Tierras
altas de Escocia.
Mediados de abril de 1982.
Eran las tres de la madrugada de una noche tormentosa cuando unos ruidos extraños me sustrajeron del plácido sueño en el que me encontraba sumida. Parecían como crujidos de trasteo y rebotes sordos de objetos estrellándose contra el suelo desnudo. El estruendo lejano duró unos pocos minutos, seguido, al acabar, de un solitario toque agudo de nota musical alargada en el tiempo. Arrebujada entre las mantas, quedé estremecida porque a todas luces esos golpes provenían de alguna de las estancias superiores del castillo donde estaba pasando una de las muchas noches tan habitualmente lluviosas en aquella región escocesa repleta de leyendas. Y me alarmé también porque resultaba ser yo la única moradora en el enorme caserío de piedra de más de cuatrocientos años de antigüedad. Me hallaba sin compañía alguna, pues me había despedido esa misma tarde, y hasta otro día, del guarda dedicado a su mantenimiento.
Me pilló el jaleo tapada hasta la nariz, las manos agarradas como garfios a las gruesas telas, acostada en una gran cama de madera de roble, ornamentada ésta con esculturas y rostros de querubines de sonrisa inquietante. Rodeaba el camastro un grueso visillo de terciopelo granate que caía colgando del dosel.
El lecho presidía el centro de aquel gélido e inmenso dormitorio de los tantos que había en la planta segunda de la mansión perteneciente a los antepasados de mi abuelo paterno, James Percival MacCloud —de los Cloud del norte—, fallecido a los noventa años de edad hacía poco más de un lustro, y que fue valeroso teniente del XI regimiento escocés de granaderos de su Graciosa Majestad el rey Jorge V del Reino Unido, abuelo de la insigne y actual reina Isabel II.
Pero resultaba que, en origen, el castillo no era propiedad de mi abuelo, sino del jefe de otro famoso clan escocés: el de los MacMiller.
A continuación, contaré cómo llegué, sorpresivamente, al conocimiento de esta realidad.
Como hija única, heredé el castillo escocés, del que era absolutamente desconocedora de su existencia, cuando mi padre tristemente también murió en enero pasado con tan sólo sesenta años, semanas después de reiniciarse el curso escolar tras las fiestas de Navidad (este dato será relevante más adelante). Y es que, para sorpresa mía, el notario me comunicó la existente realidad de esta construcción de la que hablo y de la que a mí, quizás por ser demasiado joven en su día, quizás por trabajar lejos del pueblo donde vivían mis padres, o por cualquier otro avatar del destino, no se me comentó nada en todos los años anteriores.
Sea como fuere, el caso es que el castillo pasaba a partir de entonces a mi entera disposición, convirtiéndome de la noche a la mañana en heredera, con tan solo treinta años, de este singular edificio de mediados del siglo XVI ubicado en el norte de Escocia, en lo alto de una escarpada colina, al que se accedía únicamente a través de un estrecho y sinuoso camino de tierra, rodeado en todo su recorrido por un bosque oscuro y tenebroso.
La misma noche del día en que se leyó el testamento, mi madre me confesó que la primera desconcertada había sido ella, pues estaba convencida de que mi padre llegó a vender la propiedad hacía años; mas, por alguna inesperada circunstancia, a todas luces se arrepintió a última hora, echándose atrás… O quizás fuese el comprador quien lo hiciera, al descubrir el verdadero pasado del caserón escocés.
Mi madre me contó entonces la lúgubre leyenda que arrastraba la mansión de los MacCloud. Me dijo que al abuelo le gustaba recordarla y compartirla en las reuniones familiares como una tradición oral, tras la comida, mientras fumaba su sempiterna pipa acompañada siempre de un buen whisky, en nuestra casa de A Coruña, la que compró cuando llegó de joven durante unos días de permiso, enamorándose en el acto de esta tierra gallega y de una joven y atractiva muchacha del lugar: mi abuela. Yo era entonces muy pequeña y estaría jugando con mis primos durante la narración de alguno de esos relatos y por eso quizá nunca llegué a conocer la historia, que era la siguiente, según mi madre:
Corría el año 1650, cuando los MacCloud y los MacMiller eran clanes amigos y aliados en las batallas contra los invasores ingleses. Sin embargo, en un momento dado e inexplicablemente, los MacMiller cambiaron de bando y se unieron a la causa inglesa, ocultando el hecho a los Cloud.
Una noche, reuniendo el jefe Ewan MacMiller en su castillo a los poderosos de su clan, invitó a los representantes de la otra familia a cenar, bajo el pretexto de fortalecer los lazos de hermandad, aunque con el objetivo oculto de apresarlos a todos y entregarlos a los soldados ingleses.
Llegada
la hora del encuentro, y para facilitar su cometido, el jefe Ewan les pidió a
todos los invitados MacCloud que, antes de entrar a la gran sala, fueran
dejando sus armas en la entrada; a lo que estos aceptaron como gesto de respeto
y cortesía. Quiso el destino que alguien alertara con anterioridad al jefe
Percival MacCloud de la traición, de modo que este aleccionó a sus hombres para
que ocultasen bajo las ropas dagas pequeñas pero bien afiladas.
Durante el comienzo del primer plato y tras el obligado brindis inicial, a una orden de su jefe, los señores del clan Cloud sacaron sus armas y degollaron sin piedad a los respectivos comensales MacMiller que cada cual tenía a su lado, dejando únicamente al líder con vida. Entonces, como castigo, Percival MacCloud ordenó a cuatro de sus hombres más sanguinarios que atasen sobre la gran mesa del banquete al jefe del antiguo clan aliado y que procedieran a arrancarle la piel y a destriparlo lentamente, manteniéndolo con vida el máximo tiempo posible, infligiéndole de esta manera una dolorosa y atroz agonía.
