La ciudad de las Mil Torres. Retazo II

 

Paloma Juan

Nunca deseé tanto que estallara una guerra o que la pandemia de cólera se llevara a alguien. Que Dios me perdone por mis pensamientos impuros y deshonrosos, pero el sufrimiento de mi hija alimentado por su debilidad de espíritu la habían convertido en una esposa desgraciada que le había aminorado el carácter. Sucumbió al refugio de la bebida, aunque ella nunca descubrió mi conocimiento al respecto. Olvido contemplaba a su madre cada día más lejana y más apartada del mundo. Los sueños que de por vida la habían apartado del mundo se fueron convirtiendo en pesa- dillas y temores. Dejó de desvanecerse por los rincones y se dedicó a permanecer encerrada en sus aposentos durante horas. Entre Arsenia, Leopoldina, Ramona, Angustias y yo criamos a Olvido. Su padre tampoco sembraba méritos para confiar en él con este propósito. Siempre ausente y distante. Solo en las recepciones el matrimonio representaba una pantomima digna de los mejores actores. Su representación era la perfección del matrimonio y la realidad una desgraciada vida sopesada por las desilusiones y las frustraciones. Gaspar me ayudó a conocer el terreno por el que se desenvolvía Peregrin. Gracias a su inestimable ayuda pudimos conocer el lugar donde se fraguaba y ejecutaba la traición. Ya dábamos por terminada esta relación extra marital al percibir el cambio de horarios y su más asiduidad a Casa nova. Pero mala hierba nunca muere y volvieron los escarceos y la vuelta a las andadas. Se le veía más feliz que a un pájaro fuera de la jaula. Lo sé por qué a los pocos días llegó un muchacho a Casa Nova con la expresa orden de entregar una misiva al señor de la casa y solo al señor. Yo fui quien abrió la puerta al muchacho, pues Angustias se había marchado a encargar las compras para el aniversario del pequeño Enrique, quien ya había alcanzado las diez primaveras. El muchacho insistía en entregar la misiva solo al destinatario que figuraba en la carta, pues le habían dado unos buenos reales para cumplir el propósito de su misión. Pero como la honradez es una enfermedad que se cura con dinero poco me costó conseguir la misiva y su silencio para la parte remitente, tanto por mi interés como la parte que le tocaba al inocente mensajero. En ella reconocí la misma atolondrada y forzada caligrafía que la recibida semanas antes. El texto que profería de ella no podía ser más desalentador para Luzdivina si sus ojos hubieran recorrido aquellas palabras de letras desgarbadas, tan letales como perdigones.

Amor mío. Soy extremadamente feliz. El hombre de mi vida, mi amado, el dueño de mi corazón ha logrado ser grande de España. No dudes de mi amor y mi entrega. Jamás pude derrotar ese fuego que no me dejaba olvidarte ni un solo momento de mi resignada existencia. La fortuna me obliga a no dejar de quererte. Es tanto el deseo que me profieres que no logró dejar escapar de mis melancólicos pensamientos el recuerdo del pasado. Aquel donde ambos saboreamos el exquisito elixir del Fin Champagne, en esas dos pequeñas copas de cristal muselina. Al mirar el velador de palo rosa de mi alcoba, añoro esos momentos en que nos sentábamos y con la mirada nos amábamos. Espero no tarde el día en que el conde de Sempere vea en mí a la verdadera condesa con la que siempre encontrará la dicha.

Tuya, Castita.

Efectivamente habían regresado los encuentros y escarceos. El día en que me dispuse yo misma a acudir a la posada para hacerle ver que no se encontraba en un secreto, solo tuve que cruzar el umbral de Casa Nova y cruzarme con Peregrín quien regresaba enfermo y abatido. Cayó en mis brazos desvanecido mientras un pañuelo en sus manos mostraba restos de sangre escupidos de su boca. Melitón trajo al doctor Paulino y Luzdivina no se separó de su lado durante días. Las cartas seguían llegando y en el mismo orden las tiraba al fuego de la chimenea. Me negué a abrirlas e indagar en las malas artes del interés y el egoísmo de quien pretendía lo que no era suyo a costa del sufrimiento ajeno.

