José Manuel González de la Cuesta
La noche antes de que Fabián regresara a Madrid, Madeleine se pasó por el Café Lion, un local cercano a la plaza de Cibeles donde se reunían funcionarios alemanes y mandos nazis al caer la tarde. Desde que llegó a Madrid se encontraba muy sola. Las únicas conversaciones que había tenido desde su entrevista con Mosig habían sido con Adelina, que estaba empeñada en ser su profesora de español y enseñarle algunas claves para entender a los españoles. Por lo demás, muchas horas de soledad en el apartamento o paseando por las calles. No le apetecía ir a ninguna parte sola. Pero esa noche, como otras muchas en las semanas siguientes, decidió acercarse por el café, a ver qué ambiente había e ir entablando alguna relación. Tenía que salir del ostracismo en el que se estaba perdiendo y superar la ausencia de Fabián; en definitiva, recuperar su vida.
Sabía que su misión era muy complicada. Nada más y nada menos que indagar entre los dirigentes franquistas para saber si eran todo lo fieles que parecían a su general y a Alemania. Fabián podía resultarle de mucha ayuda abriéndole puertas, pero no sabía cómo hacerlo, cómo enfocar el tema sin revelarle su misión. Además, su familia era una de las principales valedoras del Caudillo y no quería que se sintieran espiados por ella. Aunque estaba claro que por Walter Mosig ya lo habían sido. ¿Había alguien en Madrid que se le escapara a su jefe y su servicio de confidentes? Empezaba a ponerlo en duda. Aunque estaba claro que no lo sabía todo y por eso la había reclutado a ella.
Tomó aire en la cálida noche madrileña del mes de julio, con las calles atestadas de gente. Se dio una vuelta por la avenida de José Antonio, una impresionante calle que cruzaba Madrid en diagonal, a la que muchos madrileños llamaban siempre Gran Vía. A Madeleine le pareció estar en una urbe moderna al ver aquellos imponentes edificios, al modo de Nueva York, donde la vida bullía, a diferencia de otras partes de la ciudad. Mucho trabajo tenían los madrileños para que su ciudad volviera a ser la que había sido antes.
Tras cruzar la plaza de Cibeles, enseguida encontró el Café Lion, un poco más arriba, subiendo por la calle de Alcalá. Sabía que era un lugar de reunión de la colonia alemana, tal como le había indicado Hans Dietrich, y por Adelina que había sido centro de tertulias de señalados poetas y escritores.
Cuando entró en el local, enseguida notó que se respiraba un ambiente distinto, de agradable tranquilidad y discusiones en voz baja. Por algún motivo en aquel lugar se sentía segura, lejos de las miradas inquisitivas que había observado en otros sitios. No había mucha luz, lo que inducía a que las conversaciones fuesen más íntimas. Todo era muy ajeno a lo que había visto en Madrid hasta la fecha.
Según se entraba, la barra estaba a la izquierda, llena de clientes que hablaban distendidamente y bebían sin preocupación. Miró a un lado y a otro por si reconocía a alguien, cuando un camarero le preguntó qué deseaba tomar.
—¡Ah! —dijo un tanto sorprendida— póngame una cerveza, por favor.
Se sentó en un taburete del mostrador y de repente sintió que no pintaba nada allí, sola, sin nadie con quien hablar, y echó de menos las tardes en el Foxtrot de París, bailando y dejándose sumergir entre la ola de jóvenes que cada tarde llenaban el local. Pensó en Bastien, en cómo se había dejado llevar por ese hombre, tan misterioso y atractivo. El recuerdo de la última noche que lo vio la azoró y como tratando de espantar un fantasma, dio un trago a la cerveza y sacó un cigarrillo.
Se asustó cuando la llama de un mechero se apareció por detrás de ella encendiendo el pitillo que se acababa de poner en los labios.
—Veo que me ha hecho usted caso —la voz que le hablaba en alemán le resultó conocida—. Aquí nos liberamos de la seriedad germana en el trabajo —dijo con tono jocoso.
Cuando Madeleine giró la cabeza se encontró con Hans Dietrich, que le sonreía con cara divertida.
—No me imaginaba verle a usted hoy por aquí —le dijo mientras agradecía con un gesto que le hubiera encendido el cigarrillo—. Siempre he creído que los banqueros son hombres abnegados a su trabajo, a los que les cuesta no estar contando dinero. —A Hans le gustó la ironía de Madeleine.
—Bueno. Ya se lo dije. Este es un refugio para muchos de nosotros. —Hans Dietrich señaló en círculo el local—. Aquí podemos hablar de asuntos más mundanos, alejados de la guerra y las finanzas. Incluso, a veces, cantamos.
—¡Qué bueno! ¿Cantarán hoy?
Dietrich se quedó mirándola fijamente unos instantes, como si las palabras de ella lo hubieran sacado de un encantamiento.
