Carmenza Lemos Ramírez
Corría el año dos mil. Yo estaba destrozada, me había llamado mi hermano para decirme textualmente:
_Si no viajas de inmediato, no volverás a ver con vida a mamá.
El cuerpo se me quedó paralizado, por la angustia y la impotencia. El tiempo de la estancia en este país, se estaba agotando, y a pesar de haber pagado a un abogado; en teoría muy bueno, para que nos tramitara los papeles de permiso de trabajo y residencia, no me daba ninguna
respuesta todavía. Los niños y mi marido ya los tenían, pero los míos nada de nada, y yo no podía marcharme dejando a mis hijos, sin saber si podía regresar.
Decidí entonces presentarme por mi propia cuenta en las oficinas de extranjería. Por fortuna y con ayuda de la providencia, se cruzó en mi camino a un Policía Nacional, con cara de pocos amigos, tal vez sería porque estaba a punto de jubilarse. Cada dos por tres empujaba con la porra a la gente que trataba de colarse en medio de los que, llevábamos haciendo fila desde las cuatro de la madrugada, para poder tener acceso a las instalaciones. Cuando me tocó el turno, con un hilo de voz le conté al Agente, lo que me pasaba. Me miró, pasando de una mano a otra el bastón policial, y dijo:
_Pregunte en el mostrador por fulano de tal, dígale que va de parte mía, cuéntele lo que me ha dicho.
Logré hablar con el funcionario, él me explicó el motivo del retraso: en una habitación pequeña llena de expedientes, reposaba el mío en el fondo de un armario, con decir que, de unas tres mil solicitudes por responder, la mía era la dos mil novecientos noventa y nueve.
_Aquí los tiene _dijo el servidor público, mirándome con compasión.
_ ¿Qué puedo hacer? _pregunté, esperanzada.
_ ¿Podría traerme los informes médicos de su madre?
_ ¡Sí dese luego! _le respondí, casi gritando.
- ¿Podría traerlos mañana mismo?
Me quedé patidifusa, el tiempo era demasiado corto. <<< Este hombre, se estará riendo de mí>>>, pensé.
_Por supuesto, mañana mismo se los traigo _dije sin pensarlo.
_La espero sin falta. A la una de la tarde.
Cuando salí con la cabeza embotada, no sabía qué hacer. En la parada del autobús, mientras esperaba, entré en un estado de ansiedad. De un momento a otro comencé a llorar sin poder calmarme, no me di ni cuenta cuándo abordé el vehículo. Escuchaba a la gente hablar y hablar sin parar. En uno de los pueblos por los que pasamos se subieron tres mujeres; una de ellas me llamó la atención: era de mediana edad, delgaducha y pálida; al pasar junto a mí, se quedó observándome, su cuerpo empezó a temblar, el cuello se le enrojeció al preguntar el motivo de mi llanto, la miré en silencio, agradecida y con ganas de abrazarla, pero no le contesté nada.
De un momento a otro las tres mujeres empezaron a despotricar:
_Pobre chica, ¿qué le pasará? _dijo la primera, con una mirada muy seria y agría.
_Pregúntale si tanto te interesa _respondió otra, que tenía la cara como de un ángel.
_Y qué más da lo que le pase _contestó, la que en principio me habló.
_No seas así, parece que está sufriendo por algo _dijo la de semblante serio.
_Mira lo que te digo: a mí, no me importa lo que le pase _dijo la de mirada de ángel, a medida que hablaba alzaba más la voz, y todas las personas, que iban en el autobús nos miraban y cuchicheaban por lo bajo. Yo para entonces, ya había dejado de llorar y permanecía callada, no por miedo ni vergüenza, si no, porque no me daba la gana de hablar.
_Ni a mí. Todas son iguales _respondió la que yo había sentido el impulso de abrazar.
_ ¡Callarse! puede que este entendiendo todo lo que estamos hablando _dijo la seria.
En la siguiente localidad, subió al autocar, una chica muy tímida. El chofer y las tres mujeres, estaban enfrascados en un debate, provocado por mi reciente llantera. Cabe anotar que la única que estaba de mi lado era la mujer seria. La jovencita llevaba un billete grande, y el conductor le dijo que no podía aceptarlo; ella replicaba que no tenía suelto. Rebuscó en el bolso y le faltaban unos céntimos para completar el pago del viaje. El hombre, mirándola con prepotencia, le dijo que tenía que bajarse en la próxima parada, que de no ser así la llevaría a la comisaria, y sería deportada a su país de origen. La niña angustiada, repetía una y otra vez que tenía que llegar a su trabajo. Las dos mujeres que, estaban en mi contra, sonreían de medio lado; disfrutando del espectáculo. Algunos pasajeros, empezaron a quejarse, unos en pro y otros en contra. Entonces yo, que ya llegaba a mi destino, me levanté y le hablé al buen hombre en un perfecto inglés:
_No se preocupe por los céntimos que le faltan. Yo se lo pago. Que tenga un buen día, le dije, mientras miraba a la mujer, que tenía cara de pocos amigos, al igual que el Policía.
-Se los dije: la chica, estaba entendiendo todo lo que hablábamos.
Escuché que decía la señora, la miré sonriendo. Esta mujer si merecía un abrazo.
Alguazas, 30 de julio del 2025, a las cinco y media de la mañana. Después de una noche sin poder dormir por las emociones. Acabábamos de enterrar a otro de mis tíos: Tarsicio.
Uno menos en la lista.
Fragmento de la novela "El encuentro de los nuestros".