Octogésimo cumpleaños

 

Beatriz Romero

Se escucha el titilar de las ramas frondosas a través del balcón entreabierto. En estado de duermevela, María – que desconoce comienza a vivir sus últimos nueve meses de vida - postergada en un colchón matrimonial de última generación, conecta y desconecta  con el efecto que la suave brisa del amanecer provoca en los cristales, silenciosamente mecidos,de la doble puerta que comunica su sala más íntima con el pretil de una pequeña terraza que corona el inicio de un límpido jardín en flor.

Los madrugadores gorjeos que la familia de jilgueros entona en su nido, construido entre los intersticios del follaje que encumbra los vaporosos brazos de un ya veterano sauce llorón, resuenan a algarabía angelical en los ya, también, ancianos oídos que tanto han escuchado y tanto han retenido en sus insondables recién estrenados ochenta  años.

María entreabre sus ojos, parpadea aún con ensoñación, sin perfilar con nitidez los objetos horadados por unos rayos de sol mañaneros que desdibujan sus contornos habituales. Gira sobre su costado izquierdo, de espaldas a su jardín en flor, prontamente garabatea con su peculiar creatividad y su exquisita sensibilidad cada uno de los rincones que se expanden en rededor suyo.

Extiende su trémulo brazo sobre la mitad del lecho que si hoy vacío, hasta poco tiempo atrás abrazaba el peso de su idolatrado compañero de viaje. Con un movimiento oscilante y con unos dedos temblorosos, acaricia con ternura la superficie de un hueco que imposible de llenar, despierta su lacrimal una vez más.

La habitación no ha cambiado ni un solo ápice desde aquel día fatídico. Cristóbal, de edad un poco superior a la suya, fue trasladado al hospital más cercano mermado por una repentina y feroz progresión de pérdida de vitalidad y de energía.

“Los años no perdonan” – le decían los doctores – recuerda. “Su marido está perfectamente”, no tiene nada: se le apaga la vida, se muere de viejo.

Con su ausencia, los añorados rincones de ambos, se vieron drásticamente privados de la presencia física de aquel ser que iluminaba todo lo que le rodeaba.

Un babel de recuerdos asaltan su octogenaria mente Guía su húmeda y cristalina mirada a la mesilla de noche de su marido, flanqueada por el cabecero matrimonial de nogal y la puerta entornada que comunica al corredor del piso superior, con el ánimo de recuperar su compostura , de encontrar un resquicio de calor.

Sobre ella, un ancestral bruñido reloj de pulsera le rememora el inicio de su compromiso clandestino. Harto él de devolver cada día a su María a la carrera a su hogar paterno  en el justo epicentro del crepúsculo, telonero indiscutible de la densa oscuridad de la noche, por el despiste ingenuo de dos enamorados que se daban permiso para compartir la atracción de sus cuerpos y mentes sin fecha ni calendario y, cansada ella, de tener que soportar replicas a sus inseguras justificaciones, deciden recorrer las más de las joyerías de la ciudad para ajustar el restringido presupuesto de ambos a una armoniosa esfera de acero que además de ser cómplice observadora de todas sus correrías clandestinas, adquiriría como cometido, con una dulce musiquilla, convertirse a media noche en el hada madrina que les recordaría el inapelable toque de queda para retirarse ella a su cuartel familiar.

Los siguientes meses se dedican a pasear, a ocupar los bancos gratuitos de los parques de la ciudad en presencia del buen tiempo, y los de las arcadas cubiertas del barrio en presencia de la lluvia, como consecuencia de la pequeña bancarrota que sus exiguas economías habían sufrido.

Cristóbal entregaba  así a María, cada media noche a sus tutores con la puntualidad inglesa, sin por ello llevar en su linaje paterno o materno  ni el más mínimo rasgo de ese país europeo.

Al lado del reloj una histórica foto de la pareja bellamente enmarcada en una moldura de castaño exquisitamente labrada por éste y decorada por aquélla en uno de los ratos de ocio de su edad madura.

