José María Fernández Núñez
Las expediciones que con el
nombre de cruzadas hicieron los cristianos de Europa en los siglos XI,
XII Y XIII para la conquista de la tierra santa, forman una parte muy
considerable e importante
de la historia eclesiástica de aquellos tiempos. Muchos escritores han hecho
ver la influencia que han tenido estas expediciones en la disciplina de la iglesia, causando en ella
una mudanza y un trastorno casi general, y alterando o disminuyendo el rigor y
pureza con que brillaba en los primeros siglos del cristianismo; pero pocos
escritores se habían dedicado a recoger las diferentes observaciones, o a formar nuevas
reflexiones, sobre el influjo que han debido tener en la civilización de los pueblos de Europa en los progresos de sus luces, de su comercio y de
su industria, y en sus
relaciones con los demás pueblos del antiguo continente.
Este asunto era demasiado
interesante para que los sabios, que componen la clase de historia y de
literatura antigua del instituto de Francia, dejasen de darle lugar entre las
cuestiones que anualmente acostumbraba proponer para sus premios, convidando a
la solución de ellas a los sabios de todo el universo. Aquél ilustre cuerpo,
lejos de envidiar el lucimiento y la fama literaria de los otros hombres,
trataba al contrario de acrecentarla, excitándoles con honores y recompensas al
estudio y a las investigaciones útiles y curiosas, y libre de pasiones
mezquinas y de espíritu de cuerpo, no prensaban, como entre nosotros, que la ciencia
y la erudición están vinculadas en cierta clase de personas, ni que para ser
sabio en ciertos ramos sea preciso pertenecer a una asociación.
En el año 1806 el instituto
propuso para el premio de la clase de historia la cuestión siguiente: Examinar la influencia
que han tenido las cruzadas en la libertad civil de los pueblos de Europa, en
su civilización, y en los progresos de las luces, del comercio y de la
industria. A consecuencia de esta invitación el profesor de
historia de la universidad de Gottinga A. H. L.
Heeren ha escribió una obra con el título de Ensayo sobre la influencia de las cruzadas, que traducida del alemán por
Mr. Carlos Villers, fue presentada al instituto, y mereció el premio ofrecido
por él al autor que mejor desempeñara el asunto. Para formar idea de esta obra,
incluyo aquí el informe que sobre ella hizo al instituto su socio el célebre
Mr. Ginguené, bien conocido entre Ios investigadores por sus producciones literarias, llenas de
indagaciones profundas, y de erudición
delicada y amena.
He aquí una de aquellas
cuestiones: dice en su informe Mr. Ginguené, que desde el momento en que son
proclamadas ocupan la atención y el discurso de las personas reflexivas; que
excitan la memoria de sucesos importantes; dan margen y abren un campo muy
dilatado a investigaciones vastas y profundas, y prometen un premio honroso a la ciencia histórica,
ilustrada por la filosofía, y dirigida por la razón; ciertamente este es el
carácter que imprime por lo común la clase de historia y de literatura antigua
del instituto a los asuntos de los premios que propone el
autor del Ensayo sobre la influencia de las cruzadas ha examinado este
asunto en toda su extensión, y considerándolo bajo todos sus aspectos: a la verdad
el modo claro y preciso con que se había propuesto la cuestión en el programa, no
daba lugar a extenderse en investigaciones ajenas de la cuestión principal, ni
a dejar indecisos los resultados; pero pocos hombres hay a quien semejantes
precauciones puedan contener dentro de unos justos límites, y que no hagan divagar a la
precisión misma. Heeren, antes de empezar a hablar sobre la cuestión propuesta,
manifiesta ya en una introducción muy juiciosa, que posee el asunto
magistralmente y a fondo; que tiene presentes todas las cuestiones accesorias, y sobre todo que está dotado eminentemente de aquél
espíritu filosófico que tanto se necesita para tratar de un asunto semejante.
