La tristeza del último viaje de Machado hacia ninguna parte

 

José Manuel González de la Cuesta

Antonio Machado vivió las últimas semanas de su vida hundido en un inmenso dolor, provocado por la amargura de la derrota política y espiritual. Es un  dolor que tuvo alojado en el alma y no le abandonó hasta su muerte, un mes después. La noche que se marchó de Barcelona camino del exilio, supo que esas imágenes de destrucción y muerte que veía por las calles, serían las últimas que iba a tener de España, y las llevará grabadas en su mente, junto al recuerdo de una vida marcada por la poesía, las ciudades en las que habitó, el amor y su lealtad al sentimiento republicano.

La noche del 22 de enero de 1939, un coche enviado por el doctor José Puche Álvarez, Director General de Sanidad, recogió a la familia Machado de Torre Castanyer, chalet donde vivía Antonio Machado en Barcelona, con su madre Ana Ruiz, su hermano José Machado y su cuñada Matea Monedero, para abandonar la ciudad camino del último viaje que el poeta realizará en su vida, el viaje del que no retornará jamás, y él lo sabe. «Y cuando llegue el día del último viaje/y esté al partir la nave que nunca ha de tornar/me encontraréis a bordo, ligero de equipaje/casi desnudo, como los hijos de la mar».

 Su enfermedad pulmonar se fue agravando desde que estalló la guerra y comenzara un periplo que le llevaría desde Madrid a Valencia –hasta la primavera de 1938 vivió en Villa Amparo, un chalecito de la localidad de Rocafort–, para ir después a Barcelona, cuando la República ya da síntomas inequívocos de que va a perder la guerra. Atrás quedó una vida marcada por sus viajes y un racimo de ciudades que fueron, cada una en un momento diferente de su vida, algo más que una geografía, al entrar a formar parte del universo de sus poemas.

De la Sevilla de su infancia: «Esta luz de Sevilla… Es el palacio donde nací, con su rumor de fuente», donde vivió junto a sus padres y abuelos. Del Madrid de su juventud, la ciudad de los cafés, los teatros y los tablaos, y su educación en la Institución Libre de Enseñanza; la ciudad de Soledades: «Es una tarde clara,/casi de primavera;/tibia tarde de marzo,/que al hálito de abril cercano lleva». Soria, donde conoció el amor en una jovencísima Leonor, veinte años más joven que él: »Sentí tu mano en la mía,/tu mano de compañera,/tu voz de niña en mi oído/como una campana nueva,/como una campana virgen/de un alba de primavera». Soria, que le arrancó  con un zarpazo cruel la felicidad: «Señor, ya me arrancaste lo que más quería./Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar./Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía./Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar». En Baeza, la ciudad de su exilio sentimental: «Los caminitos blancos/se cruzan y se alejan,/buscando los dispersos caseríos/del valle y de la sierra./Caminos de los campos…/¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!», donde buscó la paz y la reconciliación consigo mismo y el  mundo que le rodeaba: «¡Campo de Baeza,/soñaré contigo/cuando no te vea!». Y el amor que volvió en Segovia, ciudad en la que se cruzó con Guiomar, la mujer que hizo aflorar de su corazón nuevos versos cargados de esperanza: «Tu poeta/piensa en ti. La lejanía/es de limón y violeta,/verde el campo todavía./Conmigo vienes Guiomar;/nos sorbe la serranía». Segovia, la ciudad que se convirtió en musa de su creación teatral; donde proclamó la República desde el balcón del Ayuntamiento, junto a su amigo Antonio Ballesteros. Después, regresó a Madrid; a un Madrid republicano, de grandes ilusiones, del amor a escondidas con Guiomar.

La Guerra Civil marcó el declive físico de Machado, pero si bien su producción poética casi desapareció, la intelectual la puso al servicio de la República, escribiendo numerosos artículos en prensa y dedicando sus energías, cada vez más debilitadas, a la causa republicana. Sus últimas fuerzas fueron para emprender el exilio, del que ya no regresaría. La frustración de la derrota; no una derrota cualquiera, sino aquella por la que todos sus esfuerzos intelectuales se habían activado, y el exilio, acabaron con sus ganas de vivir. Antonio Machado era un republicano de corazón y de cabeza: «Mi posición política es hoy la misma de siempre. Yo soy un viejo republicano para quien la voluntad del pueblo es sagrada», había escrito en su artículo Sobre la disolución de la Casa de la Cultura en Valencia.

