Paloma Juan
En mi conciencia galopa la decisión de un recuerdo que tengo como principal o único. La congoja que entonces me acompañaba era tan intensa como el dolor que te puede producir el arrancarte el alma. En ese momento hubiera preferido recibir la muerte antes que padecer tan intensamente aquella prueba tan indecible. Un convoy con dos berlinas formaba la comitiva que quedaría grabada en mi mente. Yo viajaba en el primer carruaje junto a Brígida y dos sirvientas más. En el carruaje que nos seguía se transportaban dos ataúdes, uno con el cuerpo de María de la Resurrección y otro vacío, simulando llevar el cuerpo de Alejo. Dentro de aquel yo misma había introducido el bastón de empuñadura de plata, un daguerrotipo de él mismo, la mortaja que años antes había tejido la esposa para el esposo, el hacha, la navaja y los dos pistolones que había empleado en sus antiguas escaramuzas el afamado y dos veces muerto bandolero Alejo. El abotagado carruaje había sido adornado de negros crespones y era custodiado por dos cocheros, un lacayo cojo y Moisés, el detestable hijo de Brígida. Al llegar a la villa, una turba negra y espesa nos estaba esperando. Estaba formada por el sacerdote, dos pecosos monaguillos y la integridad del pueblo ataviado con sus ropas más oscuras. Unas horas antes, yo misma había enviado dar aviso a través de un mandadero al galope para que, adelantándose a nuestra llegada, pudiera dar cuenta del evento de ese día. Al recibirnos la villa al completo, y al descender de la berlina, trastabillé a causa de los nervios que me rondaban, pero no permití que nadie me ayudara y yo misma me erguí. Un séquito de varios obreros de la fábrica de ceras de Alejo se acercó hasta mí. Sostenían en volandas un destacado bulto cubierto por una extensa tela de fieltro gris. Cuando horas antes el mandadero se había adelantado a la comitiva del duelo que nos acercábamos más atrás, los empleados de la fábrica, sabedores de la muerte y pérdida del cuerpo de Alejo, quisieron emular su entidad originando un cuerpo de cera en su mayor semblanza. Al descubrir de la tela grisácea a la figura ante todo el pueblo, y en primer lugar ante mí misma, no pude por menos que quedar impresionada y conmovida de volver a ver a aquel a quien cuyo rostro comenzaba a desdibujar en mi mente de tanto recordarlo en tan limitado espacio de tiempo. Pedí que lo vistieran con la mortaja que en el ataúd se encontraba, le asieran su puño al bastón de empuñadura de plata y lo rodearan de sus armas, logrando de esta manera enterrar el cuerpo de Alejo en el ataúd que acompañaba al de María de la Resurrección. Comenzó a desfilar la comitiva presidida por el sacerdote junto a los monaguillos quienes marcaban los pasos al compás de las campanillas que hacían tintinear entre sus infantiles manos al rondar las calles de la villa por las que pasaban. Bajo acordes fúnebres emitidos por los pasos que sostenían sendos ataúdes, un hálito sepulcral invadía el aire. Media docena de mujeres ataviadas de un fuerte ennegrecido rezaban oraciones de difuntos avanzando en la retaguardia del fúnebre séquito. Entre jaculatorias y salmos, excretados de esos mismos femeninos labios, se cubrían los rostros apenados y sentidos bajo encajes de duelo. El sacerdote avanzaba abrazando contra su pecho el breviario con el que predicaría las predestinaciones de los dos difuntos. Los azabaches caballos enjaezados de evidente magnificencia mostraban gallardos a su paso que transportaban dos figuras insignes y respetables de la villa. Yo, sumisa y abatida, avanzaba tras las cajas que habían aprisionado a mis difuntos padres en esta vida, aunque más tarde aprendí que los liberaban a otro mundo de sensaciones y emociones. Bajo un sencillo vestido tintado de un negro cerrado acompañado de un velo casi opaco, me dediqué a expulsar mis últimas lágrimas en despedida a los míos, sumergida en un profundo mohín de cansancio y con la compañía de la orfandad ya de por vida.
Fragmento del libro La ciudad de las Mil Torres, de Paloma Juan.
