María del Carmen Aranda
Todos tenemos cabida en un mundo donde
el espíritu humano no esté segregado por lenguas ni por el color de la piel. Todos
somos uno y todos anhelamos ser respetados y vivir dignamente.
Los grandes escritores universales nos
dejaron algo más que sus escritos: nos dejaron sus sueños, su imaginación, su
lucha por la igualdad y, muchos de ellos, incluso su vida por conseguir que
este mundo fuera un mundo mejor.
Sin embargo, vivimos en un mundo de
doble moral. ¡No nos sorprendamos ahora!
Nos hablan de salud mientras seguimos
siendo víctimas de intereses económicos que nos envenenan física y mentalmente:
“Don Dinero”.
Nos hablan de un mundo más ecológico
mientras continuamos contaminando el mar, el cielo y la tierra: “Don Dinero”.
Nos hablan de justicia mientras miramos
hacia otro lado ante la corrupción, la desigualdad, la esclavitud y los
negocios de trata de personas: “Don Dinero”.
Nos hablan de derechos de la infancia
mientras millones de niños son obligados a trabajar en condiciones
infrahumanas: “Don Dinero”.
Y yo me pregunto: ¿somos realmente
mejores personas que hace siglos, cuando se torturaba y asesinaba a personajes
valientes que cuestionaban las normas establecidas, desafiando las estructuras
sociales, religiosas o políticas con ideas innovadoras y adelantadas a su
tiempo?
Ellos y ellas se enfrentaron a la
persecución e incluso a la muerte. Junto a algunos de ellos quedaron enterrados
ideales, pensamientos y conocimientos en la soledad de la incomprensión.
Recordemos a grandes pensadores como
Sócrates, condenado a muerte por sus ideas; Hipatia de Alejandría, asesinada en
un contexto de fanatismo e intolerancia; o Miguel Servet, ejecutado por sus
convicciones religiosas y teológicas.
Todos ellos, de una manera u otra,
pusieron en cuestión las certezas de una sociedad que no siempre estaba
preparada para escuchar aquello que podía hacer tambalear sus convicciones.
¿Y qué decir de Olympe de Gouges, autora
de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, que
defendió la abolición de la esclavitud y luchó por los derechos fundamentales
de las mujeres? Fue guillotinada en 1793. Su voz fue silenciada, pero sus ideas
sobrevivieron.
Las injusticias, el hambre y las enormes
diferencias sociales entre ricos y pobres son caldo de cultivo para la
delincuencia en sus múltiples ámbitos y para la generación de conflictos y
problemas sociales. El sistema está enfermo y nuestra impasibilidad contribuye
a agravarlo.
Vivimos bajo un mismo cielo, guiados por
un mismo sol, y nuestros sueños son velados por una misma luna, sin embargo, la
tierra nos divide en distintos universos.
Necesitamos remedios, respuestas, curas
urgentes y eficaces para una sociedad que parece haber aprendido a convivir con
el dolor ajeno y necesitamos denunciar a aquellos que se enriquecen a costa de
la miseria de otros.
Porque permanecer en silencio también
puede convertirse en una forma de complicidad.
Y, sobre todo, recordar que la dignidad
humana no tiene fronteras, idiomas, colores ni precio.
María del Carmen Aranda está galardonada
con el escudo de oro de la Unión Nacional de Escritores de España.
