La lápida del gladiador

 

Manuel Sanchiz Salmoral

El atardecer era húmedo cuando la campana mudéjar sonó, ante la sorpresa de los dos adolescentes. El palacio de Páez de Castillejo cerró sus puertas. Quedaron atrapados en su interior, latiéndoles la desconfianza en sus corazones. De los muros renacentistas que velan los secretos de la historia, percibieron reminiscencias de intriga que les ofrecieron ser los protagonistas. Todavía se leía en sus rostros la perplejidad, cuando ante el asombro de la pareja alguien caminó a su lado, una voz que quebró el laberinto de mármol. Se arremolinaron en un rincón, quedando indecisos ante la incógnita que les presentaba la escena. Ante sus ojos embelesados, se reveló el perfil afable de una mujer, cuya imagen desprendía a su paso aires de otoño.

 - Quisiera no dar detalles de por qué mis lágrimas se soldaron a mis ojos. Yo no pude elegir, he vivido en la condena despiadada de esperar cada noche su regreso, instigada por la conjura venenosa de sus recuerdos. Actius salió aquella tarde como tantas otras a la arena. Tenía veintiún años y nos queríamos. Apoyada en la ventana y embriagada de esperanza, medí las horas que acumularon tortura, le esperé hasta que los pájaros se juntaron en bandada. Al percibir un presagio sin conciencia, odié la crueldad que me lo arrebató, el tiempo que anegó de indiferencia el olvido. Mis celos de la muerte, que aún guardo en mí, me impulsan cada noche a buscar en las cenizas su memoria, hasta el viento es cruel, finge con su silbido arrancar de la tierra la vida, cuando sólo naufraga con sus ráfagas en la materia oscura. La ausencia de su cuerpo en mi lecho es el verdugo de mi despiadada sentencia. He de vivir, así se lo prometí a los dioses delante de su cadáver, aunque contemplo con envidia el último vuelo de las aves.

La joven vestía túnica blanca y velo negro que le cubría el rostro. Su presencia conmovió a los adolescentes; es más, al escucharla, les infundió una mezcla de curiosidad, recelo y aprensión. Atraídos por su voz, se atrevieron a salir de los setos donde se ocultaron, pensando que, quizás con su presencia, se desvaneciera el hechizo. Pero, sentada, con el agua corriendo sobre sus pies, señaló con su mano una lápida que, junto a otras, colgaba de la pared en una de las salas del museo. Luego, les ofreció bebida y fruta y, con gesto amable, les invitó a que la acompañaran. Recostados sobre las columnas, escucharon de sus labios la leyenda de un amor violado por las armas.

 - Para evocar sus victorias y describir mi derrota, prohibieron mi sacrificio a los dioses como excusa para separarnos. No se puede negar el amor, aunque las noches produzcan escalofríos con sus alaridos de soledad. Habéis de saber que mi fuerza era tan inmensa que quiso rescatarlo de la inexistencia, pero fue en vano. Sólo cuando mis sollozos ascienden a las nubes que cruzan, veo su cuerpo entrelazado al mío. Es imposible expresar la cicatriz que yace en mi corazón, como un espíritu encadenado que jamás hallará la libertad. El que no ha amado no lo comprenderá nunca.

Sus gestos eran nerviosos, no se atrevieron a mirarla de frente, aceptaron el desafío que les ofreció aquel encuentro, al enfrentarse a un pasado enclaustrado en la historia y con el temor de que su agitación destruyera la imagen. Al escucharla, toda la ansiedad retenida fue liberada al dejarse embaucar por sus palabras; sin duda, la certidumbre sobre el amor les iba a ser revelada.

 - Aunque faltó la razón, cumplí con el destino que se me encomendó, el arco iris del alma sobrevivió más allá del dolor: qué corta fue la parte de mi vida, en cuyas mañanas me levantaba engalanada. Lo mataron bajo el aire rojizo de una tarde de victorias y duelos. Sus gotas de sangre se desgranaron en mi pecho, en la arena no murió un gladiador sin dignidad, murió el hombre que me zambullía todas las noches en ondas de deseo, el hombre que con el imán de sus besos erizaba mi piel, el hombre que hizo del amor mi doctrina. Yerran quienes creen que con su muerte nos vencieron, quienes consideran que el amor es una mutación de los sentimientos.

La campana mudéjar sonó de nuevo. Esta vez para abrir las puertas del museo al nuevo día, a la luz que ciega las piedras y produce nostalgia. Al mirar la lápida, se dieron cuenta de hasta qué punto pertenecen a la historia los relatos cotidianos. Todo parecía igual, aunque era distinto. La joven había desaparecido y una nueva claridad cubrió el entorno. Los adolescentes, algo aturdidos, buscaron el camino hacia la realidad, aunque a veces sea difícil distinguirlo.

Manuel Sanchiz Salmoral es miembro de honor de la Unión Nacional de Escritores de España.