Paisaje fluvial

 

Ruy Vega

Desconocía el motivo por el que caminaba hacia As Quintas, en aquel invierno lluvioso del 2012, pero apenas estaba ya a unos pasos. Hacía años que sabía de la existencia del cuadro. Contado casi como una anécdota en su familia, era un tema recurrente todas las Navidades en la cena de Nochebuena: «Que sí, que sí, que los que salen en la barca son tus bisabuelos». Primero se contó de sus abuelos a su madre, y luego ella lo repetía una y otra vez tanto a él como a su hermana. La cosa empeoró cuando el propio Museo de Bellas Artes de Asturias, en el 2006, lo había adquirido. Tratándose de uno de los museos más representativos en el panorama nacional, el rumor no hizo más que multiplicarse.

Nunca le había dado mucha importancia a aquella curiosidad, ni tan siquiera se había planteado que fuera real. Sin más, lo ignoraba. Para él, no era más que una invención; posiblemente de su bisabuelo, quien siempre buscaba, de alguna forma, ser el protagonista. Que Paisaje Fluvial llegase un día al pueblo de su antepasado, en una extraña exposición itinerante que nunca se volvió a repetir, no era más que la excusa perfecta para fanfarronear con aparecer en uno de los cuadros que llevaban recorriendo Europa desde hace ya una década.

Ahora él se encontraba solo, completamente. Vale, sí, estaban sus amigos y aquella chica con la que solía quedar y de vez en cuando tener algo más que buenas sonrisas. Pero estaba solo. Sus padres habían fallecido hace tiempo y con su hermana, con la vida hecha en Estados Unidos, apenas tenía contacto. Sería por eso, o porque estos días estaba especialmente intranquilo, por lo que en ese momento estaba a las puertas del museo.

Poeta desde hace años, acababa de enviar su último poemario a la editorial. «Joder, es una puta obra maestra», le dijeron. «Lo publicaremos y anunciaremos por todo lo alto. Serás portada en todos lados». Y eso, le confundió todavía más. «¿Una obra maestra?», se preguntaba. Sabía que no lo era. Tenía muchas mejoras, pero había desistido en seguir corrigiendo. Se estaba quedando sin fuerzas, sin ganas. Tenía la sensación de que no se entendía lo que escribía, que perdía el tiempo intentando mejorar hoja a hoja.

Aquel día, había decidido ir a ver el cuadro, una vez más, ya que ahora se encontraba en un museo cercano a su casa. Quizá fuera la última vez, quizá decidiese irse de Asturias, dejarlo todo atrás y comenzar de nuevo. O no comenzar. Tenía ahorros como para vivir lo suficientemente bien el resto de su vida. Había soñado con comprar una casa en Portugal, cerca del mar, y dedicarse a sí mismo; y no escribir. Visto como una última oportunidad, decidió ir a verlo.

Entró sin pagar, su rostro, conocido, se lo había permitido. Apenas prestó atención al resto de obras. Llegó hasta la que buscaba. Se detuvo. Allí estaba todo, como siempre: las edificaciones del fondo, las barcas, y la pareja que remaba en el río. Sonrió.

«Bisabuelos…», susurró sarcásticamente. Seguía pensando que todo aquello era absurdo, que el paisaje real que reflejaba aquel lienzo estaba tan lejos de su familia como inimaginable eran las distancias para alguien, su bisabuelo, que probablemente solo buscaba unos minutos de fama en el bar.

Niega con la cabeza. Se pregunta qué hace allí. Decide irse.

Justo a la salida, una pequeña tienda vende réplicas de algunos de los cuadros del interior. Y de nuevo, allí está Paisaje Fluvial.

«¿Me estás persiguiendo?»

Pregunta por él. Lo compra impulsivamente. Camina por la calle con la copia bajo el brazo, maldiciéndose por haber gastado dinero en algo que abandonará en algún rincón.

Camina, camina y camina.

Cerca de casa se cruza con ella, con su amiga (¿su única amiga?).

—¿Qué llevas? —le pregunta.

Él mira su nueva adquisición. Luego alza la vista y la mira fijamente. Inspira. Vuelve de nuevo su vista hacia el cuadro. Inspira, asiente.

—Es un cuadro en el que salen mis bisabuelos cuando eran jóvenes —responde.

Ella se sorprende.

—¿En serio?

—Sí. Todos en mi familia estamos muy orgullosos de ello. Imagínate, tus bisabuelos en un cuadro famoso.

Ella le propone tomar unas cañas en el bar de la esquina. Acepta. Durante horas y horas hablan sin parar, mientras él le cuenta su intención de irse, de tomar un nuevo rumbo.

—¿Vendrías conmigo? —le pregunta, justo antes de echar una última mirada a Paisaje Fluvial.