Indicaba
desde luego los caracteres que diferencian las cruzadas, esto es, aquellas grandes
transmigraciones armadas de las demás transmigraciones lejanas que observamos
en la historia de los pueblos, y que son una de las especies de acaecimientos más
fecundos de grandes resultados. Las necesidades, la desproporción entre la población
y los medios de existir, y el deseo de conseguir en otra parte los bienes o las comodidades que carecen
en su patria, son las causas de las transmigraciones de los pueblos que viven aún
en la barbarie; pero en las naciones civilizadas, cuando no están todavía
abatidas por la esclavitud, o enervadas por los placeres, se advierte en cierta
época, que podemos considerar como la de su adolescencia, un amor desasosegado
por adquirir gloria, un ardor vehemente, y una pasión que crece sin cesar por
las acciones heroicas y a las empresas atrevidas; una fuerza en fin y un impulso
general que lleva las imaginaciones hacia
países remotos, donde no se representan a sí mismas sino objetos ricos y
nuevos, adquisiciones y conquistas. Si este ardor y esta pasión reciben una
dirección uniforme; si se les señala un objeto fijo y determinado, corren hacia
él exclusivamente, y producen efectos que en vano se pretendería renovar en
otras épocas cuando ha calmado o templándose
aquella pasión.
Pero
entonces los progresos del arte social, el espíritu de comercio, el amor de la ganancia, y otras mil causas simultáneas, obran, no ya sobre la
masa de los pueblos, sino sobre un número bastante crecido de individuos; los
atraen a países lejanos, donde la facilidad de las comunicaciones: ya abiertas,
los cambios establecidos y los
terrenos que puedan fertilizarse, les prometen una gran fortuna, como fruto de su industria y de sus fatigas.
Estas emigraciones sucesivas y pacíficas
fundan poco a poco colonias, y tal vez estados florecientes. Su feliz
influencia es muy notoria; y a primera vista se deja conocer que las cruzadas
pertenecen a la segunda de estas tres clases de transmigraciones.
Siete
siglos enteros han pasado desde la última, aunque aún existe, pervive y no se
acomoda por mor a la ignorancia sostenida de esa parte social que con su apoyo
destruye aquello que pretende sostener, los males que causaban entonces eran
bien notorios; pero el bien y el mal que han resultado de ellas después eran aun
problemáticos y estaban embrollados y confundidos por la ignorancia y por las preocupaciones;
por la multitud de especies, que era preciso recoger; de conocimientos que era
necesario reunir, y de principios, que era indispensable consultar. Voltaire,
el único autor acaso que había hablado con exactitud acerca de ellas, podía ser
sospechoso de parcialidad; pero la cuestión está en el día aclarada. La
historia ha abierto sus tesoros; la sana crítica ha hecho de ellos la elección
debida, y la imparcialidad, o por mejor
decir la justicia misma es la que ha fallado. Sí, muchos y grandes bienes han
resultado para los progresos de la civilización y de la sociabilidad en Europa,
de aquella crisis prolongada, tumultuosa y sangrienta, que pareció conmoverla y
agitarla hasta en sus fundamentos. Las generaciones exterminadas, lejos de su
país nativo, legaron a las generaciones, que debían seguirles ciertos
conocimientos de que habrían carecido, y gozos que hubieran ignorado: y esto es
lo que puede consolar al amigo de los hombres de estas profundas llagas hechas a
la humanidad, si es que también se le demuestra claramente que estos mismos
beneficios no podían resultar del curso natural y ordinario de las cosas, un poco más
tarde acaso, pero por medios más suaves.
El
autor del Ensayo sobre las costumbres
y el espíritu de las naciones ha
Consagrado seis capítulos a este asunto
importante de las cruzadas; y aunque lo trata rápidamente, refiere los hechos
esenciales, y manifiesta
sus resultados, que se reducen que la
mayor parte de los estados de Europa consumieron para estas expedidores por
espacio de dos siglos y
medio sus hombres y su dinero;
que ejércitos innumerables cubrieron la tierra; que el mar se pobló de flotas y
de escuadras que, muchos reyes y otros
soberanos temporales abandonaron sus cortes, residencias y el cuidado de sus estados para obedecer a
los mandatos de soberanos espirituales, quienes en esto se excedían de sus
facultades, y seguramente no se
proponían otro objeto que el aumentarlas, extenderlas, y otros objetivos igualmente profanos e
impropios para los progresos de la fe; que dos millones por lo menos de
cristianos fueron a perecer en el Oriente , y a llevar allí la desolación y el estrago, sin que de
ello resultara ningún bien real para la cristiandad si para la religión. En cuanto
a los resarcimientos de tantos males, el único bien que según él resultó de
estas empresas, fue la libertad que muchos pueblos compraron de sus señores. El
gobierno municipal fue elevándose de entre las ruinas de los poseedores de los
feudos, y estas comunidades a medida que podían trabajar y comerciar para su
utilidad propia se dedicaban con más ahínco a las artes y al comercio que la
esclavitud tenía sofocados.