—Acompáñeme —le dijo—. A lo mejor hoy se lleva una sorpresa. Pero antes, tiene que saber una cosa: este lugar también es frecuentado por británicos y espías de todo tipo. Nos divertimos, pero debemos tener cuidado con quién está a nuestro alrededor, no vaya a ser que se nos escape algo de lo que luego nos arrepintamos. —Señaló con la vista hacia una mesa—. ¿Ve a aquel individuo? Parece que está a lo suyo, sin embargo, está pendiente de todo lo que sucede a su alrededor. Sabemos que es francés, y sospechamos que trabaja para los británicos. Viene casi todos los días. Quizá, en otro momento, pueda usted intentar acercarse a él y averiguar cosas. Para una mujer siempre es más fácil este tipo de asuntos.
Madeleine lo miró fijamente y el banquero sostuvo su mirada.
—Sí, sí, no me mire usted así. ¿Se imagina que yo me acercara a él? ¿Lo que podría llegar a pensar? —Movió la mano como un sarasa—. Además, en esta ciudad me conoce todo el mundo como el banquero del führer, lo que restringe mucho mi capacidad de actuación. Para eso está usted. ¿Habló con Mosig? —Madeleine hizo un gesto afirmativo—. Perfecto, pues ya sabe cuál es su misión aquí. Los cinco sentidos siempre en alerta, sobre todo la vista y el oído. Esperamos mucho de usted.
Dejaron la barra y atravesaron el local hasta una mesa en la que había tres hombres y una mujer en animada conversación. Madeleine se dio cuenta de que casi todas las mesas estaban llenas. ¿Cuántos serán espías? se preguntó. No dejaba de sorprenderle que Madrid fuese uno de los centros de espionaje de Europa.
—¡Queridos, querida! Os presento a la señorita Linzmayer –dijo Hans Dietrich señalando a Madeleine, que había adoptado el apellido de su madre porque le resultaba más alemán—. Es una nueva empleada del banco y espero que os portéis bien con ella. —La recibieron todos con efusivos parabienes. La cerveza ya estaba haciendo efecto en su ánimo.
—Y ahora —consultó Dietrich su reloj de muñeca— ha llegado el momento de que nuestra nueva amiga conozca el verdadero secreto que guardamos en este lugar.
Se levantaron y se dirigieron hacia el fondo del local, donde había una escalera que les condujo a un sótano, que no dejó de sorprender a Madeleine.
—Te presento a la Ballena Alegre —dijo Hans señalando lo que tenía en frente—. Nuestro verdadero rinconcito de Alemania en estas tierras tan mediterráneas.
Lo que vio Madeleine fue una cueva que había debajo de la cafetería, en la que se respiraba un ambiente muy germánico, con un enorme sofá que flanqueaba las paredes y mesas que lo custodiaban. Al fondo, el dibujo de una ballena sonriente, que soportaba un burgo con sus torres y almenas sobre su lomo, presidía el espacio. Otros dibujos alusivos al nombre marinero del local llenaban las paredes. En uno de ellos pudo leer: “Zum Lustigen Walfisch”, expresión que le daba nombre a la cueva. Le quedó claro que ese era el lugar donde se reunían sus compatriotas para sentirse más cerca de casa.
Estaba casi lleno, pero enseguida encontraron sitio donde sentarse y al instante apareció un camarero con la bandeja llena de jarras de cerveza. Madeleine estaba alucinada, dejándose llevar por el orgullo patriótico de los asistentes, sobre todo cuando espontáneamente se pusieron a cantar el Erika, golpeando en los silencios de la canción sobre las mesas. Las voces de todos, puestos en pie, con sus jarras de cerveza en la mano, le ponían los pelos de punta y, de repente, se olvidó de Fabián, de París, de Bastien, de su misión y de que estaba en el sótano de un céntrico café en Madrid. “En el brezo de flores se abre una pequeña flor y se llama Erika”, una emocionante añoranza de su infancia invadió todo su ser y se sintió una en un todo formado por aquellos hombres, y alguna mujer, que cantaban con una sola voz las nostalgias de su tierra. Ese era el espíritu que Hitler había sabido inocular a los alemanes: el de un pueblo unido en el destino que les tenía deparado un futuro grandioso de la mano del Partido y del führer.
Durante un par de horas Madeleine se dejó llevar por la emoción compartida con sus nuevos amigos nazis. Sumergida en ese ambiente, entendía por qué entusiasmaba tanto a los alemanes el nuevo orden europeo que estaba imponiendo Hitler.
Estas reflexiones, la habían ausentado unos instantes de la alegría y el orgullo que se respiraba en La Ballena Alegre, no ajena a la seguridad de que en poco tiempo el führer sería el nuevo amo de Europa. Hasta que alguien le puso una jarra de cerveza delante de la cara y ella se reintegró al grupo, que en ese momento estaba ya entregado a los vapores etílicos de la cerveza.
Fragmento de la novela Las espías (Editorial Posidonia, 2025).
