La maleta

 

Manuel Fernando Estévez Goytre

No miento cuando digo que no me sorprendió verte llegar armada de un semblante duro y una actitud provocativa. Lo hacías tan a menudo... Era tu forma de proceder para expresar tu descontento ante situaciones que eras incapaz de afrontar. Y nunca pedías ayuda ni reconocías tus errores; preferías la guerra, el duelo a primera sangre, como en el siglo XIX. Sin embargo, te quise y te respeté tanto que cualquiera de tus múltiples comportamientos me parecía el adecuado para cada momento. Incluso acepté que tuvieras relaciones paralelas con otras personas, porque, como tú misma reconocías, la infidelidad formaba parte de tu naturaleza. Pero yo lo tenía claro. Era eso o nada. Esas eran las condiciones que impusiste desde el principio y, para ser honesto conmigo mismo, nunca me opuse a ellas. Las suscribí sin rechistar, porque eras la persona que amaba y eso era suficiente. Sabía que habías nacido libre y libre habrías de seguir viviendo. Eso sí, puedo afirmar que a mí no me dolía, que no sufría por ello, quizá porque yo también había mamado de la teta de la libertad y en ella me encontraba en mi estado natural. No me costó convencerme a mí mismo de que lo mejor era normalizar nuestra forma de entender la vida, pues era la única manera de estar a tu lado. Además… ¿celos? ¿Para qué? ¿Acaso habrían solucionado algo? La libertad es el único camino donde no hay fango ni piedras ni baches, solías afirmar, y yo, que creía ciegamente en tus pensamientos, porque venían a decir lo mismo que los míos, lo corroboraba todo. Sin peros. Sin reproches. Sin condiciones. Todo puede ir como la seda, decíamos, y algo de cierto debía haber en esas palabras porque a tu lado reí, lloré, amé, viví… pero nunca odié.

Ahora tampoco siento odio por nada ni por nadie.

En el futuro, Dios dirá…

Pero ese día, a pesar de los pesares y por motivos que no vienen a cuento, conseguiste que la culpabilidad me golpeara la conciencia. Una vez más. Llegué a pensar que el sendero que decidí seguir, el mío, el que solo me pertenecía a mí, estaba preñado de fango. De piedras. De baches. Justo lo contrario de lo que había perseguido desde que te conocí. Y en esas fechas en las que todo se venía abajo estuve a punto de certificar su veracidad delante de ti, tal fue la presión a la que me vi sometido. Se produjo una explosión dialéctica sin precedentes. Saltaron chispas de rencor. Aunque un segundo de lucidez, uno solo, fue suficiente para que mi sistema de autodefensa reaccionara y se hiciera valer sin más argumentos que la verdad y la evidencia.

Como otras tantas veces, dijiste que te marchabas, que todo había acabado, y me hiciste creer que te metías en el dormitorio para hacer la maleta. Te sostuve la mirada, que a continuación siguió tus pasos para comprobar que mentías. No tardaste ni diez segundos en salir con la maleta previamente preparada, arrastrándola por el pasillo hasta llegar a la puerta.

Me sentí feliz al no verme encerrado en una libertad alimentada de mentira y provocación, con mi maleta vacía y la ropa guardada en el armario.

Manuel Fernando Estévez Goytre es vocal honorario de la Unión Nacional de Escritores de España.