Los vapores del vino en la literatura del Siglo de Oro

 

José Manuel González de la Cuesta

Hablar hoy, en el siglo XXI, del vino, es entrar en el universo de la gastronomía, convertida en uno de los principales placeres que el hombre moderno puede alcanzar. El vino, como parte de ese mundo gastronómico marcado por excelentes cocineros, proliferación de establecimientos que ofrecen todo tipo de propuestas diferentes de acercarse a la comida y grandes campañas de marketing que han elevado el arte de comer al Olimpo de nuestra cultura, se ha hecho un hueco en nuestros paladares, después de años de ser considerado una bebida vulgar, en muchos casos asociada a borrachines, y no son pocos los que presumen de tener una buena nariz y los conocimientos suficientes para poder hablar con soltura de este o aquel caldo.

               Sin embargo, el vino ha estado siempre presente en la cultura mediterránea como un elemento integrador en la sociedad, públicamente ligado a nuestra manera de entender la vida. Se podría decir que el Mediterráneo y los pueblos que lo rodean no serían lo mismo sin ese líquido divino, sagrado para algunas religiones, que desde hace varios milenos les ha acompañado. No en vano, la invención del vino, durante siglos, fue motivo de disputa entre los cristianos, que reivindicaban la figura de Noé, como viticultor que plantó la primera vid, por concesión divina del dios monoteísta y la tradición grecolatina, que atribuye su invención al dios Baco -Dionisio para los griegos- hijo de Júpiter/Zeus, que regaló a los mortales la vid y su afición al vino. Monoteísmo y politeísmo, las dos grandes corrientes religiosas que han marcado la historia del Mediterráneo, en disputa por el origen del vino, lo que nos puede dar idea de la importancia de esta libación, divina o no, en la culturas mediterráneas.

               Pero si hay una época donde el vino figura como una bebida popular, es en el Siglo de Oro español, una larga centuria de casi doscientos años, que algunos historiadores fijan entre 1492, año del descubrimiento de América, y 1681, muerte de Calderón de la Barca. El florecimiento de las artes y la cultura hispánica durante este periodo, que abarca toda la dinastía de los Austrias, tuvo tal calibre que alcanzó a todas las cortes europeas. Y sobre todo fue el gran momento de la literatura española, sin parangón en nuestra historia, con  nombres que han perdurado en la memoria colectiva de la cultura universal. Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Tirso de Molina, Fray Luis de león, Jorge Manrique, Sor Juana Inés de la Cruz, entre un gran elenco de escritoras y escritores, que han marcado la literatura de todos los siglos posteriores, y como no podía ser de otra manera, muchos de ellos, autores populares y a pie de calle, han escrito sobre el vino y su trascendencia en la sociedad de la época.

               El vino en el Siglo de Oro está tan presente en la vida de una manera transversal, abarcando a todas las clases y condiciones sociales, que sería imposible que no hubiera dejado su impronta en la literatura.  Es alimento, medicina, diversión, revitalizante, salario, lujuria, pecado, valor… su presencia está tan viva en el día a día de la sociedad, que lo convierte en el mayor factor de integración social, junto con la religión, que pudiera existir en ese momento. Quizá quien mejor define su importancia es el médico y paremiólogo Juan Sorapán de Rieros, que en 1615 publica su obra: “Medicina española contenida en proverbios vulgares de nuestra lengua”. Nos habla de lo malo y lo bueno del vino:

«El vino trastorna a sus amadores el entendimiento, háceles más

 sin razón que brutos animales: furiosos, ridículos, miserables

 habladores, pierden el color del rostro, traen las mejillas

 caídas, los ojos ensangrentados, las manos temblando,

 inquietos y olvidados de sí propios, hablando mil desvaríos,

 descubriendo sus secretos, haciéndoles descompuestas zancadillas

 y traspiés, y dándose a rienda suelta tras todo género de vicios

 indignos de nombrar a oídos castos…»

 

Para a continuación hacer una encendida defensa:

«Es alimento saluterizado, calienta los resfriados, engorda y humedece

 a los exhaustos, da calor a los descoloridos, despierta los ingenios,

 hace graciosos poetas, alegra al triste melancólico, es triaca contra

 la ponzoña de la cicuta, restaura instantáneamente el espíritu perdido,

alarga la vida y conserva la salud, hace decir verdades, mueve sudor

 y orina, concilia sueño, y, en suma, es único sustentáculo y refrigerio

de la vida humana, así usado como alimento, como bebiéndolo por

bebida o tomándolo como medicamento».

