Palmeras de arena (fragmento)

 

María Platero

La gente especula sobre la desaparición de la Virgen con el agua helada del Poniente a la altura de las rodillas, de los tobillos, sobrellevando por igual la pena y la incredulidad.

El padre ha vuelto a casa convaleciente y avergonzado, piensa que alguien debió escucharle comentar con el hijo la ubicación secreta submarina, sino cómo toda esta locura. La feria, quizás en la caseta de la peña, hablaron alguna vez allí los dos solos pensando que el jaleo era suficiente para que nadie pudiera saber qué hablaban. Los remordimientos lo han dejado mudo, no sale a la calle solo, no quiere, pero lo sacan.

El hijo se resiste a creer que ha sido cosa de algún conocido. Lleva semanas acercándose a la Policía Nacional a preguntar si hay algo nuevo. Nada. Nadie sabe nada. Pasan los días. Se distrae llevando a la niña a la playa. Le enseña a distinguir los vientos mirando el humo de las chimeneas de las refinerías, para tierra Levante, para el mar, como ahora, Poniente, ponientazo vamos, el agua transparente y congelada, imposible quedarse a nadar, una entrada por una salida y afuera secos antes de llegar a la toalla.

La niña se pinta las manos con una concha ondulada, rascando la sal sobre la piel mientras mira al hijo mirar al mar, y así pasan las tardes. Largos paseos hasta llegar al río Palmones con marea baja, pesca nocturna en la orilla con cañas altas que cimbrean el sedal contagiándose las ganas y grupos de amigos que entierran los pies en la arena aún templada, mientras se cuentan la vida sin dejar de comer pipas, saladas.

Poco a poco la gente se va acostumbrando a no saber qué ha pasado. Parece que lo único importante al final es que, aunque algo no sea igual, sigue pasando lo mismo de todos los veranos. Distintas explicaciones y cábalas van y vienen, borrándose como las olas en la arena al replegarse. El hijo no entiende pero se  va acomodando. La niña le ha enseñado muchas cosas. Va quedando menos para que regrese. Ya tolera de nuevo el sol en los ojos y se le han caído las costras de los puntos con la sal. Les ha dado tiempo a construir rutinas juntos. La mujer les deja el desayuno y sale temprano a la plaza en autobús. Ellos salen juntos a casa del padre, lo recogen delante de Villa Teo y atraviesan la plaza de la Virgen del Mar para quedarse un rato apoyados en el muro frente a la playa. Apenas se hablan. Los vecinos siempre les saludan y se alegran de verlos. Antes de que apriete el calor se pierden por Cabo Higuer camino de la casa del hijo. La niña va contando las ventanas. El hijo levanta la bombona de oxígeno a la que se ha quedado enchufado el padre después del infarto bajo el agua para que no arañe el suelo. 

Y esperan. El rayo verde cae. El cielo se llena de arañazos fucsia. Cambia el viento. Una luna roja asoma fría su contorno como el ojo de un dragón por detrás del Peñón de Gibraltar. 

María Platero es miembro de la Unión Nacional de Escritores de España.