Nadie en la pequeña aldea de la estación ferroviaria recordaba con certeza el día exacto en que llegó. Fue en algún momento del verano de 1962, cuando el calor caía lento sobre las montañas y el aire parecía detenido entre las rocas. La joven extranjera apareció con una maleta pequeña, y una cartera en la que contenía unos cuadernos y una forma de mirar que no pasaba desapercibida.
Decía venir de Holanda, aunque su acento era tan suave que costaba situarlo. En la pensión del pueblo donde se alojó anotaron su nombre como “Anna” sin apellidos, pero nadie supo si era el verdadero. No hablaba demasiado. Sonreía con educación, daba las gracias en un español correcto, y pasaba largas horas sentada junto a la ventana, escribiendo.
El Camino del Rey, en aquellos años, no era más que una pasarela rota suspendida entre paredes de piedra. Entonces su recorrido era seguro, aunque no apto a los que sufrieran de vértigo. Aunque obligaba a avanzar con una mezcla de cautela y determinación. No era un lugar para turistas, ni siquiera para curiosos. Era, más bien, un sitio donde uno se enfrentaba al silencio.
Anna comenzó a caminarlo desde el segundo día. Salía temprano, antes de que el sol golpeara con fuerza, y regresaba al atardecer con la mirada aún más lejana que por la mañana.
A veces llevaba el cuaderno; otras, lo dejaba sobre la mesa de la pensión, como si temiera perderlo o, quizás, como si no quisiera que nadie leyera lo que escribía.
La dueña del lugar, una mujer acostumbrada a observar sin preguntar notó pronto que aquella joven no estaba allí por casualidad.
—¿Busca algo? —le preguntó una noche, mientras recogía los platos.
Anna tardó en responder.
—Quizá —dijo finalmente—. O quizá estoy dejando algo atrás.
No hubo más explicaciones.
Con el paso de los días, algunos vecinos comenzaron a reconocerla. La veían detenerse en algunos sitios de los Balconcillos, pero sobre todo en medio del puente acueducto que cruza el desfiladero de parte a parte y la zona a mayor altura de todo el recorrido la veían apoyar las manos sobre los hierros calientes de las barandillas, cerrar los ojos durante largos minutos. Una vez, un vigilante que trabajaba en la zona le ofreció ayuda para cruzar uno de los tramos más expuestos. Ella negó con una leve inclinación de cabeza.
—Prefiero ir despacio —respondió—. Así no me pierdo nada.
Pero había algo en su forma de decirlo que no hablaba de paisaje.
Por las noches, la luz de su habitación permanecía encendida hasta tarde. El sonido de la pluma sobre el papel era constante, casi obstinado. Escribía como si necesitara vaciar algo que no cabía dentro de ella. Palabras que nadie leería, cartas que no serían enviadas, preguntas sin respuesta.
Una tarde, mientras el viento comenzaba a levantarse entre los desfiladeros, Anna se detuvo más tiempo de lo habitual. Desde el borde del camino, el mundo parecía reducido a capas de roca, estratos verticales, vertiginosos, cielo y abismo, cielo y vacío. No había ruido, ni voces, ni más presencia que la suya.
Sacó el cuaderno.
Lo abrió por una página cualquiera y leyó en silencio. Luego escribió unas líneas más. Dudó. Cerró los ojos. Durante un instante, pareció debatirse entre avanzar o retroceder, como si el verdadero camino no fuera el de madera y piedra, sino otro más difícil de recorrer.
Nadie sabe exactamente qué ocurrió después.
Al día siguiente, cuando no regresó a la pensión, la dueña sintió una inquietud que no supo explicar. No era la primera vez que un viajero se retrasaba, pero algo en el silencio de aquella habitación le resultaba extraño. La cama estaba intacta. El cuaderno no estaba.
La búsqueda comenzó sin alboroto, como suelen empezar las cosas en los pueblos pequeños. Vigilantes del canal, hombres del pueblo recorrieron el sendero, gritaron su nombre, observaron cada rincón con atención. En un extremo del puente acueducto y sujetado por una piedra donde lo encontraron.
El cuaderno descansaba sobre una roca, abierto, con las páginas agitadas por el viento.
Nadie quiso, ni pudo leerlo pues estaba escrito en un idioma que nadie comprendía. Pero no por respeto a una norma o a una incomprensión, sino por una intuición compartida: algunas historias no pertenecen a quienes las encuentran.
Con el tiempo, la historia de la joven holandesa comenzó a circular. Cada persona añadía un detalle, una emoción, una explicación. Se habló de un amor imposible, de una despedida, de una decisión tomada en soledad. Pero también hubo quienes recordaron su forma de caminar, su manera de detenerse a observar, la intensidad silenciosa con la que parecía vivir cada instante.
Años después, cuando el camino fue restaurado y comenzaron a llegar visitantes de todas partes, la leyenda persistió como un murmullo entre las rocas. Algunos decían que, al atardecer, todavía podía verse una figura detenida en los miradores. Otros aseguraban que era solo el efecto de la luz.
Quizá lo único cierto es que Anna —o comoquiera que se llamara— no fue una historia simple. No fue solo su final, ni solo su tristeza. Fue también todo lo que escribió, todo lo que pensó, todo lo que no llegó a decir.
Y en algún lugar, entre aquellas páginas que el viento pasó una y otra vez, quedó suspendida una pregunta que nadie pudo responder por ella: si el dolor se deja atrás caminando… o si, en realidad, siempre encuentra la forma de seguirnos.
Clemente González está galardonado con el escudo de oro de la Unión Nacional de Escritores de España.