***

Peregrín había enfermado de tisis. Por semanas iba empeorando. Quedaba postrado en la cama. Todas las tardes repuntaba la calentura, no paraba de sudar durante las noches y su delgadez llegó a ser extrema. Gumersinda siempre pensó que se había contagiado por los círculos que había frecuentado tan íntimamente durante tan largo lapso de tiempo, pero jamás lo divulgó por respeto a su hija y a su nieta. Angustias mandaba encargos al matadero de ganado para recoger sangre que darle al enfermo y un sacauntos acercaba los pedidos a las cocinas de Casa Nova. Luzdivina se entregó íntegramente a su cuidado y atención. Prácticamente no descansaba, el sueño huía de sus ojos, y había descuidado la poca solicitud que previamente profería a la educación de Olvido. Esta ya había alcanzado los doce años y se refugiaba en la atención de sus tías y de su abuela. También Angustias la vigilaba a cada día, contemplando el gran parecido que había heredado de Gumersinda. Sus cabellos castaños y sus ojos cristalinos resurgían en una familia abocada a las pesadumbres de todas las almas que la iban propagando. El doctor Paulino recomendó un cambio de aires cuanto antes. El paciente no obtenía mejora encerrado en la alcoba donde Luzdivina lo custodiaba día y noche. Necesita más ayuda para bombear su castigado corazón, un lugar oxigenado le hará bien. Luzdivina habló con los tíos de Villanueva del Grao y ambos volvieron a aquel recuerdo del amor enterrado para los dos. Ella lo arreglaba todos los días y lo ayudaba a sentarse en una butaca mirando al mar. La brisa del mar le abría los pulmones y con ello conseguía dar tregua a sus incansables órganos. Él solo tostaba su rostro y dejaba entrever un amago de color en su tez que emulaba al de su niñez. A poco a poco, y con la ayuda de Luzdivina, comenzó a dar paseos por la orilla de la playa. Ella le acariciaba las manos y durante las noches le apartaba el sudor de su frente. Durante días pareció revivir, su enfermedad le dio una tregua y encontró en Luzdivina aquello que siempre había tenido. Gumersinda padecía por su hija, temía se contagiara. Siempre junto a él besándolo en la frente, acariciándole las manos y el rostro, y apartándole las lágrimas de su pálido rostro. Le limpiaba los restos de sangre que escupía en las prolongadas toses de la noche y lo tapaba con sábanas limpias. Peregrín recobró la ilusión y comenzó a proyectar de nuevo planos e ideas para la construcción de una casa en la playa. Vendremos a vivir a la playa. A Olvido le gustará. Eran las palabras que repetía cuando a poco a poco dejaba reposar la pluma sobre el escritorio y se quedaba absorto mirando a través de la ventana, mostrando a la brisa su cadavérico y empapado rostro. Jesusa se presentó en breve en Villanueva del Grao y encomendó a Luzdivina que lo dejara morir en Casa Nova junto a los suyos y no apartado del mundo. Debía evitar que un mal tabardillo le robara la vida y muriese en la soledad de la distancia. Ella accedió y llegado a Casa Nova instaló a su moribundo esposo en un lecho del que no volvería a levantarse. Gumersinda rogó a Luzdivina que descansara, no fuera a ser que también ella cayese enferma. Ella insistía en velarlo, máxime cuando las palabras de su moribundo esposo iban desapareciendo para dejar hablar solo a su mirada. Quiero recibir su postrer aliento, su último beso y dar sepultura a su infortunado cuerpo. Con estas palabras Luzdivina quedó recluida en el aposento que el matrimonio pocas veces había compartido y en el que Peregrín pronunció sus últimas palabras. Perdóname esposa mía, no he sabido ser hombre contigo y tú lo has querido ser todo para mí. Peregrín exhaló su último aliento y Luzdivina tendió su cuerpo en el mismo lecho en el que ya yacía su extinto esposo, se abrazó a él y dejó que pasara la noche. Cuando amaneció, los primeros atisbos de luz pasaron por los intersticios de la ventana. Una ligera brisa silbaba tras ella. Luzdivina palpó su broche mientras un aroma inquebrantable a lavanda la envolvía cálidamente. Ese mismo día, y por la misma enfermedad, el Pacificador dejaba el mundo de los vivos. La nación volvía a quedar huérfana de rey.