and Vincent
Trazando tirantes de hierro sobre tu espalda,
espirales de tu columna endereza mi lengua germánica
y como un sacacorchos libera el vino y derrama el alcohol en la mesa.
Tus gritos enredados en el envés de las sábanas,
deslizándose entre los caracoles que nacen ciegos de tus cabellos,
predican que nunca tuviste un tan esponjado amante,
líquido mensajero nocturno de un dios extranjero
cuyas palabras nacen para el placer y contra la intemperie.
Cuando los flejes de tu corsé estallan con un chasquido metálico,
el espíritu regresa intensamente a la plenitud de la enramada.
Te daré este bálsamo para borrar los cielos grises del invierno,
el dolor inmisericorde que nace de la soledad en la noche estrellada,
los inquietantes cambios de fulgor sobre los montones de heno
y la imprecisa figura de tonos y matices que perdura tras la tormenta
en tus ojos. Si tu pelo está forjado de pequeñas irisaciones de luz,
yo soy un costurón vertical de aguja e hilo de cénit a nadir.
No obstante, también puedo fabricar con mis labios el consuelo
que inunde con gelatina azul de guacamayo y restos de ceniza
la sangrante soledad de la flor de jaguar de tu cráneo,
la expiación de mar y torbellino para el lirio ciego de tu vientre.
Como seres nacidos sin barreras para la batalla y para la danza,
sacudimos nuestros cuerpos desnudos sobre los rituales de la percusión
celebrando las ansias de repetición monótona, el ritmo de las síncopas,
el brutal estallido de la luminiscencia contra el oscuro cliché de las tinieblas.
