La llegada

 

Jorge Moyá Olcina

Y mi abuela comenzó así:

«Mi nombre completo, como imagino que ya sabes, querida nieta, es Helena Isabel Fortún Hernández. Todo el mundo me llama Isabel. Pero mi madre me decía Sabel; mi hermano y mis dos amigas del alma, Isa; mi padre, Helena, y también, con este mismo nombre, cierta persona que aparecerá más tarde en la historia que te voy a contar…».

Recordaba Isabel que tenía diecinueve años de edad, porque aquel apacible lunes de invierno, un 22 de enero del año 1900, era el día de su cumpleaños. Y allí estaba ella, contemplado cómo el gigante de acero se acercaba poco a poco al andén, con paso lento pero seguro, mientras exhalaba bocanadas intermitentes de humo blanco, acompañando con su marcha la nota larga y aguda del silbato del jefe de estación de la localidad pesquera de Águilas. La cadencia rítmica de las ruedas de la Mogul se hizo cada vez más silenciosa conforme la locomotora, negra como el carbón, llegaba inexorablemente a su destino. Hasta que, por fin, se detuvo.

El espectáculo que ofrecía el lugar era impresionante. En aquella parte del pueblo en la que tan sólo diez años atrás convivían gruesos tormos compactos esparcidos sobre campo reseco, matas de esparto y arbustos de bojalaga, ahora se erigía un reciente edificio, imponente, de color ocre rojo, alrededor del cual se congregaba en ese momento un numeroso grupo de personas que esperaban a los pasajeros de aquel medio de transporte tan novedoso, productivo y de brillante futuro… Y con ciertos tintes románticos también: el ferrocarril.

Al poco de detener su marcha con un último y breve traqueteo, dejando escapar un estertor final de vapor grisáceo entre sus ruedas, de los doce vagones que componían aquella ristra de madera y metal comenzaron a descender, junto a los demás viajeros oriundos del pueblo o de localidades vecinas, casi una veintena de jóvenes varones de rostros sonrosados unos, lechosos otros, con despreocupados cabellos anaranjados o rubios la mayoría mientras que cuatro o cinco lucían pelo castaño, eso sí, cuidadosamente peinado. Contrastaba lo barbilampiño de unos pocos con los bigotillos y la barba bien cuidada de los demás. En sus caras se reflejaba una alternancia de anhelo, expectación y buen humor ante la perspectiva de una nueva etapa en sus vidas.

Isabel era testigo silenciosa de aquel trasiego de extranjeros. La escena le pareció que se asemejaba al tránsito de un pequeño grupo de soldados desorientados en pos del frente de batalla. Aunque, en lugar de armaduras o uniformes, la mayoría de los guerreros vestían camisas blancas con botones desabrochados a medio pecho, puños arremangados más arriba de los codos y sencillos pantalones de pana. Algunos cubrían sus cabezas con gorras de visera corta, encasquetadas totalmente o bien colocadas de medio lado; portaban chaquetillas colgadas al hombro con los dedos a modo de percha, y con la mano libre sujetaban las bolsas de equipaje. A pesar de ser invierno, ese día de enero un agradable tiempo soleado acompañaba para llevar ropa ligera. Los extranjeros conversaban distraídamente mientras atravesaban el edificio de la estación y encaminaban decididos sus pasos hacia el que pensaba Isabel que sería su destino y su hogar para los próximos tres o cuatro años: los largos barracones alzados recientemente en una explanada cercana al futuro embarcadero metálico para carga de mercancías, que se decía iba a construir la compañía inglesa por la que estos hombres estaban contratados.

El tren recién estacionado procedía de la vecina Lorca, adonde había llegado desde Madrid. En la capital embarcaron el día anterior los jóvenes empleados oriundos del Reino Unido, aquellas lejanas islas del Mar del Norte. Casi todos eran de Londres, aunque también los había de Liverpool, escoceses de Glasgow, y algún irlandés de Dublín.

Helena Isabel no se encontraba sola. La acompañaban sus dos mejores amigas de la infancia: Eugenia —alta, delgada, vivaracha— y Marta —de corta estatura, anchas hechuras, extremadamente prudente y responsable—. A pocos pasos de aquel desfile de hombres de aspecto tan diferente a los del pueblo. Comentaban entre ellas, con susurros y risitas poco disimuladas, el buen porte de alguno de ellos, la expresión espabilada de unos pocos, y las caras de alelados risueños de la mayoría. Los cotilleos de las amigas hacían mucha gracia a Isabel y le arrancaban de vez en cuando una hermosa sonrisa.

Uno de esos hombres pasó frente a ellas y su mirada se cruzó con la de Isabel. Fue un instante efímero pero suficiente como para que la mujer se hallase sorprendida como pocas veces lo había estado, pues jamás había visto unos ojos como aquellos. Ni un rostro con ese color de piel. Como de arcilla mojada.

Ese inglés —«¿Sería de aquel país?», dudó Isabel— que se apeó el último caminando detrás del resto destacaba por su altura, y era el único del grupo con ese llamativo —«¿y atractivo?»— rostro de tez extrañamente morena. Porque tampoco era negro, que ella recordaba haber visto una vez a uno bajarse de un barco que le dijeron que era de bandera belga, del Congo.

