Paloma Juan
Desde Melilla se iniciaba una dura contraofensiva con la intención de recuperar parte de los territorios perdidos. El Africano insistía en recuperar aquellas tierras que lo magnificaran en su reconquista. La carne de cañón era barata y el gobierno volvía a enviar más hombres desde la península. Onésimo era uno de los oficiales en el frente. El ejército rifeño continuaba avanzando y consiguiendo arrinconar las tropas españolas a cada vez más reducido espacio. Hasta Melilla llegaba el teniente coronel Fernando Primo de Rivera quien, arengando a sus tropas, lograba recuperar y vengar la muerte de los perdidos en batalla quienes sucumbieron bajo el engaño de una traicionada rendición. Se recuperó la línea de Dar Drius, sobre el río Kert, Nador, Zeluán y Monte Arruit. Onésimo participaba en esta inquietante misión, en la que al marchar dejaba a Oportuna la imagen de un padre trotando sobre un escuálido caballo que sacudía sus crines en protesta por los altivos rayos de sol que entorpecían su ligereza. Bajo su único amparo quedaba Liberto, todavía del todo inconsciente. Sumida en un recinto sanitario infestado de heridas, amputaciones, insectos y muerte velaba la recuperación del esposo de su hermana.
Tras varias jornadas de reconquista, recuperación y posesión de terrenos anteriormente esquivados, Onésimo accedió al fortín del Monte Arruit, de donde la evacuación anteriormente vivida no escaparía de la memoria de aquellos, que como él, lograron sobrevivir. En aquellos momentos, al llegar al desahuciado reducto, la visión apocalíptica que se erigía sobre sus miradas hizo detener a la caballería, a la infantería y a todos los que se aproximaban a aquel lugar de terror, donde seguían los cadáveres aún insepultos de las víctimas del desastre. Aquellos cadáveres momificados, destrozados y comidos por las alimañas, despojados de todo cuanto llevaban, apenas resultaban reconocibles. Frente a la puerta del fortín, cadáveres apiñados, en posturas trágicas, muertos, unos sobre otros. Todo el recinto completamente lleno de cadáveres en posturas siniestras, algunos de ellos mutilados y con muestras de haber sido cruelmente torturados. El silencio se hizo presente, si quiera los relinchos de los caballos se escuchaban, los acuciantes rayos del sol incidían mortalmente sobre los allí expuestos, los cielos plagados de aves saciadas de carroña y los hombres allí presentes, los vivos, absortos en la contemplación de la miseria humana. El regimiento de África, el de San Fernando, el de Alcántara o el de Ceriñola empaparon el suelo rifeño con su sangre seca y su carne pútrida. Un jinete, compungido y cabizbajo, coronaba con una colorida bandera aquella fatídica y mórbida posición. Tras la inevitable reacción, los camiones salían con sus cajas repletas de manos y pies crispados, amontonados unos sobre otros, sin distinguir a quien correspondía cada miembro pútrido y contraído. Los soldados enterraron to- dos aquellos restos de lo que fueron cuerpos de hombres en una fosa común con forma de cruz, la que en adelante sería conocida como la Cruz de Monte Arruit. Años más tarde los restos serían trasladados al Panteón de los Héroes del cementerio de Melilla.