 

Esta es la gran contradicción que se vive entre los escritores del Siglo de Oro: la defensa, a veces pasional de una bebida que era mucho más que un zumo de uvas, y las llamadas al orden sobre sus consecuencias nocivas para quien lo consumía en exceso, aunque, lo cierto, es que beber, se bebía mucho. Tanto que hoy nos asustaríamos de las cantidades que consumían propios y extraños, frailes y curas, nobles y campesinos, soldados y literatos, hombres y mujeres, viejos y jóvenes.

«Aquel año habían cogido tanto vino, que a las puertas que llegaba,

 me dicen si quería beber, porque no tenían pan para darme.

 Jamás lo rehusé, y así me sucedió algunas veces en ayunas haber

 envasado cuatro azumbres de vino, con que estaba más alegre

 que moza en víspera de fiesta».

 

“II Parte del Lazarillo de Tormes” (1620)

Juan de Luna

 

Si tenemos en cuenta que un azumbre equivalía a poco más de dos litros de vino, nos podemos imaginar lo que se echaba el buen Lázaro al gaznate cada vez que salía a pedir. Pero no sólo Lázaro, la sed de vino alcanzaba a todos los estamentos, unos como acompañamiento abundante a sus copiosas comidas, los que se encontraban en la cúspide de la pirámide social. Lope de Vega en su obra “El Anticristo” hace una loa al maridaje del vino y el jamón:

«Desde hoy me acojo a un jamón,

pues ya no hay ley que me obligue.

Al vino no se persigue,

esta es famosa invención:

no consentía Moises

que comiésemos tocino, y quien da tocino y vino,

sin duda que buen dios es».

“El Anticristo” (1618)

Lope de Vega

 

               Otros, porque no tenían que echarse al estómago las más de las veces, y el vino aportaba valor nutritivo a la dieta: calorías y energía, haciendo de él en un alimento básico. Además tenía otras cualidades: a la tropa les infundía valor –cada soldado o marino tenía derecho a medio azumbre diario, en el peor de los casos-; envalentonaba no sólo a la soldadesca, también era origen de pendencias, de peleas taberneras, de ahí viene la expresión “vino peleón”.

«En esto desenvainó

espadas el vino e ira;

que uno y otro anduvo igual

porque el vino y los aceros

mientras se están en los cueros,

en su vida hicieron mal,

mas saliendo, es cosa llana

que luego ha haber peleona».

 

“Del enemigo, el primer consejo” (1634)

Tirso de Molina

 

               A los clérigos, porque rezaban mejor a Dios bajo sus efectos. Quevedo escribe sobre la afición de los eclesiásticos al vino:

«Dijo fray Jarro, con una vendimia en los ojos, escupiendo racimos y

oliendo a lagares,  hechas las manos dos piezgos y la nariz espita,

la habla remostada con un tonillo de lo caro. Estos santos que ha

canonizado la picardía con poco temor de Dios«.

 

“Sueño de la Muerte” (1627)

Quevedo

 

               A los enfermos, porque tenían en el vino un reconstituyente medicinal al alcance de todos.

«Para conservar la salud y cobrarla si se pierde, conviene alargar

 en todo y en todas maneras el uso del beber vino, por ser,

 con moderación, el mejor vehículo del alimento y la más

 eficaz medicina».

 

“El Gran Señor de los Turcos”

Quevedo

                A los viejos, porque suple las carencias de la vida en la vejez.

»Después que me fui haciendo vieja, no sé mejor oficio a la mesa que

 escanciar. Pues de noche en invierno no hay tal calentamiento de

cama, que con dos jarrillo destos que beba cuando me quiero a costar,

 no siento frío en toda la noche».

