Juan Orozco Ocaña (JOROS), poemas

 

Litoral dorado

De Argantonio, la flor de tu nombre,

amigo que miras al poniente y al oriente

como se escruta el devenir y el pretérito

desde un presente cargado de nostalgia.

 

Si existiesen otras vidas pensase

que en otro pasado te vivió,

lumen ardiente, fuego radiante,

risa portentosa de los salados labios,

carcajada incombustible

que acrecienta sus ansias,

puerto de un millar de barcos salerosos.

 

Si la reencarnación fuese, te soñase,

luciente almirante encendido…

Tu nao llegase esplendorosa hasta él,

arribase desde el templado naciente

cual un meteórico meteoro apasionado

que avanzase sobre su espalda

cubierta de nostalgia y de rocío.

 

De nácar, una paloma en tu boca

y un tórtolo arrullador en su epidermis;

cantos puros al son del viento

meciéndose en las ramas de la arboleda.

El silbido del aire acuna vuestros sentidos

como en vuestros pechos las golondrinas

surcaren felices la próxima primavera.

 

Un candor, a borbotones surge,

del fondo de vuestros apetitos,

realizando el milagro del deseo;

donde resplandecieren tus ojos

en el cálido espejo de los suyos;

luz prudente, guardiana de los secretos,

en la discreción de este silencio:

en boca cerrada no entran arañas

ni cardos ni espinas ni escorpiones.

 

El grato aroma del polen

perfuma el aire que respirasen:

el nardo sube hasta la aurora

de un sueño reparador de caricias

mientras el jazmín se regresa…

Blancas son las hojas de vuestras corolas

a la luz de la luna y del sol.

Alza sus banderas en tus mástiles,

nave portentosa de gran eslora,

trirreme luminosa de gran calado;

hacendoso magisterio de suave brisa

mece los estandartes en las alturas.

¡Oh, venturoso abril que apoteósico

me asciendes vibrando al litoral rumoroso!

 

El coral de tu bella boca

sonríe ante sus playas.

Un denso vergel les inflama

el afán de tenderse bajo

el árbol prohibido del edén.

 

Es leño legítimo y fogoso fruto,

que se ofrece en la costa

de este ponto que los conmueve.  

Fuere mañana su cobijo,

cala resguardada, marea,

reposando en esta margen.

 

Y así, acariciares con tu espuma

los contornos de su piel finita.

La tierra se humedece con tu esencia

en esta riba bañada por el Mare Nostrum.

 

Tu línea de horizonte perfila sus sentidos

agudizando el vaivén de ultramar.

Te espera en este piélago del sur

como en la marisma reposa la sal.

 

En ti, se acuestan las aguas

al atardecer clemente y sabio.

Tanto detuvo los definitivos instantes,

que hoy se tiende el océano

en el firme de su codiciada imagen.

 

¡Es tu ensenada, tu dársena, tu rada!

¡Fondea, almirante, en sus entrañas!

Tus caricias tatúan la orografía

de sus mágicas montañas siderales

dejando un rastro hondo, vivo,

en las columnas fidedignas de su antro.

Eres tan potente como la voluntad

de la tierra, el aire, el agua y el fuego.

 

(Nacidos son en el gozo y,

mereciéndose, regresan al paraíso).

A la sombra de Dios, se esfuerzan,

en darse amor pleno en su empeño.

Sin Dios no te quisiere, y con Él,

“viento en popa a toda vela”,

remontando el prístino líquido

de la edad dorada, en el amor del principio.

Amado Amores.


HASTA ÉL llega tu olor salitroso,

el aroma de la costa sureña,

tu perdurable esencia marina.

La brisa del litoral enciende sus ansias,

abre su apetito a tus ígneos estambres

de azafrán laborioso por estos parajes.

 

Si de sal, él te fuese --alegría

de sus manos para tu tacto--

abriría un venero en tu corazón,

elevando así, con tu luz, su anhelo,

a la cima de tus labios portentosos.

 

Eres esperanza de su futuro, cielo,

albor de los luceros del firmamento.

En tus manos, su dádiva desprende

como un panal ofrece miel en abundancia.

Es una fuente de nobles sentimientos,

un surtidor de transparentes chorros,

que se eleva en pleno vuelo

tal el ruiseñor canta en la enramada.

 

Es dorado amanecer, su devenir,

un ascua encendida que prende

en su alma sutilmente. Es una caña

junto al remanso claro del arroyo,

expectante por tus lisonjeras caricias.

Es un tórtolo arrullando en la tarde,

deseoso de más sol y de más aire;

de unas alas portentosas, etéreas,

que se elevan a las alturas sin ocaso.

 

Tú serás el azahar de su alborada,

y él, el laurel de tu regazo.

