Hacia olivos y almendros
Azul claro los ríos,
Transparentes aguas.
Verde oliva olivos,
Almendros pardos,
Pardos los cultivos.
Atardeceres en playas
Cálidas tardes de olvido.
La calina de mayo
Se cierne en lo que escribo.
Un diario quemado,
Quebradas sin motivo
Cuartillas marchitas
Tal en otoño los lirios,
Cuando hojas caducas
Se caducan sobre caminos.
El opaco ocaso caló
El cielo cano cautivo.
Las centellas destellan
A un firmamento amigo.
Luciérnagas y estrellas
Vecinas luces al destino.
Tierra de estructuras
Esculpidas entre peligros.
Azules pálidos y oscuros,
Verdes muertos y vivos.
Ciudades colosales crecientes.
Campos latiendo marchitos.
Los acordes conviven
En lenguas sin olvido.
Se mezclan y se crecen.
Valientes claman “te admiro”.
Cara iluminada de la luna
Soñó
con vendavales
Torbellinos
y huracanes.
Soñó
con incendios tormentosos,
Volcanes
y terremotos.
El
amor danza entre los vientos
Los
sobrevuela con suspiros sinceros.
El
amor danza entre las brasas.
Arden
las emociones como lanzas.
Labios
contra labios,
De
dulce saliva inundados.
Pieles
contra pieles,
Entre
fuego y nieve.
Juntos
se internan en cuevas
De
cristales como lunas nuevas.
Juntos
escalan los más altos montes.
Pecho
con pecho, ven el horizonte.
De
la mano corrían y paseaban.
Sortearon
tempestades con andanzas.
De
la mano vivieron mil aventuras,
Desde
que nace el día a la noche oscura.
Se
marchitarán los lirios de marzo.
Florecerán
los claveles de mayo.
Quizás
nazca vida de su vientre.
Quizás
se encaminen hacia el verde.
Porque
hasta que mate hay que vivir.
Vivir
con amor nunca es morir.
Porque
nuestra vida son historias.
Serán
siempre inmortales en la memoria.
Cara oculta de la luna
Criatura
mágica, ninfa y Hada.
Decía
ser la sirena maldita que entregó su mirada
A un
incandescente sol maligno
En
busca de un príncipe que nunca la quiso.
Maldita
su alma.
Maldita
su coraza.
Malditas
sus armas.
De
la luna, oculta cara.
Él
se asomaba cada día a la ventana.
La
vio con su belleza interpretada.
Ante
el océano Atlántico presencia.
Hacía
resurgir a la Atlántida.
Párpados
ciegos, mirada ciega.
No
supo decidir si él era para ella.
No
supo decidir en qué la desea.
Ni
en qué momento fue su dueña.
Abrazó
sus fantasmas.
Batalló
con ellos hasta el alba.
Abrazó
celos por quien la provocaba.
Abrazó
sus penas con alabanzas.
Juró
su apariencia de sapo dejarla.
Ser
el príncipe que ella buscaba.
Más
fiel que perros que guiaban.
Menos
valiente que leones en la sabana.
Se
fundió en su vista de murciélago
Rey
ahora de la dicha el pobre diablo.
Con
las caderas cual marea ondeando
Y pieles de algodón rozando.
Labios
suaves y punzantes tocaba
Cual
rosa roja y espinada.
No
veía ni las flores ni las joyas
Con
las que él la obsequiaba.
Y se
desprendió de la satírica de su alma
De
la autocompasión anhelada,
De
las penas de una memoria desgastada,
Aferradas
y humo en la espuma evaporada.
Porque
vivieron hasta que mate.
Que
lo que mataba los hizo vivos.
Vivir
sin morir con el corazón vacío
Es
vivir sin alma y sin destino.
Se
curaron enfermándose.
Se
lastimaron sin dañarse.
Revivieron
sus sueños al amarse.
Bajo
sábanas pereció el lamentarse.
