La curuja

 

Ruy Vega

Me encuentro aquí, en el mismo escritorio de siempre, delante de mi portátil, con un café a la izquierda y música a mi alrededor. ¿El volumen? Sí, alto, bastante alto. Estamos a comienzos del año 2021. Un año que suma ya dos décadas a la gran novela (y película) “2001, una odisea espacial”. Ha sido un año, el pasado, y me atrevería a señalar que lo será también el presente, difícil. Muy difícil. Quizá cada generación tenga su propia guerra. La nuestra ha sido contra un enemigo casi invisible. Dicen que es una consecuencia propia de la globalización, cuando la sociedad se inmiscuye en territorios ocupados por animales, también dicen que el virus se escapó de un laboratorio que investigaba con él en la misma ciudad donde se detectó el primer brote, o que no es más que círculo (una pandemia) se repite cada cien años, y que ha vuelto a ocurrir. Quizá sea eso, o todo, o quizá no sea nada. Lo que realmente importa es que se descubriera la causa real, para poder tomar las medias para que no se repitiera. Supongo que nunca se sabrá realmente, que habrá una que se dé “por buena”, y que surgirán mil y una teorías de la conspiración. Supongo que quizá no interese que se sepa, o que quien lo sabe no quiera difundirlo. Supongo que pasarán los años, y que, por muy increíble que ahora nos parezca, poco a poco irá cayendo en el olvido, quedando tan solo la costumbre de lavarse las manos con frecuencia o el uso de mascarillas en determinadas circunstancias como remanente de lo que ocurrió.

Y todo comenzó con una situación más propia de una novela de ciencia ficción que de la realidad. El ejército patrullaba las calles, el toque de queda estaba vigente y nadie, salvo causa justificada, podía salir de sus casas. A mí, que tanto me gusta vivir fuera de cuatro paredes, me obligaban a estar encerrado. Y eso, confieso, que no me puedo quejar, ya que mi casa es amplia y dispone de un jardín en el que poder, al menos, respirar aire y pisar algo que no fuera suelo industrial. Recuerdo aquellos días ahora con cierto sentimiento agridulce. En su momento, escribí una novela que hablaba de una pandemia cuyas semejanzas con la actual son tremendas (por pura suerte, he de confesarlo). Así que para mí comenzó aquello con algunas entrevistas. Por otro lado, estaba prácticamente todo el día ocupado, con lo que, aunque difícil, tuve la suerte de que se me hizo llevadero.

Pero no me quiero olvidar, y de ahí este artículo, de la cultura. Hace unas semanas, hablando con Manuel Cuenya en su despacho de la universidad, intercambiábamos una agradable conversación que, entre otros temas, resaltaba la importancia de la cultura. En una sociedad actual la cultura es el motor de las personas, pues todo lo demás no son más que complementos para sentirnos libres como seres humanos. Lo creamos o no, la cultura es el núcleo de la realidad que nos hace distintos.

Me pregunto con sinceridad qué hubiera sido del confinamiento sin la cultura. Me pregunto qué hubiera ocurrido sin poder tener acceso a ella. Todos invadimos aquellas horas, entre otras cosas, con música, películas, series de televisión, libros… Imagínense ahora sin todo aquello. Días y días sin poder acceder a la cultura. Días y días…

Sé que suena terrible, ¿verdad? Todos los sabemos. Recuerdo a políticos alabando el papel que todo aquello hizo por lo más duro del confinamiento. Recuerdo a los que ostentan el dote de mando sonriendo. Me pregunto si ahora se han olvidado, pues parece que el apoyo a la cultura cada vez es menor y menor.

El apoyo es y será necesario. Ahora, tan solo, deseo que los que tienen la capacidad del empuje, no se olviden.

Ojalá…