Se fundiesen vuestros aromas

como abrazos de calidez sublime

y querencia apoteósica.

 

La luna ha de encontraros pensando

en los afanes del soñado cuerpo,

en las sensaciones de los ósculos

rebosantes de dulzura y deleite.

Porque esa luna que ilumina su semblante,

a ti, te ilumina en esta hora.

Y así, felices en el gozo de teneros,

de tiempo en tiempo y sin problemas,

sin un afán excesivo en la codicia,

 

siendo gratamente generosos,

cual silvestres de natura os entregáis,

al placer de daros sin egoísmo,

buenamente, marineros apasionados.


Planeando el vuelo

Cual un rayo de sol

arribaron sus primeras palabras

cuando la esperanza era bruma:

¡oh luz de los prados celestes!

 

Llegase a su sobremesa

como el aroma de un licor

denso y potente al paladar,

cual un buen “carajillo”

que sabe a gloria bendita.

 

Llegase cual dádiva:

¡oh luz proverbial del litoral

que se arracima al mediodía!

 

Tu péndulo es remedio

De su sombrío frío;

tu calor prende su alma,

ayer distante y aterida;

tus leños calientan su epidermis,

acústico roble, llama sin ocaso,

 

candil que ilumina su camino

por las sendas de la vida.

 

Los osos buscan los besos

en las covachas al atardecer.

En un claro de luna piensan

el momento vivido tras los bosques,

junto al arroyo en flor.

 

Eres tan bello y tan valiente,

tan cortés y acorde a sus gustos,

que de par en par se le abre

el alma ante tu ser.

 

Nada más verte deseó hasta tu penumbra,

que “a quien buen árbol se arrima,

buena sombra le cobija”.

Ni un momento dudó al vislumbrarte,

ni una miríada fugaz, hombre honesto:

tu cuerpo solar refulge ante sí

y te desea como un brillante meteoro

surca fugaz el espacio

hasta caer rendido en tu órbita.

 

Prendido está de tus frutos de amor,

que son cariño, entrega y ternura.

Deseando ser presa de tu fuego…

espera el día de vuestra dicha.

Quiere fundirse en tus brazos

para ser cera sublime del paraíso,

para regresar como un ente nuevo,

renovado por el gozo jubiloso:

¡te desea, miel edénica, dulzor del alma!

Amado Amores


RONEO CON EL ENGARCE de tus ojos,

Cariño mío, despierto a tu sed

Para regarte con perfectos manantiales

De pureza inigualable y parsimonia,

En la cumbre del monte Abril

En que vivía y vivo, aunque estén

Entrados de nieve mis torrentes

En esta primavera de luz y sensaciones.

 

Dorada estampa de los estambres

Abiertos al aire de la pristina transparencia

Que inunda el orbe con sus invisibles

Manos acariciando la piel del mundo

Y la epidermis del hombre que soy,

Y ardo de pasión por us entrañas

(rosa púrpura de gozo sorprendente),

Dulce miel que amamanta la cálida

Mañana en la que estoy mientras sueño

Imaginándote, pureza lenta que amanece

Revoloteando y besando cada una

De mis hermosas y eternas flores, ¡himenóptera!

 

En esta orilla, remanso de placeres,

Donde el follaje crece en derredor

De toda la torrentera de mi valle,

Avanzo en tus calientes rayos

Y me prendo de tu luz, abeja pura

Y laboriosa, que preña mis flores

Radiantes de color, tersura y tacto.

 

El caudal de mis húmedas aguas

Te riega con el amor más preciado

Que jamás vieran la luna y el sol:

¡Oh júbilo tan fértil como la nacencia,

Pletórica y más poderosa que la razón!


He gozado y disfrutado

del vuelo de tu piel sobre la mía,

de la extensión del velamen de tu nao,

batido por el viento de mi ser, sobre el agua de mi boca.

Te abro las alas del espíritu,

mujer bendita, mientras susurro un canto,

un rezo íntimo, una pasión desbordada,

un hálito de fuego prudente y luminoso,

que hace señales a tu cuerpo perfumado

por el aroma de las flores en la aurora.

 

De amanecida te pretendo, espejo puro,

para mirarme en ti, y volcarme en tus brazos,

mientras abro mi semen al olor profundo

de tu costado, fresco y ágil, brioso y latente,

cual pálpito de azucenas mayestáticas,

cual remanso de canciones afrodisíacas

que rememoran el elixir de las islas

paradisíacas donde nos hallamos vivos;

y las semillas plenas y verdes, sonrientes,

de mi amor por ti avanzan en el alba

y se adentran en el día, buscando la sombra

esbelta de tu figura, preciosa mía.

 

Eres el tobogán cálido de mis sueños,

un frenético y estimulante halago de besos.

Eres la fruta madura que como con deleite.

