Juan Carlos Cavero
El mundo está lleno de contradicciones, lo cual significa que yo también vivo en antagonismo conmigo mismo y eso forma parte del nudo de mi existencia cotidiana. No cabe duda de que esto es así en cuanto me detengo a percibir mis pensamientos y mis actos habituales y reflexiono sobre ellos. A ese diálogo de la conciencia consigo misma lo llaman ahora metacognición. Novedoso apelativo para un clásico de los ejercicios espirituales. Tranquilo, es algo normal y necesario, en el proceso evolutivo del ser y de la conciencia, esa lucha antitética constante por dilucidar entre lo que le pasa al sujeto y le ocurre al mundo y al revés.
Escribo rápido mientras escucho de fondo a una joven cantante de origen árabe que se abre paso en las redes con canciones entre las que se encuentra: Tamally maak, que viene a decir, «Siempre contigo» o «siempre a tu lado». No le falta razón, nadie puede huir de sí mismo, siempre mi yo me acompaña desde el momento del ser hasta la extinción. Es una canción de amor conyugal o de padres a hijos que expresa un amor incondicional y sin rupturas.
Y, sin embargo, la realidad es distinta, y trato de sonreír ante mi familia y mis amigos, en este ambiente de muerte, guerra y destrucción que me rodea en este siglo y que me llega a fortiori por todos los medios de comunicación.
Hoy mismo, desde muy temprano, está cayendo fuego sobre Teherán y la prensa ha comunicado que el líder Jamenei ha muerto bajo las explosiones de los misiles y con él gran parte de su propia familia. Al parecer no se aisló en ningún búnker, sino que simplemente se quedó trabajando en su residencia en la proximidad de su equipo de gobierno y confiando en la providencia hasta que la muerte les llegó desde el cielo.
Ingenuo de mí, pensaba que, al menos en apariencia, era un hombre de paz y de bondad espiritual, digno seguidor del pensamiento iluminado de Mulla Sadra, aquel que en s.XVII destacó el respeto por la existencia sagrada de todo lo viviente y que, en reflejo de esta bondad, tendría una muerte apacible, rodeado del amor familiar. Al menos ese era el pensamiento que había sido idealizado por la izquierda europea en 1979, cuando ayudó a cambiar la corona del Sha por el turbante de los ayatolás, pensando que sería una revolución contra el imperialismo y que terminaría dejando que entraran en juego los valores del socialismo y otras virtudes de la espiritualidad. Por aquel tiempo, el famoso filósofo Michel Foucault había viajado como corresponsal a Teherán y confió, feliz e ingenuamente, en ese momento histórico como una revolución basada en inéditos valores espirituales y no materialistas, en lo que sería un islam como fuerza ética y eso le impidió ver el futuro de un estado teocrático y represivo en el que terminaría transformándose.
Foucault se equivocó pues, ante el mundo material (mulk) y del gobierno, demostraría todo lo contrario, estar apegado al poder y reprimir desde allí a su pueblo, a miles de personas en las últimas manifestaciones por la libertad, a sangre de balas y espadas durante décadas y, ahora, tras la brutal represión popular de los últimos meses, en la madrugada del pasado 28 de febrero, el líder de Irán encontró su destino, como llega la muerte, siempre inesperada. Y, en estos días, el resto de la cúpula del poder iraní sigue siendo eliminado de forma selectiva por las fuerzas de Israel.
También cae fuego desde los cielos en Kiev desde hace cuatro años y el color de las aguas del rio Dniéper lo quieren volver rojo soviético a base de sangre y guerra incesante. Y suma a eso el desastre humanitario, a día de hoy, en Palestina, de la que siguen reclamando su tierra los sionistas que sueñan con un retorno a un paisaje Talmúdico. Suma, además, que hay más frentes abiertos en el mundo que están en tercer o cuarto plano de lo que podemos escuchar o ver en las noticias y que incluso simplemente desaparecen de las pantallas porque ya carecen de interés estratégico. Es el colmo de la violencia en un mundo globalizado en lo mercantil pero profundamente fragmentado en lo ético. Sigue sumando y verás que, cuanta más violencia añades, más estás restando a la naturaleza pacífica de la humanidad.