A esto se reducen los
principales efectos de estas terribles conmociones, y son ciertamente las más sólidas,
las que han influido más en la mejora de
la suerte de la especie humana y finalmente con unos efectos para
los cuales atendido el estado de abatimiento a que estaban reducidos los pueblos
por la tiranía feudal, parece que se necesitaba de agitaciones violentas y de
crisis extraordinarias. Pero estos buenos efectos no son los únicos; en el ensayo
sobre las cruzadas encontraremos
muchos motivos de consuelo. Nada exageró Voltaire cuando enumeró la enorme multitud
de hombres que fueron sacrificados por lograr ventajas futuras e inciertas entonces: de dos
párrafos de la introducción de este ensayo intitulados el uno cronología de
las cruzadas y el otro geografía
de las cruzadas, resulta que el pintor de las costumbres y del espíritu de
las naciones no abulta el número presumido de las víctimas de esta epidemia piadosa y guerrera y acaso no ha abrazado aún en toda
su extensión el teatro inmenso en que ejerció sus estragos.
En el tercer párrafo, que
trata de la organización de las cruzadas, Heeren examina primero las diferentes rutas que siguieron los cruzados en
épocas diversas; después la composición, el orden interior, y el arreglo de los
ejércitos cruzados; confirma todo lo que se había escrito ya sobre el desorden,
la falta de disciplina y el
desenfreno de estas cuadrillas armadas para una empresa santa, las cuales llevaban consigo el germen de su
destrucción.
Después de estas
observaciones preliminares el autor principia desde luego a tratar del asunto. La cuestión propuesta se
divide naturalmente en tres partes relativas, la una a la civilización y a la libertad civil, la otra
a los progresos de las luces, y la
tercera al comercio y a la industria. El señor Heeren no hizo más innovación en
esta parte que el colocar en el fin y no en el medio todo lo que pertenece a los progresos de las luces, sin duda porque
estos son en efecto una consecuencia de la civilización de la industria y del comercio y no han sido
sino un producto secundario, pero no inmediato, de las cruzadas. Teniendo que
consideraren la primera parte la influencia de las cruzadas en la política y en
la libertad civil, por otra división no menos natural, el autor hace en la
primera sección una pintura del estado
político de la Europa antes de las cruzadas; primero con respecto a la jerarquía,
esto es, al poder eclesiástico, y después con respecto al orden civil,
examinando sucesivamente en este último lo que toca: primero a los príncipes, segundo a la nobleza y al
orden de caballería, tercero a los habitantes de las ciudades y aldeas. En la segunda sección asigna, siguiendo el mismo orden, a cada una de
estas clases de la población de Europa el género de influencia que recibieron, y
las revoluciones que ocasionaron en ellas las cruzadas.
El
autor trata estos diferentes puntos de una manera tan juiciosa, tan positiva,
tan fundada en hechos, y tan completamente agenda y exenta de suposiciones, de
preocupaciones y de espíritu de sistema, que la convicción, la instrucción y la
luz van entrando por grados en el ánimo del lector, a medida que va avanzando
en la lectura de la obra: jamás se altera ni se disminuye en él ni aún por un
instante la confianza que una guía tan sabia ha sabido inspirarle desde un
principio y es conducido insensiblemente como por la mano a adoptar las conclusiones
que el señor Heeren deduce en la recapitulación de esta primera parte, y a reconocer con él que las
cruzadas han limpiado y perfeccionado el espíritu de la nobleza feudal por
medio del de la caballería; institución que aunque ellas no han creado, no
obstante han contribuido singularmente a su propagación y aumento, cuya época la considera el señor Heeren, como
los tiempos heroicos de las naciones modernas de origen germánico que, no han influido
menos felizmente en los habitantes de las ciudades, en su organización
municipal, y en comunes o concejos, los cuales en los siglos posteriores fueron
el origen de un nuevo orden político, y las
bases sobre que se han formado en Europa estados tales, que la edad media no lo hubiese consentido, que el poder de los príncipes
ha sido restablecido, y ha podido poner término a la anarquía desoladora que
era una señal evidente de la caducidad del régimen feudal; que los nobles,
hechos súbditos y vasallos de los soberanos, los particulares hechos
comerciantes, y las ciudades hechas ricas, han proporcionado a las rentas públicas
nuevos recursos, seguros y arreglos sobre los cuales se ha cimentado el poder de
los príncipes; que este se acrecentó también con el nacimiento del tercer
estado, el cual pudieron oponer los soberanos al de la nobleza y vino a ser un contrapeso necesario para que pudieran establecerse
entre los hombres un estado legal y constitucional, y una cierta igualdad de
derechos; esta influencia se extendió
por este medio hasta la clase de los labradores y aldeanos, porque solamente en
un estado bien organizado, donde el poder central dirige y reconforta todas las partes, es donde
se conoce todo el precio de la agricultura, y la consideración que se debe al
cultivador.