Eres el corazón salvaje de una intensa noche

de verano en la que no se duerme:

sándalo que perfuma las bridas de mi ser;

¡extasiado penetro tu húmeda penumbra! 


Alcemos las copas, "Safir"

Escancia zumo de la diosa, “Safir”,

el precioso elixir de la rubia cebada

en estos sureños prados diáfanos

de nuestra villa al mediodía,

en el meridional solar de Tarssis.

 

Escancia los jugos dorados, “Safir”,

cual una orza se eleva al cielo mientras

rumiamos los rezos mágicos

 y puros de la esencia etérea,

que nos une con todo el universo.

 

Escancia en las copas, “Safir”,

la luna nueva y la creciente,

para que así devenga en luz,

tan plena y precisa cual estrella

pura que ilumina el devenir.

Escancia en la plata “Safir”,

en los ritones del agua de la fuente

sagrada que hubiere en Delfos:

“¡Conócete a ti mismo, hermano!

¡Haz de tu saber, tu fuerza!”.

 

Escancia en las patenas de oro, “Safir”,

el vino maravilloso de los sentidos:

“Pues que, si te conoces en todo,

sabrás de tus capacidades, proyectando,

y también de tus limitaciones, hombre”.

 

Escancia en este cristal encendido

el licor tan precioso para la fiesta:

y en esto, conocerás tus potencialidades,

sabiendo de qué cosas eres capaz,

y hasta donde puedes llegar sin derrotas.

Llena el copón de alabastro, “Safir”,

cubierto de ágatas y aguamarinas,

para conversar sobre lo cuántico,

sobre la sangre y los misterios:

¡alcémonos en un brindis perpetuo!


LA TERNURA DE TU VIENTRE ensalivado

con mil emociones entonadas; la suavidad

de tus nalgas floridas de parsimonia y dulzura.

La tersura de tus senos turgentes y prietos

en honor de la gracia –que alimento serán

algún día de los hijos--, a la gracia vital

y primeriza de la vida que brota en la tierra.

 

Y así refuljo al son de tus cadencias,

de tus conjeturas, de tus caderas fértiles,

de tus brazos armoniosos y aparentemente frágiles,

que dan vida a mi cuerpo cuando lo abrazas.

 

Abrasadores son, al mismo tiempo, tus besos,

tus ósculos sonoros de luz y de color,

de un sabor intenso a uvas maduras,

a un sabroso festín acuoso de claridades,

a un gusto y regusto placentero y hondo.

 

Por ti, renazco, amor, cada mañana,

por tus muslos y tu torso de plegarias

amadas, por tu esencia pura, por tu alma,

por tu savia edulcorada de placeres etéreos:

tu alma y tu espíritu, amorosos, que yo adoro.


Avento la luna salinera

que otorga las pleamares

en esta tierra amorosa,

mi querida doncella luminosa.

Eres sal de la gracia divina,

donde la semilla aquiescente,

solera de paz y bonanza,

ribete tornasolado al amanecer,

diadema fulgida de la noche

cuajada de perlas y estrellas,

ígneo clamor apoteósico

de tu boca en mi boca, ardiente.

 

Te quiero en los goces dulces

y en las estepas solariegas

y en el brío de la madrugada,

y en la calma del mediodía,

dulzor, centella engalanada

de rubores encendidos, de fogonazos

ascendentes en esta hora risueña.

 

Dame tus manos, corazón,

que prenda fuego a tu cintura,

que arda contigo, antorcha,

que restañe en tus ojos, princesa:

ascendamos los espíritus, amor,

avancemos pletóricos en la foresta.

Entrégate a mis alas, azúcar:

¡seamos luz radiante, vida mía!


Por amor hierve la sangre

POR AMOR HIERVE la sangre en mis venas,

me arremolino, me levanto, subo a ti.

Por amor me elevo a las alturas (del sicomoro),

me encrespo, me apasiono, vibro, vivo.

 

Tu boca es como un incendio de amapolas.

Tus ojos como un cometa fulgurante en la noche.

Tu palabra como un oasis en medio del desierto.

Tu sexo como una vorágine de mariposas.

 

Abro mi boca hasta tu pubis y la flor

de la ambrosía amanece hasta mis labios.

Tu amor es un inconmensurable espacio lleno

de estrellas, de planetas, de soles, de aire.

 

Y te amo como un río de esperma brota

en la madrugada regado de placer ascendente.

Y te broto como un cervatillo pace en las riberas

del bosque a la primera luz pura del alba.

 

Yo te amo, con mil ilusiones y mil canciones,

saboreando tu cuerpo como el mar la orilla.

Te amo, sol de mis simientes, sobre el refulgir

de la mañana, que nos ve regresar a la vida.


Juan Orozco Ocaña es miembro de la Unión Nacional de Escritores de España.