María Fernández Fernández, poemas

 


A Patricia Highsmith.  Una noche en Venecia

             Pasó el día

en que el sugerente sol

se reflejó en la calle más bella del mundo,

y la noche me encontró esperando al vaporetto,

solitaria,

                  y apareció ella,

la rata más valiente de Venecia.

 

Fijó sus ojos en los míos,

la reconocí,

y definió su estampa

en la soledad inquietante de la noche.

 

Surcamos el canal,

amigas, conniventes y seguras

de afrontar los secretos de Venecia.

 

Al amparo del anonimato, yo,

una simple turista;

ella, notable, pero muy discreta.

 

Apuramos la luna plateada,

los murmullos del agua,

las miradas curiosas,

asombradas por tan rara hermandad.

 

Nos dejamos llevar

hacia un destino decidido por mí,

mas sé que ella sabía…

parada en La Pietá.

 

Allí, en el Ospedalle,

sintiendo al Pretre Rosso,

su música mantenida en el tiempo,

renovada a diario,

eterna…

 

Esta rata, tu rata Patricia,

es testigo y cronista de Venecia,

y me ha traído hasta aquí, por demostrarme

que todo se mantiene, músicas y palabras.

 

Y es tan gentil que trae a mi memoria

sonidos de Vivaldi,

la Venecia encantada, romántica y oscura

que persigo.

 

Esta noche son siglos,

estos puentes atesoran los pasos,

los requiebros, los trueques y los duelos.

 

Que todo permanece,

       ¡Oh noche Veneciana!

 

Hoy tu rata, Patricia,

me devuelve de nuevo la esperanza.



A Ofelia, y a aquellas, exiliadas de sí mismas

Se sumergió en el agua soñando la mirada del amado,

buscando las caricias

                                           de quienes le negaban el consuelo.

Sintió que resbalaba hacia un mundo ignorado

que acogía sus sueños.

Y decidió quedarse allí donde las algas la acarician,

donde los peces buscan sus mejillas,

donde el silencio calma pesadumbres.

Y descansó serena, sobre el húmedo lecho,

sembrado de amapolas y de lirios,

narcisos, pensamientos, margaritas…,

con su collar al cuello, de violetas,

significando su muerte adolescente.

 

Cantamos tu desgracia, dulce Ofelia.

Qué culpa te asistió sino ser bella, mujer y enamorada,

y habitar la tragedia y la locura

de quienes invadieron tu universo.

Del poemario Surcando el Viento


Insidias

La duda alzó la voz,

voló sobre cabezas levantadas

que esperaban certezas.

 

Extendiose un efluvio de sospecha

y con ella recelo y desconcierto.

Fue creciendo la voz desesperada,

convertida ya en ira,

que clamaba venganza.

 

Y surcaron el cielo cuervos negros

que extendieron las alas y cegaron la luz,

graznidos que acompañaron los gritos,

algarabía nefasta que cegó melodías

que tímidas alzaban su plegaria de amor.

 

Así continúa el mundo

sumido en maremágnum vergonzante,

ahogado por pecados capitales,

luchando por asir los haces de esperanza

que resisten la duda,

que se nutren del sol.

De A propósito de vida


Elegía

Hoy se apagó tu luz, y las estrellas

descifrarán tu nombre, enamoradas

del eco de las voces que te alumbran,

de la estela de amor que te acompaña.

 

El silencio cubrió la madrugada

y la escarcha se deshizo en lágrimas;

hoy no saldrán las nubes,

el sol tendrá tu luz por compañía

y el viento aplacará la sed de sombra.

 

No volarán los pájaros, no cantarán los grillos,

tras las majadas aullarán los perros,

y en negro tornarán las rojas amapolas.

 

Hoy se apagó tu luz, quedamos ciegos,

huérfanos de tu piel, de tus afanes,

apartados de Dios, sin esperanza.

De A propósito de vida