Por
lo que hace a la jerarquía romana, primer motor de estas grandes expediciones, es
indudable que ha sacado de ellas inmensas ventajas para el engrandecimiento de
su poder, y para el establecimiento de aquella supremacía que pretendía
arrogarse sobre las coronas; pero el autor observa juiciosamente que: estas mismas cruzadas preparaban
en Europa un nuevo orden civil, el cual había de ser funesto al poder eclesiástico.
Desde que los Reyes se hicieron verdaderamente Reyes, los Papas no podían ser
ya lo que habían sido anteriormente El despotismo que ejercía Roma en las
conciencias, los medios violentos y coercitivos, las excomuniones, las cruzadas
contra los herejes, la horrible inquisición y sus verdugos; y en fin todo lo que parecía deber avanzar y perpetuar el poder de los Papas, fue lo que
excitó la indignación en tiempos más ilustrados, y lo que consumó la ruina de
la jerarquía.
Así que después de tantos males
particulares, causados por estas guerras dilatadas; después de haberse
derramado tanta sangre en Asia y en Europa, la humanidad pudo sacar algún
consuelo de sus resultados por
la mayor parte lentos de una crisis que había durado dos siglos, y que para
acabar de desenvolverse necesitaron después de algunos otros.
La segunda cuestión,
relativa al comercio y está tratada con el
método que primera, pero el autor separa, y con razón, estos dos
objetos, de los cuales el uno es mucho más común que el otro, y examinar antes
de todo cuál era el estado del comercio europeo antes de las cruzadas, el grado
de actividad a que había llegado poco más o menos, y los caminos que tenían abiertos para su comunicación,
de los cuales los principales y casi únicos eran las orillas del Danubio por la
parte de tierra, y el Mediterráneo por la vía de mar. El autor traza
rápidamente el estado del comercio marítimo y continental, y de este bosquejo resulta que uno
y otro se habían abierto ya muchos caminos y rumbos hacia el Levante; pero que
eran poco frecuentados, cuando este sacudimiento violento, y muchas veces
repetido, de las cruzadas vino a abrirles nuevas rutas y comunicaciones, y a
dar una aceleración poderosa a la actividad comercial.
La
extensión de este período, durante el cual ejercieron las cruzadas su
influencia en el comercio marítimo, exigía naturalmente una subdivisión, la cual
no se ha ocultado al sabio profesor de Gotinga, como tan amante del orden y de
la claridad. Esta afluencia fue muy varia y en diferentes grados antes y
después de la conquista de Constantinopla por los latinos. Las grandes ciudades
marítimas de Italia, Venecia, Génova y Pisa desplegaron en estas dos épocas un
talento particular, una ambición y unos recursos tan grandes, que elevaron a
las dos primeras, y sobre todo a Venecia a
la cumbre del poder político y de la prosperidad comercial. Marsella
les siguió, pero de lejos, y fue
casi la única ciudad de Francia que tomó parte en este gran movimiento por los
transportes que hizo en sus buques de los peregrinos y de los ejércitos, y por
los establecimientos que fundó en Siria y Palestina.