Entre gritos desgarradores, el pobre desgraciado no dejaba de maldecir y jurar que regresaría del mismísimo infierno, de entre las llamas de ultratumba, para acabar con todo aquel de la estirpe MacCloud que osase habitar su castillo tras su muerte. Lo dijo antes de expirar y que su cabeza, transfigurado el rostro en rictus grotesco y abominable a partes iguales, fuera clavada en una pica y expuesta frente a las puertas de la entrada principal de la fortaleza, hasta que los cuervos y alimañas carroñeras la dejasen en descarnada calavera.
También supe por mi madre que, ¡oh casualidad!, a lo largo de décadas posteriores no fueron pocos los descendientes de la familia Cloud que murieron en dudosas circunstancias en el interior de aquella mansión: óbitos repentinos provocados por algún susto de muerte; resbalones mortales en las escaleras de piedra; caídas inexplicables desde las almenas…; y los gritos que se les escuchaba proferir desesperadamente a los «accidentados» antes de morir: uno, «¡Favooor, el fantasma me mataaa!»; otro, «¡Aggg, un esqueleto decapitado me ataca!»; aquel, «¡Aaah, nooo, una calavera parlante!»; otro más, «Un espectro con barba y tartán me ha empujadooo»; así siempre, en todas y en cada una de las muertes.
Pero yo no creía en historias de fantasmas ni en cuentos chinos o, en este caso, escoceses. De modo que yo, Agatha MacCloud Gutiérrez aproveché mis vacaciones de Semana Santa como profesora de inglés (de aquí la relevancia anterior del dato sobre el curso escolar) de un instituto de secundaria de Castellón para viajar a las tierras altas de Scotland y conocer de primera mano my heritage.
Ya en las Highlands, ahorradora como nadie, no quise gastar ni una peseta o, mejor dicho, penique alguno en ningún Bed and Breakfast del lugar y decidí, valiente de mí y como ya sabéis desde el principio, pasar la primera noche en una de las mejores habitaciones de mi legendaria y maldita mansión, y así poder recorrerla con total tranquilidad al día siguiente.
Pero, por caprichos del destino y como si de una película de terror se tratara, precisamente esa noche, como ya he apuntado también, llovía con inusitada virulencia. Destellos de luz, seguidos del rugido del trueno compañero, se reflejaban al otro lado de las vidrieras de los ventanales, aunque estaba tan cansada que, nada más introducirme entre las colchas, me dormí al momento en aquella gran cama de dosel y cortinajes antiguos.
Volviendo de nuevo al comienzo, cuando me desvelé por los ruidos misteriosos, me levanté de la cama, encendí un pequeño quinqué que iluminaba bien poco—allí todavía no llegaba la electricidad—, y salí del dormitorio en camisón, caminando a través de largos y húmedos corredores, envuelta en tétricas tinieblas. Dispuesta a averiguar.
Acompañada de mi propia sombra titilante proyectada sobre techos y paredes, estremeciéndome de frío y mucho miedo, llegué por fin a encontrarme al pie de las anchas escaleras de mármol que daban acceso a la planta tercera. Justo entonces, desde lo alto llegaron hasta mis oídos unos lamentos que me helaron la sangre y casi me hicieron lanzar la lámpara al suelo y salir de allí corriendo, despavorida; mas recordé lo que les solía decir a mis alumnos antes de un examen o para que afrontasen cualquier situación difícil de la vida: y no era otra cosa que la de mantener la calma para pensar con acierto y que después se atrevieran a encarar las adversidades con valentía. Y, como buena maestra, me obligué a aplicar en esos instantes en mí misma aquello que intentaba infundir con ahínco en mis pupilos del insti.
De modo que, armándome de coraje, comencé el ascenso…
A mitad de escalera me detuve al escuchar de nuevo el escalofriante llanto de angustia, esta vez acompañado por erráticos y muy seguidos acordes de piano. A punto de desfallecer, me obligué a continuar y puse el pie en el escalón siguiente, y en otro más, y en otro…
Subiendo lenta y silenciosamente, llegué a plantarme al fin frente a la puerta de la estancia de cuyo interior provenían los chirridos, el estruendo de objetos lanzados al suelo, los lamentos y las notas musicales graves y agudas sin sentido.
Sobre el dintel de madera tallada del marco había un letrero.
Acerqué la tenue luz de la llama temblorosa por el movimiento de mi mano y pude leer: «Biblioteca». Una de las hojas de la puerta estaba entreabierta y la empujé con dedos indecisos…
Y, al instante, lo vi. Vaya que sí. Allí estaba… Sentado en un enorme sillón orejero junto al piano, con libros abiertos a su alrededor caídos de las estanterías y esparcidos por todo el suelo, me miraba el monstruo desde las tinieblas, fijamente, dejando escapar dos perfectos destellos circulares a través de sus endiablados ojos amarillos.
Entonces, ocurrió…
Como una reveladora descarga eléctrica atravesando mi mente, un par de segundos después de quedarme sin respiración y casi morir de espanto, recordé las otras palabras finales del notario cuando me comunicó la última voluntad de mi abuelo; y es que, además de su antigua y enorme mansión escocesa de mediados del XVI, también dejaba a sus descendientes, como encomienda irrenunciable… ¡el cuidado de su querido, travieso y viejo gato Black Percy!
Jorge
Moyá Olcina es delegado en Alicante de la Unión Nacional de Escritores de
España.
