Juan Bautista Raña Domínguez
Al
igual que cada mañana desde hace un mes, Roberto se había despertado
entusiasmado. A su lado, se encuentra la exquisita rosa roja del día anterior.
El ritual siempre era el mismo: cerraba los ojos, aspiraba el aroma embriagador
de la flor aterciopelada y comenzaba a masturbarse. Aquel día fue diferente.
Madrugó más de lo habitual para confirmar que María, su vecina, con ojos
grises, cuerpo exuberante, simpática y deliciosamente pícara, estaría a punto
de dejar otra flor en la puerta de su piso. Nunca la había visto hacerlo, pero
estaba convencido de que era ella; su mirada y su sonrisa cuando se cruzaban,
la delataban.
Roberto
se levantó y, aun con su sexo erecto, se dirigió con gran sigilo hacia la
entrada de su piso. Transcurrieron menos de diez minutos, cuando oyó el cerrojo
de la puerta de la casa de su vecina. Sin dudarlo, espió por la mirilla y en un
segundo sus ilusiones se desvanecieron: Pablo, el hermano de María, tenía en la
mano una rosa roja aterciopelada.