El
autor advierte que en aquel tiempo no existía aún ningún derecho o código
marítimo; la piratería era universal
y no se conocía otro
derecho que el del más fuerte. No puede disputársele a España el honor de haber
sido la primera en fijar
y establecer un cierto orden en medio de esta anarquía. El Consulado de mar,
que nació en el reino de Aragón a mediados del siglo XIII, adoptado por los
venecianos en Constantinopla, y después por los genoveses písanos y demás pueblos
navegantes, vino a ser una ley que, aunque muy imperfecta fue al final la única
ley, y el primer paso que se dio para formar una
legislación marítima y comercial.
Los
progresos que hizo el comercio terrestre no son menos notables, si bien fueron más lentos.
Viena y Ratisbona, enriquecidas por la navegación del Danubio, canal casi único
de este comercio, sacaron tan grandes utilidades de sus relaciones y
comunicaciones con Venecia, que establecieron en este puerto una factoría que
tomó el nombre de Teutónica. Ratisbona y Núremberg fueron después en los
siglos XIV y XV los únicos depósitos del comercio de Italia y del Levante para
todo el Norte. Es cierto que esto se verificó mucho después de las cruzadas,
pero fue siempre una consecuencia de la influencia prolongada del movimiento
que habían dado e impuesto las cruzadas; y
estas dos ciudades dieron y comunicaron otro casi general a las
ciudades y provincias situadas en las márgenes del Rin, del Mein, y a algunas ciudades
de la Bélgica, que no habían podido participar todavía de las comunicaciones que las
ciudades marítimas de este país tenían ya con Venecia por el Océano: estas extendieron
y comunicaron también igual movimiento a Francia, no solamente por el Norte y
Oriente, sino también por el Occidente y Mediodía, aunque ya Lion y Aviñón
recibían de Marsella y de otras ciudades y puertos las provisiones y géneros de
sus mercados.
Nada
puede haber más agradable e interesante que el seguir en todas sus ramificaciones
este gran rio del comercio, cuyo curso, abierto una vez, va extendiéndose y propagándose
siempre, y distribuyendo en donde quiera que penetra las riquezas, las comodidades,
las luces, el espíritu de independencia y la libertad. Parece que el señor
Heeren se ha detenido con una
complacencia particular a tratar esta parte de su obra, para lo cual recorre y
consulta los mejores escritos; pesa en la balanza de la crítica los testimonios
y los hechos, dando en pocas páginas una
noticia tan extensa como satisfactoria acerca de este punto importante de la
cuestión.
Vuelve
después al otro punto que había separado, relativo a la industria, y confiesa
francamente que en esta parte le faltan los primeros elementos para determinar con
certeza y seguridad cuáles son los ramos de industria y las operaciones de las
artes mecánicas que el occidente debe al oriente, cuándo y cómo los ha recibido
la Europa, cuáles son los que debe a las cruzadas y cuáles aquellos a quienes
estas no hicieron más que dar una mayor actividad. En la imposibilidad pues en
que se encuentra para resolver completamente el problema, se limita a hablar
acerca de algunas operaciones industriales, que son sin disputa de origen
oriental, debidas a las cruzadas, y que han influido en la prosperidad y en la manera de estar de las naciones
occidentales; tales son el arte de tejer la seda, y de fabricar
telas exquisitas con esta materia, el de teñirlas, que aunque ya era conocido,
hizo sin embargo grandes progresos mediante las substancias colorantes que se
trajeron entonces del oriente, o en mayor cantidad, o acaso también por la primera vez.
Otra
substancia más preciosa todavía, cuyo gusto y consumo se han hecho universales,
y cuyas plantaciones en países remotos han tenido consecuencias muy importantes,
es el azúcar. Es indudable que el goce de esta substancia lo debemos a las cruzadas;
que las primeras cañas de azúcar fueron transportadas de Trípoli de Siria a Sicilia;
que de allí pasó este cultivo a la isla de Madera, y de esta al Nuevo Mundo. Los
efectos que ha producido su establecimiento son harto notorios; pero se siente más
que se conocen los que han ocasionado en Europa su consumo y su comercio, dice Heeren, ¿Cuándo
será, y con razón, que un historiador erudito, y filósofo al mismo tiempo, se
encargue de hacer ver toda la influencia que ciertas plantas, extranjeras al
suelo de la Europa, han tenido en la situación política de esta parte del
globo, y en el destino de sus pueblos? El azúcar ocuparía sin disputa uno de
los artículos más dilatados e importantes
de su obra.
