Manuel Ángel Morales Escudero
No
es que le hiciera falta, pero le atraía todo lo brillante. Por eso se llevaba a
su nido cuanto veía, aprovechándose de la ingenuidad y del descuido de las
otras aves del bosque. Para los demás era un simple pájaro, vulgar en sus
colores, sin apenas talento más que para el graznido rápido, el vuelo corto y
el picoteo constante.
Perezosa,
intentaba no destacar demasiado, siempre alerta ante la más mínima oportunidad
para hacerse con un nuevo objeto, una cuenta más, algo que pudiera llevarse a
la paja caliente de su árbol privado.
Con
el paso de los años acumuló una fortuna. Graznaba entre el resto de pájaros
ingenuos, pajarillos del bosque entretenidos en tareas mundanas. Todos acudían
a la urraca para pedir consejo, pues era la más vieja, la más experimentada. Y
la urraca les respondía como lo haría una madre, pues su intención era
entretenerlos y, de este modo, que la cosecha de cuentas vidriosas nunca se
agotara.
Mas
no tuvo en cuenta que en el bosque había también búhos y lechuzas de ojos
siempre abiertos y de mente despierta. Y de que un día, extrañados, se
escondieran para vigilarla y la pillaran al fin con un sello de oro en el pico
mientras intentaba volar hacia su madriguera.
Tras
mucho tiempo, la urraca fue condenada. Pasó algún tiempo recluida en su nido. Y
se le hicieron devolver las alhajas que fueron encontradas. Pero todo quedó en
poca cosa. Dicen que algún águila, desde lo alto, intercedió por ella. No sé
yo…
Creo
que la urraca sabía demasiado…
Manuel
Ángel Morales Escudero es delegado en León de la Unión Nacional de Escritores
de España.