Vivía en Segovia cuando se proclamó la República y un inmenso gozo le sobrevino, hasta el punto de ser una de las personas que izaron la bandera republicana en el Ayuntamiento segoviano. Con emoción lo recordaría años más tarde, en un artículo publicado en 1937 por La Voz de España, con el título: El 14 de abril de 1931 en Segovia: «Era un hermoso día de sol. Con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros llegaba, al fin, la segunda y gloriosa República Española. ¿Venía del brazo de la primavera? Fue un día profundamente alegre, muchos que ya éramos viejos no recordábamos otro más alegre, un día maravilloso en que la naturaleza y la historia parecían fundirse para vibrar juntas en el alma de los poetas y en los labios de los niños».

Su último artículo, aparecido en La Vanguardia el 6 de enero de 1939, es la expresión de un hombre derrotado y herido. En él muestra su decepción por la ceguera de Francia e Inglaterra con la política de No Intervención en la guerra de España, que Machado entendía como el principio de la gran expansión nazi por Europa, dejando a la República al albur de la gran coalición fascista, que se había organizado para defender a Franco, antesala del enfrentamiento, inevitable, entre la democracia y el fascismo, que ya se barruntaba en Europa: «El error monstruoso, o la inquina sin ejemplo, que supone la llamada de NO INTERVENCIÓN  en España, enderezada toda ella a hacer creer que la lucha en nuestra península es una mera guerra civil promovida por Rusia, una lucha de opiniones encontradas, cuya repercusión, más allá de nuestras fronteras, sólo podría contribuir a precipitar la revolución social…»,            

La partida de Machado y su familia de Barcelona, fue una salida precipitada, una huida de la barbarie que se avecinaba, que estaba en las puertas de la ciudad. El 26 de enero, los Cuerpos del Ejército Navarro y Marroquí, se encontraban en el Tibidabo, y Barcelona ya era una ciudad entregada y perdida para la causa republicana.

El Hispano-Suiza avanzaba despacio por calles perdidas entre la desolación de sus habitantes. Machado  miraba desde la ventanilla, cómo en la oscuridad de la noche, familias enteras trataban de huir con paso cansino del miedo, de la venganza sin compasión de los vencedores. Huían con la cabeza baja, la mirada perdida bajo el peso de los bultos, el alma rota por la vida que dejaban atrás, y un futuro incierto de exiliados en tierra extranjera. Machado miraba y se le encogía el corazón: «–Yo debería quedarme –dijo de repente, dirigiéndose a Manuel–. A mí ya la vida me puede ofrecer poco, pero ellos…» (de la novela Nunca seremos los mismos). Un silencio espeso se hizo en el interior del coche, mientras enfilaba por la Avenida de las Cortes Catalanas hacia Girona, a donde llegarán de madrugada, exhaustos, con doña Ana, la madre de Antonio y José, absolutamente quebrada por el viaje.

Girona era una ciudad en plena efervescencia militar. La inminente toma de Barcelona por las tropas de Franco había obligado a que se convirtiera en el lugar donde se estaba reagrupando el ejército republicano en retirada y las miles de personas a pie, en carro o en camiones, que vagaban por las carreteas catalanas en dirección a la frontera con Francia. El ambiente era desolador y el convoy de Machado, en cuanto fue posible, abandonó la ciudad en dirección a Cervià de Ter, donde encontraron refugio en la pequeña localidad de Raset, en una masía llamada Can Santamaria.

En Can Santamaria, Machado descansó. Fueron jornadas de cierta tranquilidad, aunque la sombra de la guerra planeaba sobre el grupo que allí va a convivir durante tres días. En la vieja masía del siglo XVI, rodeados de un paisaje que invitaba al sosiego y la paz interna, reinaba una especie de optimismo, que trataba de ocultar la desazón que cada uno de los que en ella habitaban sentía en su interior. Sentados en el patio, al calor suave del sol de invierno, Machado y su hermano José, Corpus Barga, Joaquim Trias, Joan Roura y Joaquim Xirau entre otros, parlamentaban, algunos incluso hacían planes de futuro –la esperanza es lo último que se pierde en la vida–, y se fotografiaban en una instantánea ya famosa, la última que se tiene de él en España, en la que Machado se sostiene sobre un bastón mirando al suelo. Con un estado de salud cada vez más precario, llegó a tener algún desmayo, que fue reanimado con una copita de aguardiente, según contó Llúcia Teixidor.