 

“La Celestina” (1499)

Fernando de Rojas (?)

               Y a todos porque les encendía la lujuria que les conducía al sexo, por otro lado, uno de los pocos placeres a los que podía acceder el vulgo. El dramaturgo Salas Barbadillo, en 1621 publica “La sabia Flora Marisabidilla”:

«Para entrar en las guerras de Venus no ha armería mejor que la de Baco y Ceres».

“La sabia Flora Marisabidilla” (1621)

Jerónimo de Salas Barbadillo

 

               El vino, no obstante, también tiene detractores que lo señalaban como el culpable de los males y vicios que tenía la sociedad. Son defensores a ultranza del agua como líquido saludable, que no hace perder a quien la consume la razón.

«Bebamos, pues, bebamos;

venga el luciente vidrio cristalino

que la pura y bruñida plata afrenta.

No el oloroso vino

sino el licor que en faz serena y leda

llega a nacer copioso a la alameda».

 

“Silva de estío” (1611)

Francisco de Calatayud

 

Incluso la defensa o el ataque al vino tuvo su manifestación en el ámbito literario y fue objeto de malicia entre enemigos. Góngora, abstemio y detractor del vino, se ríe de Quevedo y Lope de Vega, ambos con fama de borrachines:

«Hoy hacen amistad nueva

más por Baco que por Febo

don Francisco de Quebebo

y Félix Lope de Beba«.

 

Versos que no tardaron en recibir respuesta de Lope de Vega:

«Tome un poeta al aurora

dos tragos sanmartiniegos

destos que Mahoma ignora

(…)

y podrá de copla en copla

henchir de versos un cesto.

Beba agua, y el día pasado,

hará una copla tan tibia,

que parezca que ha salido

por boca de cantimplora».

 

               También la polémica no es ajena a la Iglesia, que veía en el vino una fuente de pecado constante y alejamiento de Dios. Hay que recordar que la Iglesia era enemiga de cualquier manifestación pagana, como el teatro, los toros, las fiestas, etc., que no estuviera bajo el control de sus dogmas. No obstante, en su propio seno hubo quien lo defendió, siempre que fuese el vino consagrado que se convertiría en la sangre de Cristo, vino con agua, que fue otra de las grandes polémicas de la época. El vino es amor cristiano y es caridad, virtud principal que tenía para los reformistas del siglo XVI:

«… nuestro Salvador se nos da realmente dándonos su sacratísimo

 cuerpo en pan y su preciosísima sangre en vino, y así este precioso

 vino de amor transporta a los devotos y los pone fuera de sí

 y los deja ser suyos sino deste soberano».

 

“Diálogo espiritual” (1548)

Jorge de Momtemayor

 

               Aunque, tanto vino en el altar y en los confesionarios, a algunos les produjo no poca preocupación, por aquello de que el vino desata la lengua y vieron en peligro el secreto de confesión, dada la afición al morapio de muchos clérigos y otros ilustres cargos de época:

«Sofronio: En el vino está la verdad. Enséñanos no ser cosa segura

a los sacerdotes, ni secretarios, ni familiares de los príncipes

 darse mucho al vino, según dicen, por la costumbre de sacar

 la lengua todo lo que está en el corazón«.

 

“Coloquios” (1532)

Erasmo de Rotterdam

 

               Hay que recordar que el vino  no se consumía en pequeñas dosis, y que al final un azumbre de vino acaba, hoy y en los siglos XVI y XVII, con tal borrachera que no queda lugar para la razón. Por ello la gran disputa literaria de la época se dirimió entre el vino y el agua.

               La sed se quitaba con vino, pues el agua, bastante insalubre, por cierto, se tenía como una fuente de enfermedades, lo que hacía que su consumo fuese muy bajo. Se utiliza para todo, menos para beber, porque estaba llena de defectos:

«El agua…es llena de defectos e inconvenientes, al contrario del

Vino, del cual se pueden narrar mil perfecciones».

 

“Diálogo en laudade de las mujeres” (1580)

Juan de Espinosa

 

Lo mismo pensaba la Celestina:

«Cada cosa es para su oficio, el agua para lavar  el vino para beber».

