Francisco Javier Romero Alanzabes
27
de enero de 2018, Ceuta
Salí
del gimnasio caminando a casa. De repente mi mirada se fue hacia un punto
luminoso que yacía en el suelo al final de la acera. Me apresuré para llegar
cuanto antes asegurándome de que no había ningún viandante ni delante ni detrás
de mí. No sabía lo que era, pero me produjo curiosidad. Cuando llegué,
sigilosamente me agaché para coger aquel objeto misterioso y enseguida me di
cuenta que se trataba de un móvil que sonaba y se movía vibrando de un lado
hacia otro; lo cogí y descolgué la llamada que, dos segundos después, me
paralizó…
—El cadáver está en las coordenadas 34°32'59.3"N 4°33'35.8"W. En 48 horas te espero en el bar que tienes enfrente. Llevaré una bufanda marrón —contestó una voz firme.
23 de enero de 2018, Parador de Ceuta
Una llamada con número privado despistó al
camarero justo cuando se disponía a servir
la mesa 13. La voz le pareció extraña, insegura, nerviosa o tal vez el murmullo colectivo que profundizaba
en el pasillo distrajo su atención. Allí estaba Marco Craviotto, con los codos apoyados sobre el mantel arrugado esperando las verduras al horno y un
suculento mousse de chocolate. El camarero llegó deprisa con una sonrisa a destiempo y él intuyó una buena velada en compañía de Violetta.
La noche estaba lluviosa y apagada pero no era un inconveniente para que el restaurante estuviera repleto de gente disfrutando de una cena plácida.
Marco volvió al mismo lugar la noche siguiente, aunque esta vez ocupó la mesa 14, viendo cómo Abdul Jalifa y Yasir Kattan reían sobre cómo brindar de la forma más torpe posible, justo con el mismo mantel tan poco pulcro que le hizo estragos veinticuatro horas antes. Charlaban en árabe sobre los objetivos anuales de la empresa contándose algunas anécdotas que su trabajo les había ofrecido. Su cena no exigía demasiado guion ni esfuerzo, tan solo se trataba de una celebración en un rincón del Parador de Ceuta.
Marco se quedó pensativo y expectante hasta que los dos hombres decidieron marcharse a sus respectivas habitaciones.
Llegó a controlar casi todos los movimientos que realizaban, incluso los gestos
y expresiones que hacían con las manos le hacían creer que algo misterioso
ocurría a su alrededor.
El camarero seguía con su particular forma
de no pasar desapercibido y se quedó unos segundos
con la vista fija en ellos cuando definitivamente se levantaron de su mesa. Marco apuntó en su memoria
semejante actitud, no dándose por vencido en su cabezonería de afirmar que
aquel lugar, cuanto menos, le parecía provechoso para sus investigaciones.
Tres de la madrugada y Marco Craviotto seguía con su copa en la mano y removiendo el puro en los
labios pensando en aconsejar al recepcionista que no matara con la mirada la
entrada de nuevo de Abdul Jalifa y Yasir Kattan, esta vez sí, definitivamente,
hacia sus respectivos aposentos. ¿A dónde diablos habían ido tan deprisa y por
qué habían vuelto a las tantas? Se antojaba una larga madrugada realizando
posibles conjeturas sobre los dos individuos. Llevaban cada uno un taquiyah
blanco envueltos con un turbante también clarito.
Abdul Jalifa tenía las cejas pobladas,
barba larga extremadamente perfilada, mirada penetrante y aspecto de unos
treinta y tantos. Bajito de estatura, parpadeaba intermitentemente y muy lento
en sus gestos. Yasir Kattan parecía un hombre más nervioso, cincuenta y tantos,
dominaba todos los ataques dialécticos de su fiel compañero con una voz potente
y cortante. La faz muy morena, expresión de pena continua, barba aún más
poblada que la de Abdul Jalifa y ojos medio achinados. Alto, delgado,
esquelético, quién diría que en tan poco cuerpo hubiera tanta capacidad de ejecución.
Unos minutos después, Violetta llegó al vestíbulo y allí le estaba esperando Marco que se sentó a su lado a curiosear las fotos que había
tomado en las últimas horas.
—Es pronto para ir
sacando conclusiones, Marco, esta gente hace todo con pies de plomo —dijo Violetta sujetando su cámara.