El 26 de enero les llegó la noticia de la caída de Barcelona y todo el ánimo que habían estado acopiando esos días se les vino abajo. La derrota era irremediable, y el exilio, con toda la incertidumbre que les provocaba, su único futuro. José y Matea, veían con preocupación cómo su madre y suegra doña Ana Ruiz, y su hermano y cuñado Antonio, iban a poder soportar el camino que les quedaba hacia ninguna parte. Un destierro que se cernía en el horizonte sin ninguna imagen conocida que les pudiera aliviar su tristeza. El poeta recordó otro momento de su vida: el de la huida de Soria, cuando no pudo soportar el dolor por la pérdida de su mujer Leonor, y la desolación que le deparará su nuevo destino en Baeza: «¿No ves, Leonor, los álamos del río/con sus ramajes yertos?/Mira el Moncayo azul y blanco; dame/tu mano y paseemos./Por estos campos de la tierra mía,/bordados de olivares polvorientos,/voy caminado solo,/triste, cansado, pensativo y viejo».  

Esa misma noche del 26 llegaron a Can Santamaria unas ambulancias militares para trasladarlos hasta la frontera. «El resto del viaje Machado y los demás pasajeros lo hicieron en silencio. La ambulancia atravesaba la geografía gerundense como una diminuta mota de polvo en un escenario en el que sus ocupantes dejaban de ser actores para convertirse en figurantes de una obra desgarradora. Huían de su derrota, de la muerte que se cernía como una sombra sobre ellos, hasta tal punto,  que podían sentir su aliento. Y eso les desconcertaba, les generaba una confusión mental demoledora, un  arrasamiento de la autoestima, que les hacía sentirse como una piltrafa de la Historia. Porque ellos eran personas normales, profesionales que amaban su país, su familia y sus amigos. Ninguno aprobaba la violencia política, ni se sentían culpables de delito alguno, salvo que fuera punible pensar, tener ideología política y manifestarla, ser demócratas y defender La República. Ese era todo su delito, muy grave en la nueva España que Franco estaba a punto de inaugurar, con todo el fasto de las dictaduras. Pero lo que no sabían era que su periplo de penalidades acababa de comenzar, y se dirigían hacia una Europa que empezaba a desangrarse en un conflicto mucho más brutal y devastador del que huían, y en donde algunos de ellos, y muchos de los que atestaban las carreteras en una fuga menos cómoda, encontrarían una prolongación de la guerra que dejaban, la muerte en otros frentes lejanos, un nuevo exilio que les llevaría a América, o una nueva nacionalidad en pago a los servicios prestados durante la guerra continental, que les garantizaría vivir en paz en un nuevo país, quizá cercano geográficamente, pero tan lejos, en su añoranza de España. Todo eso pensaban y todo eso desconocían, convirtiendo la incertidumbre en un silencio áspero durante el trayecto». (De la novela Nunca seremos los mismos).

Es imposible avanzar. El mal estado de los caminos y una interminable columna de gente que huía del ejército franquista les impedía avanzar, y les hizo detenerse en Mas Faixat en Viladasens, una masía que contaba con una antigua torre medieval, en la que Machado pasó su última noche en España, hasta que al día siguiente, por carreteras secundarias que les alejaban de los bombarderos franquistas, que no dejaban de atosigar la caravana de exiliados rumbo a la frontera, llegaron a Portbou. Allí, el último tramo lo tuvieron que hacer a pie, agotados y enfermos Machado y su madre doña Ana. Era el remate final de un largo camino de angustias que les haría abandonar España para siempre.

En Portbou, Machado pudo ver el rostro más amargo de la guerra, para aquellos que han sido vencidos. Una multitud se agolpaba en el paso fronterizo, empujados por la última razón de ser que tienen los humanos: la supervivencia. Pero la acogida de las autoridades francesas no fue especialmente amable con los refugiados españoles: su falta de empatía con la ansiedad que estaban viviendo se hizo patente con la frialdad y la violencia con que fueron tratados en muchas ocasiones. Todo eso lo vio Machado, pero ya nada podía escribir, su ánimo, su inspiración, sus ganas de vivir se quedaban en España. Todo lo demás, sería un trámite hasta que le llegara la muerte.