 

“Segunda Celestina” (1534)

Feliciano de silva

 

Se esgrimen hasta motivos litúrgicos, sagrados, para justificar la superioridad del vino frente al agua:

 «¿Y qué más autoridad quieres tú para la bondad del vino, sino

que se convierta en sangre de Jesucristo, para saber la ventaja

 que en todo hay en el vino?»

 

“Segunda Celestina” (1534)

Feliciano de Silva

 

Por tanto se bebe, puro mejor que aguado. A Sancho Panza, que Cervantes nunca le lleva a la degradación de aparecer como un borracho, a pesar de las grandes cantidades de vino que consumía, sólo le quita la sed el vino y, no menos importantes, las preocupaciones. Porque este es otro motivo para que hombres y mujeres del Siglo de Oro beban, no tanto para olvidar, como para dejar aparcada en el fondo de una jarra una realidad dura, un entorno en el que sólo las grandes fortunas, ya fueran nobles o burguesas, podían vivir con comodidad. Al resto sólo le quedaba, para ir pasando el día a día, beber, que era, además, alimentarse, desinhibirse y folgar.

 «Y disparaba (Sancho) con una sonrisa que le duraba una hora,

sin acordarse entonces de nada de lo que había sucedido en su

 gobierno. Porque sobre el rato y el tiempo que se come y se bebe,

poca jurisdicción suelen tener los juzgados. Finalmente, al

acabársele el vino fue principio de un sueño que dio a todos,

 quedándose dormidos sobre las mismas mesas y manteles«.

 

                              “Don Quijote de la Mancha”

Cervantes

 

               Las borracheras son sonadas. No es que todo el mundo fuese beodo a todas horas por la calle, pero las tabernas, que eran sitios autorizados legalmente sólo para vender vino, son el centro de grandes y épicas curdas, que podía acabar en peleas de aceros o luchas amatorias. Eran lugares de socialización, con el vino ejerciendo de anfitrión.

«Si es o no invención moderna,

vive Dios, que no lo sé;

pero delicada fue

la invención de la taberna,

porque allí llego sediento,

pido vino de lo nuevo,

mídénlo, dánmelo, bebo,

págolo y voime contento».

 

“Cena jocosa”

Baltasar de Alázar

 

               Se bebe en todos los lugares. La literatura del Siglo de Oro está plagada de referencias a como le dan al licor de Baco en otros pueblos de Europa, con un objetivo: hacer ver que en España se bebe decentemente, algo que obsesiona a las clases poderosas y a la Iglesia. A la cabeza de ese ranking de borrachos europeos están los ingleses, capaces de “beberse entero el Canal de la Mancha, si fuera de cerveza o vino”, según escribe Francisco de Aldana en “Carta Jocosa” en 1569; los belgas, los franceses, lo italianos, todos beben con desmesura, y es que, a pesar de las distancias y las distintas monarquías, la realidad que envuelve a los diferentes pueblos es la misma. En la Segunda Parte apócrifa de Guzmán de Alfarache, éste hace referencia a sus amos alemanes:

               «Mi ama era de nación tudesca y, de ordinario, estaba con la

               carga delantera (borracha); los ojos centelleaban como las estrellas;

               aunque era muy blanca, el vicio de la invención de Noé la tenía con

algunas rosillas en la cara, especialmente en la nariz. Mi amo, no

echaba de ver el vicio, porque pudiera ser el inventor del licor de

cepas. Y como entrambos era cófrades de Baco, de ordinario tenían

               la del velo negro (bodega) bien proveída y mejor visitada».

 

“Guzmán de Alfareche” (1602)

Segunda Parte Apócrifa

 

               Sin embargo, en España no se andan a la zaga, y el lamento de la desmesura bebedora de los españoles está patente en detractores del vino, como Juan de Espinosa en 1580:

«…qué no sólo no tienen por vituperosa la borrachez, más aún peor,

 que bestialmente se honran y precian della».

