La Manigua (I)

 

Paloma Juan

Fragmento rescatado del capítulo VI de la novela de mismo nombre de la autora

Las paredes de aquel viejo bohio eran de palastro, su techo de paja y era frágil como el pétalo del jazmín, pero seguía en pie a pesar de todos los desvaríos de aquel clima insistentemente sorpresivo.

—¡Flora! —gritó levemente Dulce al entrar junto a la joven mulata en el bohío dejándome fuera de él, pero, al momento, volvió a salir para reclamar mi presencia. —¡Vamos teniente, pase!

Entré en la vivienda en la que encontré un lugar del todo curioso, más si cabe lo era quien habitaba allí.

—Teniente, le presento a Flora. Es la persona más antigua del lugar. Nos ha visto a todos nacer y nos conoce mejor que una madre. Para mí es como una abuela. Ella me ha cuidado desde siempre. —Al mismo tiempo que pronunciaba las palabras, abrazaba a aquella mujer. La anciana la escuchaba hablar al mismo tiempo que me miraba fijamente.

—Es un placer, señora. — Me descubrí quitándome el sombrero al entrar en la casa e incliné la cabeza para mostrar mi respeto a la anciana.

Más tarde descubrí, gracias a la información que me facilitaría Dulce, que Flora, de nombre completo Floramaría, era una descendiente mandinga, pura raza indomable. Robada de un origen libre y pleno, fue criada en la vergüenza de la esclavitud y la indomabilidad de su raza. Ya por aquel entonces, era una anciana prudente cuyos labios no solían arquearse. Pocas veces dejaba ver su desgastada dentadura, siquiera una tibia sonrisa. La vida la había castigado con una agria servidumbre, pero premiado con una sapiencia incomparable. Conocía las propiedades de las hierbas, los secretos de las raíces, las capacidades de los tubérculos y la elaboración de pócimas y bebedizos que calmaban todos los males. Todos los que sabían de ella la solicitaban para la cura de sus males, tanto físicos como espirituales, porque su maestría y sus años (que nadie sabía calcular y ella no decía) la sabían avalar. En su pequeño bohío había erigido una especie de altar que vestía de un mantel ribeteado de caminos de ganchillo, de flecos pudendos, donde, sobre él, competían estampas de santos católicos con raíces, plantas y fósiles rescatados de la invencible manigua. Las caléndulas de un rosario colgaban del cuello de una extraña muñeca de trapo que hacía las veces de una virgen. Sus ojos, dos oscuros botones, y su cabello, mechones del propio pelo de la anciana, vigilaban la estancia. Una vieja tela rellena de heno daba forma a un San Judas que obraba milagros.

Trataba hinchazones, desmayos, la enfermedad del hígado, tos ferina, convulsiones, sangre en la orina, pasmos, almorranas, caída del cabello y hasta enfermedades de los ojos. Un infinito repertorio abarcaba su experiencia avalada por las arrugas de su frente, fruto de penurias y sufrimientos pasados, de los pronunciados surcos en las comisuras de sus labios, del velo vidrioso de su mirada y de las deformes, pero firmes, falanges que componían sus ya retorcidos dedos. En su cabeza nunca faltaba un pañuelo ribeteado de ganchillo envejecido. Sus mechones no se dejaban ver, ocultos bajo esa tela parda que enmarcaba un rostro ajado por el paso de los años, de labios fuertemente cerrados, párpados arrugados bajo unas pobladas y cenicientas cejas. Su nariz achatada sostenía esa frente señalada por el paso de los años y su barbilla, aunque firme, soportaba el peso de sus pensamientos. Su cuerpo no estaba marchito, pero cada día mostraba más dificultad para mostrarse erguido y sus andares no movían solo sus piernas, trasladaban años de práctica muy curtida, lo que suponía un gran peso para sus músculos. En sus labios nunca faltaba el aroma de un buen puro cubano y las aletas de su nariz no tenían dificultad alguna para ensancharse al compás de sus pensamientos. Sus manos igual mecían el dulce sueño de un mamoncito que trituraban un cúmulo de ingredientes arrancados de la misma manigua, con ellos daba solución a los males que se le presentaran. Sus ojos cada día veían menos, pero su alma a cada momento acertaba un futuro más próximo.

Un enorme cesto tras la puerta del bohío, bajo el fresco de la noche que se colaba por una nimia ventana, mostraba una extensa mezcolanza de hierbas recogidas por todo el contorno: agravilla, eneldo, dormidera, chichicastre, guayacan, jazminillo, euphoria longana, durante erecta, achicoria, piperita o mimosa. Todas ellas formaban parte imprescindible de un nutrido botiquín para combatir los males que rondaban a todas aquellas gentes que confiaban en su criterio. Trataba enfermedades y preocupaciones. El bejuco amargo para los abortos, el jengibre para despertar el aspecto afrodisiaco, el palo amarillo para aliviar los dolores, para desinflamar las articulaciones recetaba calaguala y, para los constipados más comunes, caña de limón o simplemente ajo. Los calmantes eran uno de sus productos más recetados. La amapola o la caléndula nunca faltaban en su particular despensa.

Amaba las plantas y las plantas la amaban a ella. Tenía las manos frescas y las plantas agradecían sus caricias al absorber el frescor y la humedad de sus constantes mimos. Andaba siempre descalza porque, decía, sino no podría respirar. La Sabiduria brotaba de la tierra y con sus pasos nutria su alma. La Naturaleza le daba la vida y ella la correspondía al escuchar sus consejos. Las arrugas de su cuello pululaban cuando hablaba, pero su mirada se mostraba impasible y nadie lograba hacerla estremecer. Solo su espíritu acongojado guardaba su padecer. Una tela blanca forrada de estampados coloridos acompañaban sus andares durante las mañanas, y, por las tardes, sentada ante su altar particular, murmuraba cantos de sus antepasados africanos al tiempo que oraba frente a un popurrí de santos católicos perfumados cada mañana del aroma de flores recogidas de un pequeño huerto compartido con todos los que allí, en ese ingenio, convivían.

—Teniente, Flora es una reyoya, fiel a sus orígenes y domina el bilongo, las costumbres africanas.

—Perdón. No entiendo…

—Disculpe, teniente. Quiero decir que Flora es una mandinga de pura raza y es una eminente curandera. La más conocida por estas tierras y sus alrededores. Mucha gente viene a consultarla.

Miniña, ofrécele al soldado un plato de chicharrones.

—¡Oh, no! Muchas gracias. No es necesario. —Lo cierto es que con los estómagos tan castigados que llevamos debido al hambre que días atrás habíamos pasado, las nuevas frutas y la carestía de carne, temía que me sentara mal cualquier alimento que mi cuerpo no conociera.

—¿Qué le pasa a este esperancejo? ¿Acaso tiene las tripas llenas? A lo mejor prefiere una frutabomba.

—Déjalo, Flora. No hemos venido a comer.

—¡Eso lo sé! —La anciana fijó su profunda mirada en mí. Se levantó de la silla donde había estado sentada en todo momento, sin ayuda de ningún bastón ni báculo. Después, dio tres pasos para hacer desaparecer la distancia que nos separaba y poder observarme detenidamente.

 

Paloma Juan es miembro de la Unión Nacional de Escritores de España.