Después de pasar la noche en un vagón de tren de la estación de Cerbère, rodeado de republicanos españoles abarrotando los andenes, llegaron a Collioure, última parada de Machado. Con su madre delirando, creyendo que habían regresado a Sevilla, se instalaron en el hotel Quintana, gracias al jefe de estación de la localidad Jacques Baills. En él, Pauline Quintana les ofreció su cara más amable, su mayor hospitalidad y junto con Juliette Figuères, formaron un trío de amistad y solidaridad con la familia Machado hasta el final.

El eco de la guerra quedaba muy lejos, y aunque la herida que había desgarrado su alma estaba cada vez más abierta, Machado vive días de tranquilidad espiritual, de aceptación de su tristeza, de reconciliación de su vida con la muerte, que siente próxima. Ya no tenía ganas de vivir; con 64 años es un viejo física y anímicamente. Pero pasea; su antiguo hábito de andar no lo ha perdido: «Caminante no hay camino/se hace camino al andar». Camina por los alrededores de Collioure, se acerca hasta el pequeño y recoleto puerto, donde se balancean los barcos en una danza marina y sensual, a la espera de volver a surcar las olas de ese mar que tanto les da y tanto les quita. Sube hasta el castillo, donde están presos un grupo de militares republicanos españoles, pertenecientes a la Segunda Brigada de Caballería. ¿Quién sabe si algún día intentó o consiguió hacerles una visita?

En definitiva, su vida pasa sin sobresaltos, al igual que aquel poema que escribiera a principios de siglo: «Una tarde parda y fría/de invierno. Los colegiales/estudian. Monotonía/de lluvia tras lo cristales», preparándose para el final. Todo se ha derrumbado. A principios de febrero llegaron noticias de que Azaña había abandonado España, casi como un delincuente, por un pequeño puesto fronterizo cercano a la localidad gerundense de La Vajol. La República se había quedado sin presidente. Ya todo estaba perdido y la herida supuraba cada vez más. Sus familiares y amigos ven con preocupación el declive y la abulia por seguir viviendo que manifiesta. Machado se niega a cualquier traslado de ciudad, porque lo ve carente de sentido     

Una mañana, paseando por el puerto se sentó en una barca inspirado por la limpieza del cielo, por el añil del mar, por el sol que iluminaba la bahía. Sacó un papel del bolsillo del abrigo y anotó. Fueron las últimas palabras que escribió en su vida. Se guardó el papel otra vez en el bolsillo y se fue andando «como los hijos de la mar» hacia su destino. Se acuerda de Guiomar, su otro amor ya de madurez, sus encuentros clandestinos en el merendero de Cuatro Caminos, el Franco-Español; las tardes al arrullo de la fuente del pequeño jardín enclavado en el actual Palacio de la Moncloa. Se acuerda, porque el recuerdo es lo último que le queda: «Conmigo vienes Guiomar;/nos sorbe la serranía./De encinar en encinar/se va fatigando el día». Y de Leonor, su amor perdido, su amor castellano, ligado al paisaje que tanta felicidad y tristeza le dio: «En la desesperanza y en la melancolía/ de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva./Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía,/por los floridos valles, mi corazón te lleva».

Por fin, tras el abandono espiritual y el deterioro físico al que su enfermedad pulmonar le tiene sometido, del que no se ha recuperado desde que inició el camino del exilio, a pesar de los cuidados de José, Matea y todos los que le rodean, la hora final llegó y Machado quedó postrado en la cama, para no levantarse más.  «Al alba del día siguiente, 18 de febrero, Matea dio la voz de alarma. Había bajado a observar a doña Ana, como hacía muchas noches, y se encontró a Machado en muy mal estado. Deliraba y le costaba mucho respirar. Rápidamente fueron a avisar al médico, y una gran agitación se empezó a extender por el hotel. En seguida, Juliette Figuères y Jacques Baills hicieron acto de presencia. Manuel, José, Matea, Pauline Quintana y todos los que se hospedaban en el hotel aguardaban en el comedor a que el doctor les informara del estado del poeta. Fueron minutos tensos, de muy alta preocupación que se dibujaba en sus rostros. Cuando el médico bajó de la habitación su semblante no presagiaba buenas noticias» (De la novela Nunca seremos los mismos). Machado yace muy enfermo en su cama, junto a la de su madre, que lleva varios días inconsciente. La ironía del destino hizo que ésta muriera tres días después de Antonio, quién sabe si en su ausencia de consciencia pudo percibir la pérdida del hijo.

