Nidia Beltramo Iglesias
Cuando el club de mis amores ganó el campeonato, bajé a la bodega para cumplir mi promesa: abriría la botella de vino tinto reserva que me regaló el abuelo cuando me gradué. Froté la botella para quitarle el polvo acumulado y emergió un genio. Era enorme, aterciopelado, y olía a flores y frutas rojas silvestres con toques minerales.
—Tienes un deseo —dijo con voz llena y sedosa.
—¿No son tres? —lo desafié.
—La crisis económica también alcanzó a los genios, y ahora solo otorgamos uno. Puedes elegir entre salud, dinero o amor.
Miré al genio y a la botella vacía, y durante unos segundos me debatí entre las opciones, consciente de que mi elección cambiaría mi vida para siempre. De pronto escuché las voces alegres de mis amigos festejando el campeonato y la decisión fue fácil.
—Deseo que te vayas por donde viniste y me devuelvas el vino.
Sin protestar, el genio se metió en la botella y, tirando del corcho desde adentro, logró sellarla como antes. No dije ni una palabra de lo acontecido y mis amigos saborearon hasta la última gota. Yo..., no tanto. Desde esa noche prefiero beber blanco.