La mañana soleada inundaba de un agobiante calor el interior del edificio, como solía suceder en el clima melillense, pero este permanecía ausente para Liberto, quien seguía inconsciente en su oscuro y apartado rincón. Un atisbo de rayo de luz se coló en aquel apartado rincón del hospital, separado del resto de los enfermos por una tela de hule que colgaba desde el techo y que cobijaba el rostro mutilado de Liberto. El atisbo de albor que penetró bajo la cortina invadió el párpado sano de Liberto y este despertó. Abrió el único ojo del que disponía. La visión, todavía turbia, recorría el lugar que frente a él se presentaba. Aún resguardado en la penumbra del lugar, sintió la incertidumbre de no saber dónde se hallaba. Al intentar sobreponerse, quiso incorporarse cuando el crujir de sus huesos le avisó que seguía resentido por el esfuerzo de su supervivencia. Su mano palpó el vendaje que cubría el hueco donde antes se hallaba su ojo. Comenzó a marearse y el olor a sangre y leche agria logró hacerlo recaerde nuevo. A los pocos minutos se presentó Oportuna con el doctor, este comenzó a inspeccionar al paciente. Liberto volvió a reaccionar y abrió su ojo sano. Cogió la mano del médico cuando este se disponía a retirar su vendaje y el facultativo lo tranquilizó, tranquilo soldado, solo quiero ver su herida. Liberto le dejó hacer y entonces descubrió a Oportuna en su ángulo de visión, a quien desde el primer momento confundió con Perpetua. Extendió su brazo para que esta se acercara y poder asirse a ella. Oportuna le tomó la mano y le sonrió. El doctor dio instrucciones a Oportuna para las curas y este se marchó. Durante toda la mañana, Oportuna dejó a Liberto en la convicción de que era Perpetua y no ella la que se encontraba junto a él. Él le tomaba de la mano, le hacía sentarse junto a él sobre el colchón de la cama, le besaba continuamente un dedo tras otro y dejaba caer sus lágrimas por su único ojo mientras buscaba la consolación de su esposa. Despertaba y volvía a dormir. Oportuna lo contemplaba. Desde que embarcaron en el puerto de la ciudad de Las Mil Torres había sido su compañía más fiel y cuando lo encontró postrado y desvalido en una cama de hospital sintió como su alma se estremecía. Cuando despertó y la confundió con su hermana, lejos de alejar el equívoco lo alentó con su silencio. Se dio orden de descorrer la cortina de hule que impedía traspasar la luz natural, quedando el rincón abismalmente alumbrado para el solitario esfuerzo del único ojo de Liberto. Puso su antebrazo sobre su mirada para frenar el ímpetu de tanta energía solar. Este lo retiró instintivamente al escuchar como uno de los enfermos reclamaba a la enfermera pronunciando su nombre, enfermera Oportuna, por favor, venga aquí. Liberto miró a esta y esta lo miró a él. Escapó de su mirada para atender al enfermo y entonces Liberto descubrió su confusión. El médico se presentó de nuevo y ordenó se le retirase el vendaje y permaneciera al descubierto cada pocos minutos. Oportuna lo curaba y ambos guardaban silencio. Ninguno decía nada y al mismo tiempo evitaban mirarse. Ella lo hacía de soslayo y él se contenía. Sentía vergüenza por la confusión acaecida y por su devastado aspecto. Ella lo encontraba a cada momento más atractivo a su mirada y a sus sentimientos. En sus cabellos rojizos creía encontrar la rebeldía que ella ansiaba en ese mundo de tantas injusticias que los despachaba a cada día. Pasaban los días y Oportuna lo seguía cuidando con tal tesón y tal calidez que él no podía por menos que notarlo. Cuando el roce de sus dedos le retiraba el vendaje sentía como se erizaba su vello, cuando le soplaba sobre la ceja para retirarle los hilachos de la venda que habían que- dado rezagados sobre ella sentía su aliento que lo hacía estremecer, cuando lo arropaba con el esbozo de la sabana tragaba la emanación de su transpiración femenil. Al llegar la oscuridad de la noche, sentía