Pero la influencia de las
cruzadas en el comercio y en la industria de los europeos, no tanto consistió
en la introducción de nuevos artículos naturales y artificiales, como en el uso
más general que ocasionaron de aquellos artículos que eran ya conocidos. Este
uso se extendió desde las cortes de los reyes y de los grandes a todas las clases
de la sociedad. El modo de vestirse, de alejarse de adornar las casas y de alimentarse fue ya
diferente; y ni los hombres acaudalados y poderosos, ni los particulares
enriquecidos por el comercio, que habían visto el lujo de la vida y de los
habitantes del oriente, pudieron ya contentarse con unos edificios humildes, ni
con la manera de vivir de sus padres.
Se ve pues que la filosofía
moral podría intervenir en este asunto, y suscitar cuestiones embarazosas para
un hombre de buena fe. Heeren lo ha previsto, y así se da prisa a advertir las
objeciones: No se crea, que yo quiero dar
a entender aquí que estos nuevos placeres y comodidades eran en sí mismas unos verdaderos
beneficios para el occidente. No, no lo eran por cierto; pero sí era un
beneficio real y verdadero la mayor actividad de la industria y del trabajo; el
nuevo movimiento que agitaba a la humanidad; la comunicación que se establecía
por este medio entre los pueblos; la mudanza de costumbres, que se hacían cada
vez más suaves, y los progresos de los conocimientos, que se extendían y perfeccionaban
cada día. Heeren manifiesta en pocas palabras los efectos de la nueva
actividad que dieron a los hombres las nuevas necesidades que habían contraído,
y sus esfuerzos para buscar artículos de cambio, de que inundaron a su vez a oriente. En una palabra, se dejó obrar a los pueblos y ellos supieron hacer lo
que les convenía. Finalmente no hay necesidad, añade el autor al concluir esta
segunda parte, de demostrar cuánto contribuyeron el comercio, hecho ya rico y poderoso,
la opulencia de Ias ciudades, y la nueva existencia de sus vecinos, al
establecimiento de la libertad civil a la debilitación gradual del régimen
feudal, y al nacimiento de un orden político en que estuviesen mejor reglados
los derechos de los príncipes y de los ciudadanos. Desde que el sentimiento de
la comodidad y de la riqueza pudo hallarse en Europa, junto con el de la libertad,
esta fue asegurada para siempre, porque se tuvieron los medios conducentes para
defenderla y para conservarla.
Resta por examinar la
tercera cuestión parcial, o la última división de la cuestión general, relativa
a los progresos de las luces. El autor no podía seguir en esta parte el mismo
rumbo y método que en las dos anteriores. Se encuentra detenido muy al principio
al considerar las pocas ventajas que las ciencias y las artes podían sacar de
estas expediciones guerreras. Los sarracenos a quienes se iba a atacar eran
medio bárbaros, y los francos que les
atacaban lo eran acaso aún más: A
excepción de un poco de teología
grosera y extravagante, que era el patrimonio de solos los eclesiásticos, los
francos ignoraban enteramente las letras, y aun se honraban de esta ignorancia. No iban pues al
oriente para ilustrarse, y aun cuando hubieran tenido la voluntad de aprender,
y sus enemigos hubieran tenido alguna cosa que enseñarles, el orgullo, las
preocupaciones nacionales, la diferencia de religión y de lengua hubieran opuesto
mil obstáculos y dificultades para ello.
Los
griegos hubieran podido ser mejores maestros que los sarracenos; pero su elocuencia
sofística movía poquísimo a los soldados francos, y no les inspiraban interés
ni curiosidad los tesoros de la antigua Grecia: así que, los cruzados, en vez
de aprovecharse y recibir
instrucciones de los griegos, faltó poco para que acabasen con las luces de
estos, y destruyesen el domicilio de ellas en la capital misma del imperio, con
la toma y saqueos horribles y reiterados de Constantinopla, donde perecieron y
fueron consumidos por las llamas tantos edificios suntuosos, tantas obras
maestras de las artes, y tantos manuscritos preciosísimos. Heeren trae un
catálogo de los que existían aún entonces, y que siendo sin duda únicos, se han
perdido para siempre: Estas riquezas
literarias, y otras muchísimas, perecieron en pocos días, no por los excesos de
mongoles ni de paganos bárbaros, sino a manos de cristianos más bárbaros que
aquellos, y que causaron a las artes y a las ciencias daños irreparables.