—Parece que solo han ido a disfrutar de una
noche de paseo en un puto taxi.
—No creo, esta gente juega al despiste,
Violetta. Han llegado sonriendo, como si quisieran lanzar un mensaje de algo…no
sé…
—Marco, un mensaje de nada, les perdí la
pista por el Príncipe, solo tenemos estas fotos en las que se les ve montados
en un taxi disfrutando de una noche ceutí —aclaró Violetta.
Marco se
quedó un rato muerto a ojear las lámparas tan viejas que había, mirando
al techo sin más razón que
adivinar de qué año serían; vaya insensatez e ignorancia, pero no parecía tan aburrido
imaginarse hasta cuál sería
su origen.
—Mira Violetta ¿te gustan? Deben haber
costado una pasta, no estaría mal que renovara las de mi
casa, a veces noto poca luz en el salón —dijo Marco con tono reflexivo.
—La cuenta a la habitación 522, por favor —Marco
se dirigió simultáneamente a la recepcionista.
Hubo algo que a Marco se le escapó en ese
momento. El turno de recepción había cambiado y ahora estaba
una chica, demasiado error para sus privilegiadas retinas. El Chivas o el cansancio a veces
le jugaban malas pasadas. Se preguntó cómo podía
haber otra persona distinta a la que vio de inicio y en qué diablos estaría rumiando
para no haberse dado cuenta. Parecía que ya llevaba tiempo haciendo su
trabajo, se pudo fijar en la solidez que tenía
la chica para facilitarle una mísera cuenta de un whisky. Se moría de ganas por abandonar la conversación y no
escucharla más con ese acento imposible de catalogar. Sintió como si no quisiera
mirarle con una timidez forzada
y más aún con la
incomodidad que la chica tenía para devolverle el cambio de 20 €. Miró el reloj
y al día solo le faltó
decir adiós y dar la bienvenida a un nuevo día más fructífero.
Dormir con Violetta le había supuesto a Marco un plus de responsabilidad. Nunca le puso definición al sentimiento que tenía hacia ella, aunque admiración y respeto eran los valores que más le demostraba. Se había convertido en su fiel compañera de viajes y en su lazarillo en aquellos momentos en los que se bloqueaba. Admiraba la sutileza con la que trabajaba, la visión excelente del punto fotogénico, casi todo de Violetta le resultaba maravilloso. La consideraba una profesional sin escrúpulos, entregada en cuerpo y alma a su vocación. Muchas veces parecía como si sus mentes estuviesen conectadas y justo disparaba el flash donde imaginaban los dos. Llegaba también a pensar que era una lástima que su amistad con ella no iba más allá de tomarse unas copas juntos.
Marco Craviotto tenía la mirada de quien ha visto demasiado y ya no espera
sorpresas. Alta estatura, hombros firmes, el pelo cada vez más gris, barba
poblada y el gesto cansado. Solía vestir igual casi siempre, chaqueta oscura,
camisa blanca súper planchada y una corbata que rara vez se abrochaba. Había
pasado media vida entre informes, interrogatorios y habitaciones sin ventanas.
No era un hombre amable, pero tampoco cruel; simplemente había aprendido a
mirar sin prometer nada.
Su forma de hablar era seca, sin adornos. Tenía fama de ir siempre un paso por delante, aunque en realidad solo era más desconfiado que los demás. Dormía poco, comía mal y fumaba demasiado. Nadie lo conocía del todo, pero todos sabían que, cuando Marco se quedaba en silencio, algo estaba a punto de romperse.
Violetta Rosetti, en cambio, parecía moverse por otro ritmo. Menor que él
por más de una década (32), delgada, ágil, con el pelo oscuro recogido casi
siempre en un moño descuidado. Sus manos olían a cuero y a revelador
fotográfico. Había sido fotógrafa de guerra, y a veces, cuando el silencio se
alargaba, sus ojos se quedaban fijos en un punto como si aún viera a través del
objetivo. Llevaba siempre una libreta pequeña y una cámara vieja colgada del
cuello. No hablaba mucho, pero observaba con una atención que incomodaba. Tenía
una calma peligrosa, la de quien ya ha perdido el miedo. Juntos formaban una
alianza extraña, casi improvisada, un equilibrio entre la razón y la mirada,
entre el método y la intuición.