su presencia perenne en la silla donde permanecía vigilándolo durante la tibieza de la callada cerrazón. Él se sentía irremediablemente atraído y sabía que no estaba bien, era su cuñada y sin embargo no sabía que le ocurría, si la atracción era por ella o por su esposa. El aspecto natural de Oportuna, sin adornos, ataviada de un uniforme ya devastado por la sangre de otros, impregnado del aroma de la morfina y arrugado por las noches de desvelos la habían convertido en una total desconocida para él, pareciese se acabaran de conocer, ni siquiera su rostro se parecía al de Perpetua. Siendo iguales, eran totalmente diferentes. La contemplaba en su ir y venir en el trato con los enfermos: vendaba heridas, servía leche a los enfermos ayu- dándoles a tomarla, redactaba cartas para sus enamoradas, animaba con sus palabras a los más depresivos y ante las operaciones más traumáticas auxiliaban al cirujano con gran entereza. Cuando regresaba junto a Liberto le mostraba su dulce sonrisa y se retiraba con la mano las greñas que sobre su terso rostro caían descuidadamente. Junto a su cama le había colocado una mesilla que sostenía una pequeña maceta con el tiesto de un pequeño pino, al otro lado de la cama una mesilla más alta de hierro forjado blanco quedaba atiborrada de nuevos vendajes, una jarra de cerámica que contenía leche cubierta con una pequeña tela para que no acudieran a ella la multitud de moscas que asolaba el recinto y una bandejita se llenaba con una pitillera de metal con las iniciales L.M.R., una foto en tono sepia de Perpetua, unas cuantas monedas de plata con la efigie de Alfonso XIII y la estilográfica que siempre portaba Liberto. Este, queriendo evadirse de la novedad de los sentimientos que le estaban atormentando, se decidió a escribir una carta a su esposa donde le recordaba lo mucho que la amaba y así también serviría para recordárselo a él mismo.
Mi dulce Perpetua:
Llevo varios días en Melilla. Desde que dejamos Monte Arruit he estado ingresado en el hospital. Pero no te preocupes por mí, ya estoy bien. Debo decirte que he perdido un ojo, pero tampoco te preocupes por ello, todavía me queda uno con el que contemplarte a mi regreso. No debes asustarte pues podría haber sido peor. No imaginas la carnicería que vivimos en nuestra huida. Miles de hombres muertos. La situa- ción es penosa y los hombres perecen a cada día. Yo, a pesar de todo, soy de los pocos afortunados. Sigo en el hospital y en cuanto me recupere me mandarán de permiso a casa. De permiso y para siempre, pues estando mutilado me dejaran calentando algún duro sillón.
Perdona que te esté contando todo esto, seguramente necesitaba desahogarme. Lo que quiero que sepas es que eres el amor de mi vida, la niña de mis ojos y la razón de mí vivir. Te echo de menos a cada momento. Deseo volver a verte para abrazarte, besarte y rodearnos de nuestros hijos, de quienes tanto añoro sus travesuras y sus risas.
Liberto
Melilla a 15 de Octubre de 1921
La carta siguió su camino y embarcó rumbo a la ciudad de Las Mil Torres, adelantándose a la llegada de su remitente, el cual seguía recuperándose de su herida en el hospital de Melilla bajo la atención y los cuidados de Oportuna. Esta debía de asearlo y corrió la cortina de hule que aislaba aquel pequeño habitáculo compuesto tan solo de una cama, mesitas a ambos lados de la misma y aquella gruesa y áspera cortina. Una jofaina contenía agua tibia y unos paños deshilachados se amontonaban en la mesilla de la derecha. Oportuna sumergía en el agua una pastilla de jabón negro africano y al volver a sacarla la restregaba cuidadosamente sobre uno de los paños humedecidos. El aroma a karité y coco invadía el entorno. Liberto permanecía inmóvil tendido sobre la cama. Ella lo destapaba con sumo cuidado. Le desabrochaba la camisa, a poco a poco, y le descubría el pecho. Con el paño impregnado del aromatizado jabón y rebosante de agua tibia enjuagaba