La ciudad de las Mil Torres. Retazo I

 

Paloma Juan

Angustias Llamas Llopis vestía siempre de oscuro. Sus ropas siempre anunciaban el luto del que ella subsistía. Era una plañidera consagrada de muchos años en la ciudad. La gente iba a buscar a esta llorona de muertos para que caminara tras el cortejo fúnebre siguiendo al exánime cuerpo hasta llegar al cementerio, y todo ese camino lo realizaba llorando por el difunto al que seguía con el único pesar de cobrar al final del trayecto. Angustias ya contaba con una edad madura y su rostro parecía haberse acostumbrado a enseñar esa expresión de pena de la que tanto tiempo había estado alimentándose. Su cuerpo se había plagado de gestos del todo inusuales que trataba de esconder, pero la gente que la trataba ya se había acostumbrado a hablarle sin prestar atención a su parpadeo constante de ambos ojos, la elevación de su mirada hacia arriba como si buscara pájaros a todas horas, sus tosidos intermitentes si necesidad aparente, sus balanceos sobre ambos talones meciendo la conversación y sus continuos giros de cabeza hacia ambos lados. De estas formas, todas juntas o alternadas, la estropeada Angustias vivía sus jornadas. Tan solo en el descanso de la noche, mientras su cuerpo buscaba otros mundos, daba una tregua a su rostro y al resto de su cuerpo. A la mañana siguiente y hasta caída la noche regresaba a sus quehaceres acompañándolos de sus aparentemente inservibles movimientos y reflejos pues tan solo ellos lograban calmarla en el ansia que se había apoderado de la pobre llorona. Ya le cansaban las caras tristes, los recorridos ralentizados, los gemidos y gritos de congoja, los cuchicheos tras el féretro averiguando las herencias y, sobre todo, el olor a muerto. Se había incrustado en sus fosas nasales un olor entremezclado a crisantemo, claveles, gladiolos y lirios que en su adorno al féretro pretendían esconder el olor mortecino. En su repetido aroma, la plañidera despreciaba el aroma de las flores y el recuerdo que cada una de ellas le evocaba. Había aprendido a fabricar una fragancia propia. En un alambique de gran cavidad depositaba, una vez machacadas, raíces de pebrella y romero. Estas se disponían en un vaso en forma de criba en el centro de la cucúrbita. Le añadía agua para su maceración para luego destilarlo y reservarlo para uso propio. En su aroma bañaba su solitaria pena. Cuando Gumersinda la contrató como ama de llaves creyó haber tocado el cielo. Por fin dejaría de ir moqueando detrás de los que se iban de este mundo para poder cuidar de los que comenzaban en esta vida de padecimientos. En cuanto las niñas conocieron a Angustias entendieron el porqué de su nombre. Su cara lejos de ser solemne parecía un poema. Al verla solo cabía preguntarle si le sucedía algo. Tantos años de llorona le habían pasado factura, pero todas las mañanas practicaba ante el espejo una forzada sonrisa. Se acostumbró a comer limones para expandir sus comisuras al expresar el sabor ácido que estos le provocaban. Tal fue su insistencia que llegaron a causarle molestas llagas en ambos extremos de las comisuras bucales. Las niñas comenzaron burlándose de ella cada vez que la miraban a la cara y ella les contestaba con una difícil sonrisa que dejaba ver los huecos dentales que profería su intercalada dentadura, lo que causaba más sonrisas en las pequeñas criaturas. Pero, como siempre ocurre, el tiempo lo cura todo, hasta la burla por el mismo motivo. Luzdivina mantenía una especial y empática relación con Angustias. Los restos de la muerte que anidaban en el recuerdo de la institutriz destellaban sobre la mente de la pequeña Luzdivina, quien en su descuidada niñez traspasaba la mente de la antigua plañidera ampliando sus atribuciones ocultas y no buscadas. Después de un año de servicio en la casa con Angustias como institutriz de las pequeñas, Gumersinda decidió que las niñas debían acudir a la escuela. Hasta las señoritas podían aprender mucho más en el colegio que encerradas en casa aprendiendo solo a bordar y a leer. Además eran cuatro niñas muy próximas en edad. La atención que requerían para aprender debía ser más completa. Los días se repetían en asiduo ritual: Angustias despertaba a las niñas, las vestía y las acompañaba al comedor donde Gumersinda y Dimas las estaban esperando para el desayuno. A continuación Melitón, el cochero, las llevaba al Colegio de Nuestra Señora de Loreto donde pasaban el resto del día hasta recogerlas por la tarde. En el convento, las monjas se habían aplicado para ser buenas profesoras e impartían gran repertorio de enseñanza. Los estudios mentales abarcaban lectura, escritura, catecismo, gramática, nociones de geometría, geografía, Historia Sagrada de España y Universal, cosmografía y caligrafía, urbanidad, higiene y economía doméstica. Las labores abarcaban costura, calado, zurcido, bordado en blanco, oro, seda y toda clase de encajes. También aderezaban las enseñanzas con clases de adorno, como era el dibujo aplicado a labores, natural y paisaje, pintura a la aguada y al óleo, francés y música vocal e instrumen- tal. Todo imprescindible para la correcta educación de aquellas jóvenes naturalezas que las clérigas maestras sabrían adiestrar formando a sus alumnas en la piedad y virtudes cristianas para el día de mañana poder cumplir con sus deberes en la familia y en la sociedad.