Verdad
es que algunos señores de entre los cruzados trajeron del oriente un corto número
de manuscritos; pero acaso los más de ellos se perdieron después, y los que han
quedado no son más que una pequeña indemnización para las ciencias en el
occidente. Sin embargo, Heeren piensa que aún en esta parte tuvieron las
cruzadas una influencia positiva, enhorabuena que la hayan tenido, si se quiere; pero no ha sido a mi parecer, de la manera que dice el
autor: y
he aquí cl único fallo que
se encuentra en su obra.
En ésta época, y en la que se siguió después, no se advierte
en Europa ningún esfuerzo ni ningún vuelo del espíritu o del ingenio, que indique
haber producido en ella fruto alguno el estudio de los clásicos griegos.
En
Alemania y aún en Francia es cierto; pero en Italia, donde Tiraboschi y algunos
otros autores, demasiado preocupados a favor de su nación han pretendido que jamás
había cesado enteramente el estudio del griego, puede decirse al menos que este
estudio empezó a ser más común y estimado desde principios del siglo XII, y que
en el XIII, el último de la época de las cruzadas, aflojó algo el ardor con que había comenzado, pero que en el XIV
llegó al mayor grado de actividad la afición y aplicación a la literatura
griega; lo cual provino ciertamente de las relaciones que se establecieron
entre los italianos y los griegos de Constantinopla, pero no en medio de las
cruzadas. La ruina del imperio, ocasionada por estas, era más propia para
infundir aborrecimiento y aversión que no amistad, en los ánimos de unos y
otros: sí bien se ve que ya en el siglo XII, cuando el Emperador Lotario II envió a Constantinopla a Anselmo,
obispo de Havelberg, hizo que fuesen agregados a esta embajada tres italianos,
que eran ya célebres por sus conocimientos en la lengua griega; Jacobo de Venecia, Musio de Bérgamo y Burgundio
de Pisa, de los cuales el primero tradujo y comentó algunos libros de Aristóteles:
el segundo era tan famoso y hábil helenista, que en Constantinopla misma le eligieron
los dos partidos por intérprete para las conferencias entre griegos y latinos; y
el tercero tuvo el honor de ser el primero que regentó en Toscana, su patria,
una cátedra de lengua griega. Esta embajada se verificó en el año 1130; y el
haber sido elegidos para ella otros tres italianos por su celebridad en la
lengua griega, prueba que esta era ya cultivada y estimada desde principios de
aquél siglo en Italia, sin que para ello hubiesen influido en nada las
cruzadas.
No
digo que estas no hayan contribuido en manera ninguna, ni que Heeren deje de tener
razón cuando dice que sería una injusticia el no convenir en que las cruzadas concurrieron
a preparar el bello siglo del rendimiento de las letras; porque es indudable,
como lo advierte él mismo, que con motivo de las cruzadas se establecieron
relaciones más íntimas y estrechas entre Italia y Oriente. Pero cuando, añade,
lo que es también verdad que: ya antes de
la toma de Constantinopla por los turcos brillaban algunas chispas del ingenio
griego en diferentes ciudades de Italia, y que cuando los conquistadores turcos hicieron huir
delante de ellos a las masas amedrentadas, Italia se hallaba dispuesta a ser su
asilo; no parece bastante exacto atribuir a las cruzadas, o al menos
atribuir a ellas solas esta feliz disposición. Lo que he dicho prueba
suficientemente que es fundado este reparo, y cualquiera que tenga un mediano conocimiento de la literatura de
Italia durante los siglos XIII y XIV,
conocerá cuan fácil me seria alegar aquí nuevos testimonios para probar mi aserción;
pero esto me haría ser demasiado prolijo.
Sin
embargo, no dejaré de hacer una observación, y es que el autor añade en una
nota que Manuel Crisoloras fue el primer griego que enseñó públicamente en
Italia (en 1395). Pero ya hemos visto que siglo y medio antes había ocupado allí
una cátedra de lengua griega Burgundio de Pisa; y en cuanto a los griegos se
sabe también que Leoncio Pilato, discípulo del calabrés Barlaam, y maestro de Boccacio, había
precedido bastantes años en Florencia a Crisoloras, y que habla explicado allí públicamente las poesías de
Homero. Así que, para que renaciese en Italia el estudio de la lengua griega no
hubo necesidad de las cruzadas, ni de la toma de Constantinopla por los turcos;
y si estos dos sucesos le dieron alguna mayor actividad, ¿será este un motivo
bastante poderoso para no sentir que el gusto de este estudio no haya
continuado, extendiéndose y propagándose por medios más lentos y menos funestos
a la especie humana?