 

Y en gloriosos bebedores como Quevedo:

«Honrados eran los españoles cuando podían decir putos y borrachos

 a los extranjeros, mas andan diciendo aquí malas lenguas que ya

 en España ni el vino se queja de mal bebido, ni ellos mueren de sed.

 En mi tiempo no sabían por dónde subía el vino a las cabezas, y ahora

 parecen que beben hacia arriba».

 

“Sueño de la muerte” (1621)

Quevedo

 

Por tanto se impone beber con moderación y para ello que mejor que aguar el vino, para evitar desvaríos etílicos y aprovechar sus beneficios salutíferos.

«Los provechos del vino y sus daños corren a las parejas, y todo consiste

 en la moderación de su bebida y en la templanza que recibe mezclado

 con agua».

“El tesoro” (1611)

Covarrubias

 

               Don Quijote le dice a Sancho que no se exceda bebiendo, algo que el escudero no siempre cumple:

«Se templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda ni cumple palabra».

 

Pero el vino aguado no gusta a todo el mundo, y era, además, la excusa perfecta para que los taberneros aumentaran sus ganancias. Así, no pocos son los que denuncian estás prácticas de adulteración del vino ahogándolo en agua.  Salas Barbadillo, en “La sabia Flora”, explica como el agua que piden los danzantes, la recuperan en las tabernas:

«Por hacerse ligeros

los vientos beben,

mas con esto no matan

la sed que tienen.

Toda el agua que sudan

por dar sus vueltas,

en el vino la cobran

de las tabernas,

porque los taberneros

de nuestro siglo

han hecho maridaje

del agua y vino».

 

“La sabia Flora” (1621)

Salas Barbadillo

 

               Por último, habría que hacer una reflexión sobre el trato que da la literatura a la mujer en relación con el vino. Teniendo en cuenta que a las mujeres les gusta beber igual que a los hombres, en los siglos XVI y XVII la moral católica vetó toda exhibición pública de sensualidad, y esa faz carnal y externa del vino. La mujer tenía que ajustarse al modelo que la Iglesia había reservado para ella, y si bebía (estaba prohibido que lo hicieran antes del matrimonio), era presentada como borracha y degradada por el vino, ligada al mundo de la prostitución, para oponerla a la mujer española ejemplar, que nunca bebía y era recatada y sumisa. Machismo misógino que tiene a las mujeres abajo del escalafón social. Hay una intención de clase al hablar de la afición desmedida al vino: pícaros, mendigos, villanos, labradores, mujeres, etc. Y si era una vieja, puta y bebedora, la misoginia llega al paroxismo. Veamos un ejemplo del “Cancionero de obras y burlas provocantes a risa”, publicado en 1519, en el poema: “Del ropero a una mujer gran bebedora”:

«Puta vieja, beoda, loca,

que hacéis los tiempos caros,

eso me da besaros,

en el culo que en la boca.

La viña muda su hoja,

y la col, nabo y lechuga,

y la tierra que se moja

un día u otro se enjuga.

Vos, el año entero,

por tirarme allá esa paja,

a la noche sois un cuero,

a la mañana tinaja».

              

Es el vino, por tanto, en el Siglo de Oro, una presencia constante en la vida, que la literatura recoge en toda su extensión, para dejar testimonio de esa sociedad que vive en una contradicción permanente: pertenecer al imperio más grande jamás conocido hasta la época y ver como no es depositaria de ningún beneficio, por ello. Y qué mejor que un buen trago de vino para alegrar la vida y encontrar el amor, porque al final, este es un regalo que la naturaleza nos ha ofrecido y Noé o Baco, nos los han servido en copas de plata para nuestro disfrute. Y quien mejor que Lope de Vega, para finalizar con una alabanza encendida del vino:

«Cepas que en diciembre arranco

y en octubre dulce mosto,

ni mayo, de lluvia franco,

ni por los fines de agosto

la parva de trigo blanco,

igualan a ver presente

en mi casa un bien, que ha sido

prevención más excelente

para el invierno aterido,

y para el verano ardiente».

 

“Peribáñez y el Comendador de Ocaña” (1614)

Lope de Vega

 

Publicado en la revista cultural Jot Down en mayo de 2017.