En el colegio de monjas se había dado aviso de la fragilidad de Luzdivina y las monjas habían decidido reservarle una pequeña salita junto al patio donde un banco se había trasladado desde la capilla exclusivamente para dormitar los sueños que asediaban a la pequeña durante los descansos de las clases. También disfrutaba del privilegio de la compañía de la hermana Rufa cuando se encontraba en el soleado claustro. En el aula, sobre la mesa de la religiosa hermana, quedaba a la vista un globo celeste representando las constelaciones, confeccionado con cartón y sobre un soporte de madera. Junto a este, una linterna de proyección con un juego de lentes y un soporte corredizo, donde se colocaban las diapositivas donde se representaban dibujos de cuentos y lugares del mundo, se preocupaba de acaparar la atención de las infantiles y más curiosas estudiantes. Una vistosa chimenea dejaba salir el humo que producía la lámpara de aceite que iluminaba las imágenes y en ese humo Luzdivina fijaba su mirada y que- daba adormecía recorriendo nuevos mundos en su inacabable imaginación. En ocasiones, la hermana Rufa marchaba a la compra en la tienda de telas ubicada en la plaza Redonda y se acompañaba de Luzdivina. Con la excusa de no perderla de vista y poder vigilarla en alguno de sus desvane- cimientos, la monja arrastraba a la niña con ella y le daba a cargar en un amplio capazo la compra adquirida para uso en las lecciones de costura de las alumnas inscritas: dos millares de agujas, dos docenas de dedales, tres pares de tijeras, telas y cintas en cantidades generosas. Ambas volvían al convento y, tras repartir las compras en las gavetas de un fornido taquillón instalado en el despacho de la madre superiora, se dirigían de nuevo al claustro donde las niñas correteaban y jugaban con muñecas de piel de cabritillo o de porcelana, ambas revestidas de trajes que las mismas pequeñas cosían para ellas.

La hermana Rufa Jarque Bataller había vivido una vida que poco presagiaba en sus orígenes su ingreso en un convento. Provenía de una familia de tejedores natural de la Plana Alta transitando sus vidas entre penurias y alegrías de la existencia. Desde pequeña escuchaba ávidamente las historias que su padre les contaba a su hermano mayor y a ella sobre su participación en la guerra contra los franceses. Cuando al pasar de los años su hermano fue reclutado para la defensa del Pretendiente al trono ella no lo dudó. Una tarde de verano salió de la iglesia y marchó desde Castellón hacia Morella. Esquivando bandoleros, asaltadores y ladrones consiguió llegar a una pequeña alquería donde un matrimonio simpatizante de su misma causa la convirtió de sexo. Se desprendió de sus enaguas para vestir pantalón de pana, su canesú para llevar blusón y se recortó todo su frondoso y oscuro cabello para colocarse la ansiada boina roja. Su robusta constitución de anchos muslos, carnosos brazos y descomunal papada lograban disimular sus insignificantes curvas femeninas. Comenzaría a llamarse Rufo y gracias a su nuevo aspecto lograría llegar a Morella, donde obtuvo pólvora y trabuco de percusión, navaja y pericia para usarla. Entre estampido de cañones, noches al raso y el hedor de la muerte luchó con la misma fuerza que cualquiera de los voluntarios y reclutados que allí se encontraban. Su resistencia le permitía transportar a los compañeros heridos sobre sus hombros e incluso tuvo la sangre de ejecutar a un traidor que pretendía delatar la posición de su guarnición. Como reconocimiento de su acto en defensa del movimiento se le hizo entrega de un fusil con bayoneta de la guardia de Corps de Don Carlos. Pero mientras ella vivía su aventura y riesgo, un padre fatigado y anciano la buscaba por aquellos recovecos que sentía po- dría encontrarla. El sufrido progenitor aun llegó a tiempo de rescatarla cuando la halló en un agujero inmundo lleno de sangre y ratas saciadas de su desangre. Días antes, un cañón sueco de a ocho le había remitido un cañonazo en su muslo izquierdo que la lastimó de por vida. Una vez hallada la trasladó a un convento en la ciudad de Las Mil Torres donde la sanarían de sus heridas. La Reina Castiza se hallaba sentada en el trono de la nación triunfadora de la defensa del mismo mientras los carlistas fraguaban próximos enfrentamientos y, mientras tanto, Rufo había vuelto de nuevo a su estado de Rufa. Un oscuro hábito monjil cubría su cuerpo y un largo y penitente rosario se ceñía a su cintura. El matrimonio para ella tampoco hubiera sido una opción, pues no odiaba a los hombres pero tampoco los deseaba y sus recelos quedaban escondidos para ella sola.

Fragmento del libro La ciudad de las Mil Torres, de Paloma Juan.