Heeren
es de la opinión que el escolasticismo, aunque nació en el occidente
algún tiempo antes de las cruzadas, recibió de ellas por lo menos un cierto alimento
y actividad, y que el tiempo que duraron las cruzadas fue también la edad en
que más brilló el escolasticismo. Todo esto podrá ser muy cierto; pero en tal
caso habremos de consolarnos de dos males a un tiempo, esto es, de las cruzadas
y del escolasticismo. El autor conoce esto mismo, pues dice expresamente: Estoy muy lejos de
tener y reputar por una ventaja
real para las ciencias los progresos de esta rama parásita. Se sabe que el escolasticismo,
principalmente durante el siglo XIII, degenerando siempre más y más en vanas disputas
de palabras, sofocó casi todos los conocimientos útiles, y echó a la razón
humana cadenas, que no comenzó a romper hasta pasados dos siglos.
Es
muy cierto y muy exacto
lo que dice después el sabio profesor sobre el género de progresos que las
cruzadas ocasionaron en las ciencias físicas, en la medicina, la geografía y la
historia, progresos débiles a la verdad respecto de las dos primeras; pero
considerables por lo que toca a las otras dos. También hay verdad en lo que
dice sobre la influencia que se les atribuye en el genio poético, que parece
renació en Europa hacia el tiempo en que se despoblaba para ir a las cruzadas;
pero Heeren, como tan prudente, se guarda bien de usar de las aserciones
demasiado positivas sobre este particular, y de que usaron Pasquier, Mezerai y
de Massieu: reduce la influencia poética de las cruzadas a límites más estrechos;
y aun así se pudiera muy bien disputar todavía con él, sobre si todo lo que concede
a esta influencia le pertenece realmente o no.
Por
lo demás, en esta parte
como en las otras manifiesta el autor un gran timo, discernimiento y sana
crítica, junto con un candor y una buena fe que mantienen hasta el fin en los
lectores la confianza que ha sabido inspirarles desde el principio. Podrá alguno
no ser de su opinión acerca de algunos puntos particulares; pero se conoce
que él mismo se
ha hecho cargo del vacío que deja esta tercera división de su obra, destinada a
tratar sobre la influencia de las cruzadas en los progresos de las luces. Para perdonar
a las cruzadas, a lo menos en aquello que puede perdonar la humanidad los males
que ocasionaron, es menester tener presente lo que les deben el comercio y la industria, y principalmente los progresos de la civilización y de la libertad
civil, las cuales se hallaban entonces tan trabadas, y oprimidas, con tanta
violencia y rigor por el régimen feudal, que no es fácil ver como la
desgraciada Europa habría podido romper cadenas tan fuertes, a no haber sido por
este trastorno terrible.
Tengo ya por excusado el
repetir aquí los elogios que he hecho ya de esta excelente obra; y no dudo que
este extracto, por imperfecto y diminuto
que sea, bastará para justificarlos. Y así concluiré dando gracias al señor
Heeren en nombre del público y en el de la clase de que tengo el honor de ser
individuo, por el partido que ha tomado de imprimir su obra, como lo había
hecho ya su amigo y su traductor Mr. Carlos Villers. A ejemplo de la academia
de Inscripciones y de Buenas Letras, la clase del Instituto que ha reemplazado a
aquella, no acostumbra publicar por sí misma las memorias que ha premiado; y ciertamente que ella no
necesita de garantía para los juicios que pronuncia; pero no puede menos de
aprobar esta publicidad, que quita todo, pretexto a la malignidad malévola, y a la medianía vencida;
publicidad que propaga, según las intenciones del Instituto, los conocimientos
útiles, y generaliza de esta manera el fruto de sus concursos. GINGUENÉ.
José María Fernández Núñez
es historiador y escritor. Está galardonado con el escudo de oro de la Unión
Nacional de Escritores de España.