Ambos, riéndose saludablemente del mundo, desafiando con humor la compostura de las reuniones colectivas.  Se hallaban sentados en uno de los sofás del salón social del club al que pertenecía la flor y nata de la ciudad, donde parientes, allegados y acólitos de última hornada no daban crédito a lo que sus ojos contemplaban.

Cristóbal dechado reconocido de ingentes cualidades humanas, era realmente un suicida en la vida diaria. Sus despistes tan inconmensurables como impredecibles, agotaban la paciencia de las relaciones cercanas.

Se celebraba la  entrega de premios del torneo veraniego. La flor y nata del lugar se arremolinaba  en el gran salón central, elegantemente agasajada con sus más exquisitas pertenencias.

María y Cristóbal, después de hacerse un poco de rogar por una intempestiva avería en el coche familiar, impulsados por el buen quehacer de un oportuno taxista , irrumpieron en el local.

María no atinaba a descubrir la razón por la que ella y su marido atraían las miradas injuriosas de muchos de sus vecinos. Cristóbal, concentrado en saludar con devoción y felicitar con convencimiento a familiares y premiados en la presente edición, no estimaba como importante ser observado por esa multitud de ojos.

Tendría que sentarse Cristóbal en el sofá isabelino del centro de la sala para recordar María que si bien como en ocasiones precedentes le preparaba a su marido la ropa perfectamente conjuntada sobre la colcha de la cama, incluidos los complementos, hoy se había olvidado de señalarle el par de zapatos que se ajustaban mejor al traje de gala que con intachable personalidad cubría toda su envergadura, para observar estupefacta en sus pies, las zapatillas descoloridas que utilizaba en su diaria y voluntaria jornada de mimar los árboles, plantas y flores de su delicado jardín en flor. Atando cabos con la velocidad del rayo, solidarizándose con el ser al que más quería en el mundo, a pesar de no gustarle llamar gratuitamente la atención, liberó sus pequeños pies de los incómodos tacones de aguja que la moda le exigía y se calzó unos blancos zuecos ortopédicos que la empleada del guardarropa reservaba detrás del mostrador – desde donde atendía a sus clientes -  para descansar cuando las noches no parecían tener fin.

Él con zapatillas color hierba desgastada , ella  con zuecos de descanso, riéndose ambos a mandíbula batiente de sí mismos en aquel ambiente de compostura un tanto artificial, fueron inmortalizados en una inusual instantánea por el fotógrafo del periódico local de mayor tirada contratado para el evento.

En posición supina con la mirada fija en la capa de escayola de la cubierta, recuerda su discusión sobre la iluminación de aquella estancia. Ella era partidaria de una lámpara en el techo y apliques en ambas mesillas de noche. Para él aquello era como dormir en una discoteca.

-¡Cómo se te ocurre, princesa! Para lo que vamos a hacer por la noche es mejor tantear que ver, mejor susurrar que hablar.

Finalmente se llegó a un acuerdo intermedio: dos pequeñas luces indirectas a ambos lados de la cama y una, aún más insignificante todavía, en el escritorio heredado por los abuelos de él que habían situado frente al balcón.

Observa María la lamparilla que preside la mesilla de noche de Cristóbal, medio escondida detrás del reloj bruñido y el marco de castaño, aunque ahora sin poder participar en los juegos subidos de tono que se inventaban bajo sus sombras y tinieblas.

Los rayos de sol reverberan con más fuerza en el interior, la mañana avanza su paso, cubre una vez más toda su intimidad.

Se impulsa desde su costado derecho y empujando la colcha hacia atrás, con un movimiento bastante ágil de piernas, se sienta en el borde de la cama, se calza sus pantuflas no rosadas.

A Cristóbal le horrorizaba verla vestida de aquel color. En la noche de bodas vivió con angustia aquel encierro voluntario de su recién estrenada esposa  de casi dos horas en el cuarto de baño.  Ella le había dicho que sólo se iba a cambiar de ropa para ir cómoda a la cama. Cuando María se dejó ver  envuelta en ingentes metros y metros de transparencias y puntillas rosadas en concordancia no sólo con los pompones de sus zapatillas y ropa interior, también con los pasadores que recogían los largos mechones de cabello dorado natural parapetados tras sus delicados oídos , sufrió una especie de colapso. No consiguió  reaccionar ni tan siquiera a los primeros auxilios de su recién estrenada esposa, tan solo farfullar.

