La escultora

 

Ana María López Expósito

En la plaza de Valderrama de Sevilla en el mes de abril la alegría se adueña de cada esquina y rincón del taller de imaginería más importante de Andalucía. Son frecuentes las tertulias de artistas y comerciantes, al amparo de los aromáticos árboles, jazmineros, limoneros y el murmullo del agua de la fuente que les invita al descanso. Al atardecer tiene lugar una conversación serena entre el dueño del taller y un sacerdote:

–Quiero hacerle un encargo. Una escultura de sabina. El pueblo necesita tener fe.

–El trabajo me abruma, no doy abasto.

–Tómese el tiempo que necesite. Antes de un año vendré a recogerla. La pagaré por adelantado si es preciso.

 Al día siguiente

–María Luisa necesito que me ayudes. Un sacerdote de Guadix me ha encargado la imagen de una virgen. Quiere algo especial.

–No se preocupe padre. Haré una imagen única que será venerada por miles de fieles sea cual sea su destino.

El taller está repleto de estanterías sobre las que descansan bustos, imágenes religiosas, arcángeles, cristos, maderas...Sobre la pared principal penden una exposición de gubias de diferente tamaño y grosor ordenadas. La joven las mira de soslayo y coge una mediana. Abre un cajón y saca un lápiz y un cuaderno. Encima de una cómoda hay estampas de Velázquez, Goya, libros de santos...se detiene para ojearlos. Finalmente opta por una estampa de Durero donde muestra unas figuras del Apocalipsis. Aprovecha la ocasión para pasar delante del nuevo ayudante de su padre un joven dorador, se llama Luis Antonio. Tiene la impresión de que la mira de forma especial. Pasa por su lado y le sonríe. El joven la mira con insistencia. María Luisa se sonroja y a su vez siente que miles de mariposas de colores le serpentean en el estómago. Se está emocionando ante la mirada descarada del dorador.

Con trazos anchos hace un boceto en el cuaderno. Dibuja la imagen de una Virgen de cuerpo entero y debajo una luna, el sol lo dibujaré en el manto se dice. Horas después coge un trozo de madera de sabina se lo aproxima al pecho y aspira su perfume, le agrada su olor. Sonríe a la vez que le dirige una nueva mirada a Luis Antonio. Más tarde se dispone a afilar muy bien las gubias para no perder el tiempo.

Al poco el joven dorador se aproxima, con voz seductora le dice: «¿Imagino que irás a misa el domingo sobre las doce; podríamos dar un paseo?»

La joven escultora está emocionada no articula a decir palabra. Tarda en contestar, hasta que finalmente le dice: «A las doce en la plaza de la catedral». Después le mira de soslayo, piensa que es un joven con muy buena planta y muy guapo. Una fuerza arrebatadora surge de su interior que la lleva a comenzar la talla de la Virgen por la cabeza. Con la gubia va dando forma a unos cabellos totalmente rizados como las olas del mar. Tallados al detalle formando tirabuzones, cayendo sobre los hombros y espalda. Se separa un metro de la imagen, la contempla. Piensa que le pintará los cabellos de color dorado oscuro. Desde el patio le llega el zumbido de las abejas buscando el espliego, el aroma de azahar y murmullo de la fuente que entran a oleadas por la ventana, provocando en la escultora emociones de euforia que no paran de estimular su imaginación. Después da forma a la cara; talla los ojos mirando al cielo, en actitud de oración, con una leve inclinación de la cabeza hacia atrás, como hará ella misma, cuando vaya a la iglesia para pedirle a Dios que se encuentre con Luis Antonio. Más tarde, anota en el cuaderno: (pintar la cara de tono claro con toques de color difuminado en los pómulos, ojos de cristal, pestanas naturales y pliegues sobre la túnica que le llega a los pies). Es consciente que está creando un prototipo de virgen que va a gustar a la gente, porque, ante todo, busca despertar el sentimiento de todo aquel que la contemple y venere.

A la salida de misa ve en la esquina de la catedral a Luis Antonio y se despide precipitadamente de su hermana, y le dice: «que tiene que pasarse por casa de Murillo a recoger un libro». Desde ese día los márgenes del Guadalquivir son testigos de los paseos de los enamorados que, bajo los álamos plateados, sellan su amor con un beso y se hacen promesas eternas. Sin embargo, no cuentan con la aprobación del padre de María Luisa que considera al joven dorador una persona mediocre y un oportunista que no sabrá comprender a su hija y se opone al compromiso. Meses después, la joven escultora abre de nuevo la caja de las estampas; ojea libros con tal de no discutir con su padre. De repente, se para en el capítulo doce, ve la imagen de un dragón del Apocalipsis; puede comprobar que tiene siete cabezas. Lee que es el símbolo del mal, lo que ahora representa su padre para ella que se opone a su noviazgo.  Pondrá la imagen de la virgen, encima de la luna y del dragón, demostrando así su fuerza interna. Nada ni nadie, podrá separarla de Luis Antonio.

Talla el dragón dándole forma de reptil. Se sorprende al ver que le da un aire a su padre. Con la gubia busca el movimiento y perfección, le da forma de murciélago a las alas. Al finalizar el día, hace las siete cabezas coronadas por cuernos. Ha tallado tres frente a la virgen, dos en los laterales y dos en la espalda. Después pone una diadema a cada dragón y les pinta la lengua y ojos en rojo. Por último, hace dos esculturas a sus hermanos gemelos, sin alas y las sitúa en el pedestal elevando la imagen de la virgen.

Su padre la felicita cuando ve la talla terminada. María Luisa le pide autorización para firmar la obra. «No es esa la costumbre, la firmaré yo. Ya que no tienes esposo. »–dice el padre. «Eso no es justo, espero que eso cambie algún día». –responde la joven con indignación dirigiéndose a su cuarto.

Meses después a la salida del sol María Luisa se dirige al patio mientras aspira el aroma de unas rosas rojas y de unas macetas de albahaca junto a las que deposito la imagen de la virgen. Está triste, le duele separarse de su obra, una de las imágenes más entrañables que le ha ayudado a llevar mejor el día a día. Ha puesto en ella todo su empeño, en unas horas pasará el sacerdote de Guadix a recoger el encargo. Ha rezado tanto a la imagen a medida que la tallaba, que ha llegado a contarle todos sus secretos. Finalmente se arrodilla frente a ella y comienza una plegaria que inventa a medida que suplica.

En ti confío, Madre del Buen Retiro de los Desamparados del Saliente. No te olvides de la mujer, para que un día pueda firmar sus obras y ser libre.

Esta noche he sentido el rezo de tu mano cuando derramaba lágrimas. Sáname de este mal, que abatida me tiene.

Te imploro que permitas que mi amor y el de Luis Antonio florezcan como el almendro.

Dame fuerzas para llegar a la Corte como un día llegó Velázquez.

No permitas que la mía sea una lucha sin tregua como un erial.

Si he de atravesar este valle de lágrimas, ampárame, fertiliza las huertas y haz crecer los árboles.

Dirige tu mirada hacia aquellos que te imploran y te suplican un alivio a sus males.

Por la gracia de Dios, en ti confío, Santísima Virgen del Sol Saliente.

Amen.

Ana María López Expósito está galardonada con el escudo de oro de la Unión Nacional de Escritores de España.