María Platero
En
la esquina de la calle Candelaria con Lineros aún se veían restos del cartel de
Anaya de la última Semana Santa. Al persignarme frente al Cristo de los Faroles
escorzado noté mi frente húmeda en las yemas de los dedos. El sol de mayo
apretaba dibujando redondeces en las camisas gastadas de los hombres con los
que me iba cruzando. Por suerte divisé el número veintiséis en seguida. Antes de
llamar a la puerta me ajusté nerviosa la falda de punto azul oscuro. Entré bien
erguida, parapetada en la confianza de llevar decentemente tapadas las
rodillas.
Ricardo
Molina gastaba un gesto serio, contenido tras las monturas al aire de los
cristales de sus gafas, un cigarrillo blanquísimo entre los dedos de su mano
izquierda. Sobre la mesa una marco austero recordaba la Nochevieja del 56 junto
a sus compañeros de Cántico, todos engabardinados posando distendidos
frente a la barra de estaño de la taberna Minguitos: Miguel del Moral, Pablo
García Baena, José de Miguel y Juan Bernier. El poeta sorbió de una calada el
resto de tabaco y me hizo un gesto señalando una butaca de terciopelo granate.
Hacía
unos días me lo había cruzado en La Fiesta Mundial de la Poesía Árabe en
el salón de mosaicos del Alcázar de los Reyes Cristianos, donde el embajador de
Siria en España y el director de la Escuela de estudios árabes de Granada junto
al decano de la facultad de letras de la Universidad de Damasco, se habían congregado
para presentar las II Sesiones de Cultura Hispanomusulmana tributadas a Ibn
Hazm en el IX Centenario de su muerte. Coincidimos también cuando una cascada
de pétalos de rosas inmaculadas, lanzadas desde el arroyo del Moro, bautizaron
en la Puerta de Sevilla la inauguración de una estatua de bronce del poeta
andalusí descendiente de cristianos arabizados.
Siempre
adusto, mantuvo la mirada sobre el cauce apagado hasta que desaparecieron las
flores bajo el agua y la multitud enardecida por la omnipresencia de los
cámaras del Nodo se dispersó tras las personalidades arabistas y científicas
congregadas por semejante evento internacional.
-De
acuerdo a su correspondencia, quería usted preguntarme por Abén Házam, ¿no es
cierto? - utilizó su nombre cristiano para mi sorpresa. Nunca supe si a modo de
cortesía o de mera curiosidad por saber hasta qué punto era conocedora de su
historia.
-En
realidad, solo me interesa su opinión sobre una de sus obras -, cogí aire y me
giré para deshacer la cremallera de mi bolso y extraer despacio y cuidadosa una
edición facsímil junto a mi cuaderno y mi pluma. No me dio tiempo a mostrársela
cuando ya la había reconocido.
-Emilio
García Gómez es su héroe, señorita, él ha traducido esta obra, debería
contactar con él, no sé en qué podría yo serle de ayuda - se quitó las
gafas y comenzó a limpiarlas lentamente
con una gamuza oscura que sacó de uno de los bolsillos de su chaleco.
-Y
lo hice, pero me remitió a buscar respuestas en un literato. Y Ortega y Gasset
ya ha fallecido, así que …
-...así
que usted, por motivos que desconozco, está convencida de que soy yo quien
puede arrojar luz en su desasosiego-. Me miró condescendiente y esbozó una
media sonrisa agotada.
-Seré
breve señor Molina, ¿diría usted que la literatura andalusí debe considerarse
literatura española? -, lo solté de corrido balanceando la vergüenza y el
alivio sonrojado, como quien se declara enamorada por primera vez. Inspiré.
Expiré. Un ángel cruzó distraído sobre nuestras miradas.
-¿Acaso
no son españolas la Mezquita, la Giralda o La Alhambra? ¿Acaso La guía de
los perplejos de Maimónides o La destrucción de la destrucción de
Averroes no lo son?-.
Bajó
la mirada unos segundos. Continuó.
-La
paradoja está en que sea hoy nuestro dilatado régimen nacionalcatólico quien
albergue un movimiento cultural de reconocimiento arabista, aunque tal vez,
seguramente, solo se están poniendo en su sitio las cosas.-
-Entonces,
avalaría usted un nuevo planteamiento del estudio de nuestra literatura, ¿es
correcto? No estamos haciendo bien las cosas.-Me sorprendí de aquel plural que
nos igualaba y contuve el aliento para que no se interpretase como una
descortesía.
-¿A
dónde quiere usted llegar señorita? ¿Por qué está buscando en mí un aval
literario para su tesis doctoral sobre Ibn Hazm? Sigo sin entender en qué
podría ayudarle yo con eso.
-Usted
siempre ha mantenido su independencia señor Molina. Ni los garcilasistas
clásicos ni los rehumanizados de Espadaña torcieron nunca su compromiso
con la realidad del momento. Lo necesito porque es usted un valedor de la
tradición poética del 27, porque su voz da voz a los silenciados, porque su
grupo ha abierto caminos nuevos, novísimos, que ya están dando frutos-. Se me
salía el corazón por la garganta. Nombrar entonces la generación de Lorca, aún
en nuestro año, 1963, nos abría a muchos heridas y desconfianzas. Me había
dejado llevar. Apreté las manos.
El
poeta cordobés había dejado de mirarme. Mantenía su cabeza apoyada en el
respaldo vertical del sillón que ocupaba, las piernas elegantemente cruzadas,
una mano sobre la otra en su regazo.
El
reloj del pasillo chirrió metálico, una corriente de aire hizo bailar los bajos de las cortinas y el ventanal se
abrió de golpe. Deshizo su postura deslizando la mano hasta alcanzar la vieja
foto junto a sus compañeros, el dedo índice recorriendo las caras de todos
ellos. Silencio.
-La
enseñanza de literatura española debería empezar con El collar de la paloma.
Estoy totalmente de acuerdo. Puede publicar mi nombre junto al suyo,
señorita, eso sí, aténgase a las consecuencias. Nunca publicarán su trabajo-.
Esta vez sí me mantuvo la mirada profunda y conciliadora, agradecida de alguna
manera.
-Pero
no por ello dejará de ser cierto- le contesté con una asombrada admiración. Y
en aquel momento, inesperadamente, en un minúsculo reducto inasequible, dentro
de la coraza interior de su conciencia de poeta, su alma se elevó sutil. Todo
su empeño había merecido la pena. Se despidió de mí esperanzado. Jamás volvería
a verlo.
Crucé
el portal hacia la calle luminosa embriagándome con el perfume de las flores en
los balcones, en las ventanas, en el frescor de las cruces en los patios. En mi
cabeza una única voz me susurraba anhelante desde la Djanna…
“Y
es que aunque queméis el papel
nunca
quemaréis lo que contiene.”
Ibn
Hazm