-¡No me lo vuelvas a hacer , princesa; no me lo vuelvas a hacer, que me dejas fuera de juego ¡

Lo que tenía que haber sido una noche de pasión se transformó en un accidentado período de obligada abstinencia.

Tras visitar el cuarto de baño, se detiene en el escritorio. Sobre él, pequeños objetos mutilados por experiencias traumáticamente interrumpidas, que a estas alturas del duelo se han disfrazado de recuerdos.

Iba a sobrepasarlo cuando enfoca la gaveta que una vez descorrida revela a la luz intimidades sonoras.

Abre la tapa de un cofre decorado con incrustaciones de plata, concentra su atención en un innumerable número de pequeños escritos, algunos de ellos dentro de unos sobres en su día perfectamente lacados, que hoy yacen tan sólo con la solapa superpuesta.

Sus dedos ágiles son atraídos por uno en concreto. Lo despliega, lo alza a la altura de su nariz, parapeta sus ojos ancianos en unos ligeros anteojos y lee en voz alta.

 

Alejada de ti

Se desinfla mi ser

No me interesa

El más mínimo parecer.

Un nuevo conflicto

Se apodera de mi interior,

en el ojo del huracán

Tu fuerza espiritual.

Bambolean mis raíces

Con intensidad desigual.

Tremendo error

Dices,

Más no maldices

Que te comunique

El aumento de peso

Cuando me alimento con tus besos,

Ni la largura de talla

Cuando me comen

Tus pestañas.

Brisa solemne

Que en tu ausencia

No encuentra resistencia.

No permitas

Que me derrumbe

Ante tu deseada presencia.

 

Recuerda haber creado aquellos versos en una de sus traumáticas separaciones para confesarle después que nada le importaba más en la vida que gastar todo su tiempo a su lado.

Con la nostalgia del momento, presiona la pluma del escritorio entre su índice y pulgar izquierdos. Una cuartilla virgen reaviva la imagen de Cristóbal. Inclinándose sobre el escritorio proyecta en el papel lo que le inspira aquel momento de su estrenado ochenta cumpleaños.

 

Sensación de vacuidad

Amanece en el hogar.

Se dilata mi energía

En esta mi melancolía.

Se esconde la luna

Con su luz perruna.

Brota tu recuerdo

En este día tuerto.

Escucho el silencio

Que replica tu nombre.

Me ilumina un rayo que emana tu sombra.

Espera codiciada

Deseo dislocado.

El mañana se acerca

¿Será día de fiesta?

 

Se empañan sus ojos, sus lágrimas transparentes humedecen sus mejillas, se queda pensativa.

-Te buscaré, estés donde estés te buscaré. Y te encontraré.

Crujen los  primeros escalones de la escalera. Algún familiar se dirige al piso superior.

Ordena sus útiles literarios con rapidez, se da la vuelta en el mismo momento que su hija pide permiso para entrar golpeando suavemente la puerta con sus nudillos.

-Buenos días, querida madre.

-Buenos días, amada hija.

-Hemos oído ruidos en el baño hace unos minutos y supusimos que estarías levantada – expresa su hija.

Se asoma al pasillo, María hace una señal en el aire con la mano, su hijo al otro lado del corredor aparece con su tarta de fresas favorita, decorada en su centro con el número ochenta incrustado en dos hermosas velas de color de rosa.

María recuerda y sonríe. Todos se ríen .Sus tres nietos la rodean, la llenan de besos y abrazos.

-¡Felicidades abuela! – corean todos juntos.

-Gracias familia por estar aquí a mi lado. Gracias por las felicitaciones y por la sorpresa. Aunque…¡Aunque sea de color de rosa!

Fragmento de la novela El principio del fin, de Beatriz Romero.