sigilosamente su torso. Embarullaba su rojizo vello entre la espuma de sus delicadas friegas y volvía a sumergir el paño en la palangana donde lo escurría para retirar el jabón. De nuevo volvía a dejar sentir la tibieza del agua perfumada en el pecho de él y este sentía turbarse. Ella continuaba ascendiéndole los pantalones que cubrían sus reposadas piernas y enjuagaba sus muslos con el mismo húmedo y enjabonado trapo. Él cerraba los ojos y procuraba no ser consciente de aquellas sensaciones. Cuando los volvía a abrir contemplaba a quien lo sumía en aquel estado y la descubría provocadora y sensual. Ella repasaba una y otra vez su cuerpo con el tacto de la jugosidad de la pastilla de jabón, con la que transmitía desde su mano las caricias que enviaba a su cuerpo. Este las recibía intentando zafarse de ellas y de sus pensamientos. Lánguidos y rubios mechones caían sobre el rostro de ella, los cuales bailaban al compás de su excitada respiración. Su cuello se mostraba más erguido y su torso se mecía al compás de las friegas que lo abatían sensualmente a él. En su encadenamiento de sensaciones el día había dado paso al preámbulo de la noche y en el rincón donde ambos se hallaban oscurecía. La sombra de ella se acercó al turbado rostro de él y, acercándose muy lentamente, dejaba llegar sus exhalaciones a la vanguardia de su trayectoria. Él sentía ese rubor propio entremezclado con el deseo de quien se acercaba. Dejó de zafarse y reconoció la victoria del deseo sobre la prudencia. Asiéndose al cuello de ella dejó entremezclar el aliento de ambos y, en un incontrolado arrebato, un jugoso beso adhirió sus cuerpos llenos de deseo. Ella cayó sobre su lecho y él la tomó de la cintura, dejando descender sus manos sobre sus muslos y sobre sus pechos. Ella se agarraba con fuerza a él mientras se recreaba en su velludo pecho y en la musculatura de los brazos que la recogían. El silencio obligado los excitaba todavía más. La falda de ella había dado paso a unas piernas bellamente tapizadas de medias blancas que él contemplaba con ansiada mirada y deseo. Sus cabellos, huérfanos de horquillas, rebosaban sobre el rostro sumido en callados gemidos de ella y él la contemplaba infinitamente poseído por tal belleza. En un rápido e inevitable desenlace, él la poseyó completamente. La saciedad en ambos fue infinita. Ella sintió lo que nunca antes había sentido y él, una vez saciado, fue invadido por una mezcla de satisfacción y frustración. Los días siguientes, Oportuna lucía una mirada resplandeciente. Canturreaba por la sala entre los enfermos y lanzaba guiños a Liberto. Este le devolvía una estrecha sonrisa a pesar de haberse propuesto no volver a caer en las redes del deseo, pero cada vez que contemplaba a Oportuna la deseaba a cada día más. Varias veces corrieron la gruesa cortina de hule y varios fueron los encuentros furtivos que ambos se prodigaron.
Liberto ya daba paseos y se sentía independiente de todo cuidado. La venda había sido sustituida por un parche ya perenne en su faz. La belleza de su rostro que cautivó a Perpetua y, más tarde a Oportuna, se había acentuado en la madurez de su valiosa experiencia. Un soldado se presentó en el hospital y transmitió a Liberto la concesión del permiso para regresar a casa. Este sintió la noticia como una especie de puñalada por la espalda empuñada por él mismo. Oportuna que escuchó la noticia mientras atendía a los enfermos adyacentes lo miró desconsolada. Él comenzó a recogerse para marcharse y ella acudió a él. Él le tomó discretamente la mano y la miró.
—Vuelve conmigo a Casa Nova. No debes estar aquí tu sola.
—No. Esperaré a mi padre. Volveré con él.
—Como quieras.
Ambos se miraron fijamente. Calladamente él le soltó la mano y se marchó. Ella se quedó contemplando como su amante se alejaba hasta que el reclamo de un enfermo la distrajo de su ensimismamiento.
Fragmento del libro La ciudad de las Mil Torres, de Paloma Juan.
