La película

 

Nidia Beltramo

Hace poco vi la película ANESTESIA. Estuve a punto de descartarla asumiendo que era otra historia lacrimógena ambientada en la sala de emergencias de un hospital. Al principio me desconcertó que el título no encajaba con la trama. Hacia el final me di cuenta de que estaba bien elegido.

Es una producción independiente estadounidense del 2015. Un drama con Sam Waterston, a quien conozco por la serie LEY y ORDEN, quien personifica a un profesor universitario. También trabajan Glen Close y Kristen Stewart, entre otros. Se estrenó en el Festival de Cine de Tribecca, luego en pocas salas y pasó a distribución a través de plataformas. Según datos recabados en Internet, la recaudación de taquilla apenas alcanzó los 28.000 dólares, un total fracaso.

Duró noventa minutos exactos, y cuando comenzaron a rodar los carteles con los créditos tuve la sensación de que había visto la mejor película de mi vida. Luego, moderando mi entusiasmo y teniendo en cuenta que no recuerdo todas las películas que he visto, ajusté mi valoración: creo que es la mejor película que vi en los últimos diez años.

Para describir lo que me gustó, comenzaré por enumerar lo que no tiene: tiroteos, persecuciones en coche, explosiones, escenas de sexo, zombis, humor grosero, ni siquiera suspenso. Son historias paralelas de personajes creíbles cuyas vidas se cruzan hacia el final. Si por mi reseña no parece muy notable, es que no lo es. Lo especial, lo fascinante, son los diálogos inteligentes, conversaciones entre gente educada que se expresa con claridad utilizando las palabras correctas.

Hoy en día, con solo pulsar un botón, podemos enviar un mensaje que viaja a la velocidad de la luz hasta cualquier rincón del planeta. Los adelantos tecnológicos no dejan de sorprendernos pero, aunque parezca una contradicción, cada vez nos comunicamos menos. La adicción al móvil telefónico y la pseudo híper comunicación nos han vuelto más solitarios y menos sociables. En aras de la simplificación, cada vez se emplean menos palabras.  El mensaje de texto ha reemplazado a la conversación telefónica, y un solo emoticono sustituye a una frase completa. Si Darwin pudiese observarnos ahora, comunicándonos con monosílabos y signos, como los monos, ¿qué pensaría? Tal vez cambiaría el nombre de su teoría, llamándola de la "involución".

La elocuencia del profesor universitario de la película me hizo apreciar, y recordar, la riqueza del idioma. La palabra bien usada, sin pomposidad. En una escena de gran intensidad emocional, una estudiante desilusionada con la insensibilidad predominante en su generación, confesó a su psicólogo que se autoflagelaba quemándose brazos y piernas con su rizador de cabello. Dijo que lo hacía "para comprobar que aún seguía viva". Fue una imagen fuerte, efectiva en expresar el nivel de alienación que sufren muchos seres sensibles por la total desconexión que tienen con el resto de la humanidad.

Al día siguiente de ver la película coincidí en la cafetería de la empresa con dos chicas que trabajan en otro piso; hablamos de las actividades del fin de semana y les comenté la película. Ambas se interesaron y dijeron que la verían. Como no volví a encontrarlas y quería conocer sus opiniones les envié un mensaje de texto preguntándoles si habían tenido oportunidad de verla. Una de ellos respondió con un emoticono, un puño con el pulgar hacia arriba. La otra escribió "qué guay".

Por un momento sentí un impulso casi irrefrenable de salir corriendo de casa para comprar un rizador de cabello. Luego me calmé. No lo necesito para saber que estoy viva. Son ellas quienes, como dice el título de la película, están anestesiadas.