En
mi pueblo, Almaerrante, la muerte siempre llega acompañada del aroma de un
bizcocho recién horneado. Cuando alguien fallece, la familia no solo organiza
el funeral, sino que también se pone a amasar y hornear docenas de brazos de
gitano. Aquí nadie emprende el viaje definitivo, sin dejar algo dulce para
quienes se quedan. Tan pronto como ese olor se cuela por las calles, todos
sabemos que ha llegado el momento de despedir a uno de los nuestros. No hay
coronas de flores en el velorio ni lápidas solemnes en el camposanto, hay un
bizcocho esponjoso como último gesto del difunto. Así ha sido desde hace
generaciones.
El
día del entierro, el féretro es llevado al cementerio a hombros por seis
hombres vestidos de negro, a la vez que la procesión avanza en silencio. Tras
el enterramiento, todos vuelven a casa, donde las mujeres cercanas al difunto
reparten los dulces, uno para cada asistente. No importa si el que se va era
rico o pobre, si estaba rodeado de amigos o vivía con más silencios que
compañía. Todos reciben su brazo de gitano, relleno de crema o trufa,
espolvoreado con azúcar glas o cubierto de chocolate. Para los niños, después
de la emoción de la noche de Reyes, pocos momentos son tan esperados como este.
Acuden a los funerales con una impaciencia apenas disimulada. Los ancianos, en
cambio, lo toman con la calma de quien ya ha entendido que, tarde o temprano,
les tocará hornear el suyo. Y el panadero de turno observa la escena con la
certeza de que en Almaerrante su oficio jamás perderá sentido.
Dicen
que esta tradición está arraigada, desde hace muchos años, cuando ocurrió algo inusual
que aún se sigue contando de una generación a otra. Todo comenzó la víspera de
Fieles Difuntos, cuando don Ezequiel, el viejo panadero, pasó la noche entera
trabajando incansablemente y antes del amanecer ya había sacado del horno
cientos de brazos de gitano. Los vecinos, acostumbrados a su rutina de hogazas
crujientes, bollitos integrales y barras de pan de centeno, se sorprendieron al
ver el mostrador abarrotado de bandejas repletas de aquel dulce exquisito.
Nadie se atrevió a preguntarle la razón. No porque el hombre fuera huraño, sino
porque su mirada era distinta, un brillo extraño les impresionaba y les hacía
enmudecer.
El
día transcurrió con el negocio abierto, pero sin ventas. Don Ezequiel no atendió
a nadie. Solo amasaba, horneaba y enrollaba con la precisión de un cirujano y
la destreza de los más reputados pasteleros. Cuando estuvo seguro de que había
preparado tantos como habitantes tenía el pueblo, dio por terminada su labor.
Salió a la puerta, miró la calle con nostalgia, los ojos algo húmedos, y sin
decir palabra, volvió a entrar y echó el cierre.
A
la mañana siguiente, extrañados de que la panadería no abriese sus puertas, los
parroquianos avisaron a la Guardia Civil. Lo encontraron en la trastienda,
recostado en su sillón favorito, con el rostro sereno, hasta sonriente, y un
aroma dulzón flotando en el aire. Sobre la mesa, el último, esponjoso,
perfecto, como si la vida no se hubiera detenido. Todos
los que preparó fueron repartidos entre los vecinos, como si él supiera que esa
era su despedida. Nadie entendía cómo lo supo, cómo había preparado su propio
adiós con tanta calma.
Desde
entonces, en Almaerrante, se arraigó la costumbre de ese delicioso regalo de despedida
tras cada fallecimiento. Sabemos que, tarde o temprano, todos seremos el motivo
de la próxima hornada.
