Jesús Jiménez Reinaldo, poemas

 

Las Perseidas

   En la noche de agosto

los grillos frotan sus extremidades inferiores

y de sus chispas, pedernales,

saltan las estrellas fugaces

como bolas de un billar cósmico.

 

   Echo de menos en el cielo de estío

aquellos besos entregados a ciegas

con que me arrullabas el pasado verano,

pero en soledad no puedo encender la yesca

para que se ilumine aún más el orbe infinito.

 

   A la oscuridad le pido el prodigio

de que se incendie para mí la Vía Láctea

y cuaje de estrellas hasta la ladera del collado,

acallando la añoranza de acero de mi pecho,

desnortando para siempre el trabajo de los grillos.

 

   El león cederá su reinado ante la reina virgen,

fría y mortuoria como una bandera a media asta.

Lejos de los relámpagos súbitos en el espacio,

el invierno portará la nostalgia de la nostalgia

y tendré que sobrevivir en el ardor de otras centellas.


Ronda tierna

Nunca Jamás

rememora su voz hasta seis veces

bajo tañidos lúgubres. Es ésta la noche

idéntica y dilatada, cuando la ronda felina

de Wendy, ya para veinte años.

 

A medianoche

la consigna exige que el tiempo se detenga,

que silenciosas sombras se delineen en cotejos

antiguos, copien recuerdos dudosos. Entre galerías,

ronda tierna; ronda tierna entre arcadas

tristemente vacías.

 

Wendy

exhibe desvelada, sin el temor lumínico

del espejo, zarpazos restañados en las mejillas,

desacostumbrada: ¿qué arrugas inéditas,

qué maldición eterna soporta tu corazón ingenuo,

íntimo y niño en la penumbra?


Los ojos de Isadora

Psicótropos dudosos nos trajeron

la “belle époque”, nosotros muertos y azules,

insectos bajo la torrentera hipnótica del marino

sin suerte: se cubrió la galaxia de lienzos como rayos

que pintaban amores arrojados a los hielos del Ártico.

Fue el huracán, fue la línea imaginaria

que separa cúmulos y cuásares,

cuando los llantos del “blues” cortaron nuestros ojos

vacíos de mirar opacas entrañas de leones. Balcón

del blanco corazón informe mecía el agua, desabrigados

los amargos licores de las ingles, en un girar de alas

sin gaviotas. ¿Cómo desentrañar quisiera la arqueología

del bronce funerario, una vez se condena la tierra

al polvo del milenio? Reflejó un compás, un círculo,

un instante: “la memoria es la vida”. La vida es memoria

de un ángulo recto que se ha torcido, memoria

de cielos ya no transparentes, un amor triste

que se baila.


El poeta recuerda a Marisica y siente nostalgia del sabor de las pipas en la gasolinera del pueblo

A Marisica le gustaba ir al cine,

dar besos en la boca,

comer pipas sentada en el banco de la plaza…

 

Marisica dormía en su cama de nieve

abierta de muslos hacia las estrellas.

La noche tenía una velocidad doble

que ponía piernas largas a Johnnie Walker.

 

Mientras los ovnis surcaban los cielos

desde España a Cabo Verde

y en las últimas tabernas sonaban el Gabinete Caligari

y las mornas de la saudade de Cesaria Évora,

Marisica se cocía en el zumo de tomate

de sus sábanas adolescentes.

 

Dormía, tal vez imaginaba, el oscuro pelaje de la noche,

las cornadas de los toros de lidia en plazas montaraces,

el sonido del embrague en la trasera de la gasolinera,

la flor de la pasión,

pétalos cayendo en su cama desde las estrellas.

 

Me gustaba besarle los labios, mientras dormía,

y buscar los restos de las pipas en su boca,

mezclados con el brebaje de malta.

 

De tal secreto,

solo me queda la nostalgia

y un sabor de pipa amarga

que a menudo se atraviesa en las noches de insomnio.


Frida and Vincent

Trazando tirantes de hierro sobre tu espalda,

espirales de tu columna endereza mi lengua germánica

y como un sacacorchos libera el vino y derrama el alcohol en la mesa.

Tus gritos enredados en el envés de las sábanas,

deslizándose entre los caracoles que nacen ciegos de tus cabellos,

predican que nunca tuviste un tan esponjado amante,

líquido mensajero nocturno de un dios extranjero

cuyas palabras nacen para el placer y contra la intemperie.

Cuando los flejes de tu corsé estallan con un chasquido metálico,

el espíritu regresa intensamente a la plenitud de la enramada.

 

Te daré este bálsamo para borrar los cielos grises del invierno,

el dolor inmisericorde que nace de la soledad en la noche estrellada,

los inquietantes cambios de fulgor sobre los montones de heno

y la imprecisa figura de tonos y matices que perdura tras la tormenta

en tus ojos. Si tu pelo está forjado de pequeñas irisaciones de luz,

yo soy un costurón vertical de aguja e hilo de cénit a nadir.

No obstante, también puedo fabricar con mis labios el consuelo

que inunde con gelatina azul de guacamayo y restos de ceniza

la sangrante soledad de la flor de jaguar de tu cráneo,

la expiación de mar y torbellino para el lirio ciego de tu vientre.

 

Como seres nacidos sin barreras para la batalla y para la danza,

sacudimos nuestros cuerpos desnudos sobre los rituales de la percusión

celebrando las ansias de repetición monótona, el ritmo de las síncopas,

el brutal estallido de la luminiscencia contra el oscuro cliché de las tinieblas.