Aquel ¿inglés? tenía el pelo negro y fosco, con meticulosa raya recta trazada a un lado, cayéndole el flequillo casi hasta los ojos. Lucía bigote, ni grueso ni fino, pero bien recortado, que le confería recia madurez en las facciones de la cara, sin ocultar por completo su más que segura mocedad. Y esos ojos… A pesar del pasajero contacto visual, a Isabel le parecieron como si hubiesen sido tratados con una pátina de rara mezcla entre la miel clara y el color de esas preciadas piedras que llamaban esmeraldas. El inglés siguió su camino como si nada, perdiéndose entre la multitud y abandonando la atención de Isabel que… ¡de repente! cayó en la cuenta: ¡debía de ser muy tarde ya, casi las dos!, temor que confirmó tras echar un breve vistazo a las manecillas del gran reloj circular de la estación; y es que había salido a la hora que hacía la una del bar de Salvador, ubicado este en el paseo de tierra frente al mar de Levante, a unos pocos pasos antes del inicio de la Cuesta del Sol, donde trabajaba sirviendo almuerzos y ayudando en la cocina para las comidas —que luego, cuando ella marchaba, se encargaban de servir el dueño del local, Salvador, amigo de su padre, y Pedrín, de quince años de edad, sobrino del tabernero—. Tras su labor en la cantina Isabel debía ayudar a su madre en las tareas de casa antes de que padre y hermano regresaran de faenar. Eran pescadores y respondían al mismo nombre: Antonio. Aunque el hermano, año y medio menor que Isabel, era conocido como Toño. Ambos trabajaban en la embarcación de la que don Antonio Fortún era propietario, un falucho aparejado con vela latina, de eslora y manga suficiente para cinco personas. Les acompañaban en las labores del mar dos trabajadores más, contratados por don Antonio: Leandro, un vecino del pueblo, y otro de origen argelino, el moro Abdelatif, los dos de mediana edad, sobre los cuarenta.

El bueno de don Antonio gustaba de tener la mesa puesta a su debido tiempo porque, si no, se deshacía en graciosos improperios y quejas inocentes al llegar al hogar y percatarse de que las dos mujeres de su casa le harían perder parte del breve rato de siesta posterior. Realmente Isabel no temía al padre, pues era un hombre cabal y justo, pero sí en cierta manera a la madre que siempre le recordaba sus obligaciones como mujer.

Pero así eran las cosas.

Distaba una carrera bastante larga hasta su casa, lo que impediría a Isabel —aun yendo a paso ligero, casi trotando—, llegar a la hora. Así que, sin decir más de tres palabras, «Me voy. Adiós», la muchacha se despidió de la querida compañía de Marta y Eugenia.

Bajó por la calle de la estación, flanqueada por viejas y sencillas viviendas de una sola planta a cada lado, regañándose a sí misma entre bisbiseos por haberse dejado convencer una vez más por la lianta de Eugenia, empeñada como estaba esta en ir a cotillear la llegada de la remesa de jóvenes extranjeros. Enfiló Isabel seguidamente el largo camino de tierra paralelo al puerto, mientras hacía intentos con la mano de proteger sus bonitos ojos castaños, suavemente rasgados, de la luz incidente del sol a esa hora del día sobre la dársena. Poco después, pasó frente a la puerta de la taberna de Salvador, sin mirar, haciéndose la distraída, para llegar al poco a los pies de la Cuesta del Sol; bordeó la iglesia de san José, y cruzó en diagonal la plaza de la Glorieta, y por la calle Isabel la Católica dobló a continuación por la de san Antonio hasta vislumbrar la casa de sus padres, también la suya, cercana a la pequeña pescadería ubicada a las faldas del promontorio del castillo de San Juan, a partir del cual se extendía toda la playa de Poniente. La agradecida brisa que soplaba esa mañana de enero se dejaba sentir a ratos, refrescando y liberando su frente de los mechones de su frondoso cabello, del mismo color que sus ojos, caído despreocupadamente suelto a la altura de los hombros.

Por fin, llegó al portal de la humilde vivienda familiar de planta baja de fachada recién encalada, alineada junto a otras típicas de pescadores en aquella zona desde la que se veía a pocos metros lo que era conocido por los vecinos como el Peñón del Roncaor.

Se detuvo la muchacha para recuperar el aliento. Con el dorso de la mano se secó las gotitas de sudor de la barbilla y de la comisura de los labios, se remetió la blusa por la cintura, alisó aquella falda que casi llegaba al suelo —sólo dejaba ver el empeine de los zapatos—, y se recompuso el sencillo chal sobre los hombros, cubriéndose después la cabeza con el pañuelo que había llevado atado al cuello haciéndose el nudo bajo la barbilla.

Entonces, abrió la puerta...

Fragmento del primer capítulo de “El embarcadero de los ingleses”.

Jorge Moyá Olcina es delegado en Alicante de la Unión Nacional de Escritores de España.