Recuerdo que Víctor Frankl había recogido en su libro El hombre en busca de sentido (1946), escrito por él después de haber sobrevivido a los campos de concentración de la Alemania de Hitler, un cuento clásico de la tradición persa «Muerte en Teherán». En este relato se dice que un iraní rico y muy poderoso, mientras paseaba por el jardín de su patria, se encontró con un criado asustado que decía haber vuelto rápido del mercado porque se había encontrado allí con la muerte y pensó que había venido a por él. Por eso le rogó a su amo que le prestase un caballo veloz para huir a Teherán y esconderse allí. El amo accede, le presta su mejor caballo y el sirviente se aleja, como alma que lleva el diablo, de lo que supone es una muerte inminente. La parca no tiene prisas, llega en el momento adecuado para ella. Curiosamente, cuando el Señor volvió a su casa vio a la muerte merodeando por allí y le preguntó sin miedo alguno: –¿Por qué has asustado a mi criado? Entonces la muerte le respondió: – No señor, no era mi intención asustarlo, tan sólo me había sorprendido verlo aquí, cuando yo tenía que recogerlo esta noche en Teherán.
La vida, al fin y al cabo, es todo aquello que vivimos en la felicidad de las pequeñas cosas, chispas de luz y de sombras, de alegría y tristeza, mientras la muerte (in)espera(da) en Teherán o en cualquier otro rincón del mundo, en el dolor del silencio o bajo el bramido de enormes misiles cuyo tamaño ciclópeo aterroriza a mayores y niños, para mayor dolor de la humanidad.
Probablemente este cuento tradicional nos ilustre cómo la mayoría de las veces la propia angustia de pensar en algo malo que está por venir sea precisamente un acelerador de nuestro trágico destino y, de no ser así, se convierte en una manera de anticipar nuestra agonía ante aquello que es inevitable. Ciertamente, si el universo debe equilibrarse moralmente de alguna manera, entonces, el que siembra violencia terminará por recibirla. Si Trump, Netanyahu o Putin son los nombres de los nuevos amos poderosos del mundo, también son los que ejecutan la muerte de los súbditos del mundo, representan a la muerte asombrada.
Teherán siempre ha sido una ciudad de ensueños, de magia y sabiduría, tan antigua como las palabras de Zoroastro. ¿Cuántas vidas se han segado en estos días bajo el fuego de los misiles y de los drones? ¿Habitamos en un planeta de simios cuya evolución hipertrofiada por la razón instrumental destruye a su propio mundo, su humanidad, y va camino de la extinción nuclear?
Han pasado siglos desde que el mítico persa Farid al-Din Attar de Nishapur escribiera el famoso poema La conferencia de los pájaros en el que se cuenta que treinta de ellos se reunieron alrededor de un guía, la abubilla (Hud-hud) para alcanzar la perfección y la belleza espiritual del ave Simurg y sobrevolaron por lo siete valles con sus coloridas plumas sobre el cielo azul de las cúpulas de Teherán.
Hoy, siglos más tarde, las aves que vuelan sobre el cielo persa son drones de la muerte cuyo lenguaje electromagnético es un código binario y su lógica es la destrucción. ¿Acaso los amos de estas aves metálicas, los Saheds teledirigidos, sueñan con un Simurg nuclear que permita la expansión del oscurantismo teocrático más allá de sus fronteras para imponerse en el mundo? ¿No es absurdo pensar que se puede llegar a algo fomentado su opuesto: a la paz por medio de la guerra?
Si el mundo no reflexiona sobre sí mismo desde una conciencia universal, si no usa de una metacognición global independiente del poder de los Estados y del negocio de las armas, este siglo será la viva imagen de un violento volcán nuclear inextinguible que irá segando la vida de seres inocentes y destruyendo a nuestra querida y sagrada naturaleza de manera irreversible. Un apocalipsis anunciado y esperado desde hace milenios. Maktub!
«Si quieres Paz, no desees la guerra.
Si pacem vis, bellum noli amare.
Que los políticos no escuchen
a los perros de la guerra,
sino al susurro de la Paz.
Que la violencia se disuelva
con la sonrisa de los sabios,
y el amor sea la empresa
que enriquezca a la humanidad.
Que la compasión sea el idioma
que una a las naciones del mundo,
y la justicia, el camino firme
que nos lleve a la fraternidad.
Que la esperanza reviva
a los corazones heridos
y cubra la faz de la tierra
con su manto de pureza.
Y que me funda contigo
-hermano de lejanas fronteras-
en tierno y sincero abrazo
por un mundo más fraterno.
2o de marzo de 2026. Festividad Persa del Nowruz.
El triunfo de la Paz y de la Luz sobre la oscuridad.
Juan Carlos Cavero es presidente del Fórum Filosófico y delegado permanente de la UNEE para las Relaciones con Marruecos.
