“Yo siempre te he contado a ti mis cosas, Troylo”.
Complicidad
perruna.
A
veces el amor se parece a una brasa que nunca se apaga: arde bajo la ceniza,
silencioso, pero basta con nombrarlo para que vuelva a iluminarlo todo. Así es
el amor que aún le guardo a mi Panchito. No está, y sin
embargo me acompaña; su ausencia tiene la forma de su cuerpo tendido a mis
pies, de su mirada fiel que hablaba sin palabras.
Cuando
abro las Charlas
con Troylo,
siento que Antonio Gala escribió también por mí: porque en cada línea se
reconoce la devoción secreta, la complicidad única que un hombre establece con
su perro. Gala conversaba con el suyo como quien conversa con la vida misma; yo
sigo hablando -sí, también a veces le escribo-, con mi Panchito en sueños, en
los caminos que recorremos solo en la memoria.
Él
me enseñó a amar sin condiciones, a ser mejor en silencio. Y hoy comprendo que
mi perro fue, como el de Gala, una traducción terrenal de la palabra eternidad.