El día 22, a las tres y media de la tarde, Machado emprendió el camino del reencuentro con su amada Leonor. Atrás quedaron sus viajes, sus ilusiones, sus triunfos teatrales, sus desengaños, sus decepciones, todos los poemas que había escrito emocionando a una generación, su impecable sentimiento republicano, Juan de Mairena, Abel Martín, sus amores y sus ciudades. Toda una vida condensada en el último suspiro y al que, como una premonición, «llegó ligero de equipaje». No hay palabras para describir el estado de desolación sentimental en el que dejó a los suyos. Volvamos a la novela “Nunca seremos los mismos”, porque en la ficción podremos hacernos una idea del torbellino anímico que supuso la muerte de Antonio Machado: «A las 15:30 horas, Manuel se encontraba en la entrada del hotel con un grupo, cada vez más numeroso, de gente del pueblo, y republicanos españoles que empezaban a llegar de  muchos rincones del país, enterados de la grave enfermedad del  poeta. Jacques Baills, con los ojos enrojecidos, bajó y le comunicó que el poeta acababa de morir. El silencio entre los asistentes fue demoledor, tan intenso que nada, ni siquiera el río, que parecía haberse secado, perturbó esos primeros instantes de la pérdida de Machado. Ni un grito, ni un suspiro, ni un gesto; el mundo se acababa de detener para aquellas gentes. La mayoría ni siquiera había llegado a conocer al poeta en persona, pero sus versos se habían colado con tanta intensidad en sus vidas, que Machado ya pertenecía al subconsciente personal y colectivo de cada uno de ellos»

A las cinco de la tarde del día 23, la comitiva fúnebre atravesó el río Douy, que separaba el hotel Quintana del camino al cementerio. Iba presidida por su hermano José, el periodista y escritor Julián Zugazagoitia y Marceau Banyuls, alcalde de Collioure.  Detrás van Matea Monedero, su cuñada;  un nutrido grupo de gente anónima del pueblo; republicanos, que se han acercado hasta Collioure al conocer la muerte del poeta; amigos como Juliette Figuères, Jacques Baills o Pauline Quintana; y personalidades como el general Vicente Rojo y Joaquim Xirau y su mujer, entre otros muchos acompañantes. El féretro va cubierto de una bandera republicana y el silencio es una cortina de dolor que se cierne sobre todos los asistentes.

El cuerpo es enterrado en un nicho que cede María Deboher, amiga de Pauline Quintana y al cerrarlo resuena el eco de un poemilla de Machado, recitado por Julián Zugazagoitia: «Corazón, ayer sonoro,/¿ya no suena/tu monedilla de oro?».

Días después, su hermano José revisa los pocos enseres que ha dejado Antonio. Del bolsillo del abrigo saca un papelillo doblado y un estremecimiento recorre su cuerpo y su alma: dos versos, posiblemente los últimos que ha escrito su hermano, ligeros, breves, machadianos en todas sus sílabas. Dos versos que son para el recuerdo de la infancia feliz, como si nada hubiese pasado en ese medio siglo de poemas, amores interrumpidos y compromisos sociales. Dos versos que tiemblan en las manos de José Machado: «Estos días azules/y este sol de la infancia».  

Antonio Machado. 1912. Campos de Castilla. Editorial Renacimiento.

Manuscritos Hermanos Machado. 2005. Colección Unicaja.

Antonio Machado. 1975. Poesías Completas. Espasa-Calpe.

Antonio Machado. Sobre la disolución de la Casa de la Cultura. Frente Rojo, 17 de julio de 1937, O. C., t. II, p. (…)

“Nunca seremos los mismos”. 2013. González de la Cuesta. Unaria Ediciones.

(Publicado en la revista Descubrir la historia, en el número 24, correspondiente enero/febrero 2020).