Teresa Álvarez Olías
Habían alunizado
hacía pocos minutos y los astronautas, con sus pesados trajes, se disponían a
asentarse en su nuevo hogar, inmenso y gris, demasiado inhóspito, muy alejado
del planeta azul que los había visto nacer y crecer. El deber se imponía en
toda la tripulación sobre el cansancio y la satisfacción, sobre el vértigo, en
realidad, de haber superado todos los miembros, sanos y salvos, la primera fase
del mayor desafío de sus vidas. Lejos
quedaba el entrenamiento en la isla de Tenerife durante medio año, tratando de
vivir en condiciones de aislamiento similares a las que acababan de adoptar,
aunque en aquella idílica isla canaria la luz estallaba dorada cada mañana y la
cercanía de otras personas era insoslayable.
La expedición,
financiada de forma privada y pública a partes iguales, llevaba años siendo
preparada y actualizada una y otra vez, ampliando su logística. El primer jefe temporal de la misma, Paul Adams, geólogo y estudioso
de glaciares alpinos, convocó a todos los tripulantes a una reunión por su
llegada al destino. Comenzó a hablar y
su voz sonó en el vacío ambiental como las olas del mar cuando estallan contra
las rocas del acantilado en la tarde callada.
—Sé que estamos
embelesados por la responsabilidad de la llegada a La Luna— comentó, y todos miraron a la izquierda de la noche
negra, donde el planeta amado, su antiguo hogar, reinaba enorme, deslumbrante—
pero la supervivencia y el trabajo se imponen. Viviremos, como todos sabéis, en
comunidad, por espacio de un año, si no
se registran accidentes o incidencias que lo impidan, hasta que una nueva
tripulación nos releve o se nos una en
la colonización.
Adams espació su
parlamento para que todos pudieran visualizar mentalmente sus palabras. ¿Cómo
respondería el conjunto de tripulantes en la vida diaria?¿Se amoldarían sus
cuerpos y sus mentes a la existencia cotidiana en el satélite lunar? .¿Tal vez
unos más que otros? Las mujeres parecían tranquilas y los hombres un punto más
ansiosos. Los más jóvenes se aventuraban a mostrar una débil sonrisa y los más
veteranos simulaban alguna falsa tos.
—La jerarquía aquí
solo tiene dos escalones y será rotatoria cada mes—siguió—. Compañeras y
compañeros con los mismos derechos y obligaciones. Con los mismos riesgos y las
mismas ansias de sobrevivir. Somos parejas
de científicos jóvenes, deportistas, personas resilientes a toda
adversidad. Partimos de cero en este nuevo mundo por conquistar, pero tenemos
vida anterior, recuerdos, costumbres, prejuicios, la mejor tecnología y también
ambición para el futuro, en una palabra, experiencia y ansia por habituarnos a
la débil luz, pero bellísima y misteriosa, de este aún inexplorado satélite,
que vamos a estudiar al completo.
—Ayuda mutua,
disciplina y responsabilidad serán nuestras máximas, como es sabido
—continuó Sarah Lopes, su compañera.—. Hemos estudiado y planeado
todos los pasos a seguir durante los primeros sesenta días de asentamiento en
La Luna, pero debemos ser conscientes de que la añoranza permanente de nuestras
familias, amigos, y paisajes recordados puede debilitarnos con el tiempo. Ruego
la más alta colaboración para afrontar cualquier novedad no contemplada y
también los trabajos diarios, que serán, rigurosos y rutinarios, pero
imprescindibles para nuestra supervivencia y para la posteridad. Os recuerdo
que estaremos en contacto permanente con el puente de mando en La Tierra. De
nuestro éxito depende la colonización futura de la cara iluminada del astro que
estamos pisando.
Cada cual se
expresó, seguidamente, según sus sensaciones tras el alunizaje. El voluminoso
traje espacial distorsionaba la mirada y las frases, pero el silencio y los
escasos movimientos amparaban las declaraciones
de intenciones, donde el miedo, el valor, el cansancio y las grandes
expectativas bailaban y se conjugaban a placer. Ninguna de las parejas tenía
hijos, pero la posibilidad y el temor a tenerlos se columpiaba en las mentes
como factor a tener en cuenta. Se debían evitar ese primer año., pero todo el
mundo era consciente de que la inminente convivencia abriría nuevas pasiones,
decepciones o celos. La nave espacial permanecía aparcada a cierta distancia
del campamento. La superficie de La Luna se extendía enfrente y a los lados,
inhóspita y enorme, como un mar sin agua o un desierto salado nocturno,
iluminada por estrellas parpadeando silenciosas y lejanas en la bóveda del
cielo lunar.
Alicia Sirvent
miró a su compañero, Marcos Lafuente, y él le sostuvo un instante la vista.
Todos, hombres y mujeres, tenían, por consenso, en ese nuevo lugar de vida
conjunta, idénticos derechos y
obligaciones, más algo muy importante, un mismo y nulo salario que gastar. Ella
sentía curiosidad y cierta desconfianza por esa apreciación, pues los seres humanos
se movían por riqueza, por honor, por inercia, por amor también, en todo lugar
y circunstancia. Le había costado mucho pasar todas las pruebas físicas e
intelectuales que el Comité Aeronáutico exigía. Siempre la consideraron
superdotada en el colegio y la universidad, pero todo ello no bastó para
convencer en un primer momento a los miembros del Comité de su idoneidad para la expedición. Alicia empleó
toda su fuerza de voluntad y se presentó
a las pruebas una y otra vez. Lo consiguió a la cuarta, tras concienzudos
entrenamientos mentales y físicos.
Marcos quiso
entender lo que Alicia le trasmitía en una mirada rápida. El amor, el sexo, la
amistad, la atracción o animadversión hacia otros compañeros, la falta de
intimidad, la carencia de ocio y soledad podrían ser letales para la buena
armonía en el grupo, pero se preguntaba cuánto tiempo duraría esa buena armonía
y si aún existía en su totalidad. El
largo viaje desde La Tierra había resultado aleccionador: unos y otras, en
distintas dimensiones, habían anhelado el aire libre, el grito, la discusión,
la carcajada, la ironía, el cotilleo, la discrepancia política, incluso la
crítica sin filtros a los demás, a las instituciones y a las empresas que
habían financiado la expedición, pero la disciplina y la necesidad de constante
atención habían evitado toda polémica. Se sentía militarizado, pero con el
corazón y la mente en orden, con la conciencia personal intacta y el espíritu
crítico intacto.
Amelie Parmier,
por su parte, apostada en el centro de la tripulación congregada, no se
arrepentía de haberse embarcado, aunque manifestaba estar algo sobrepasada,
tras haber llegado al fin a su destino. No se había situado junto a su novio,
Marcel Lenoir, del que, inesperadamente, ya no necesitaba su presencia como
antaño. Pensaba, con razón, que el nuevo astro pisado los había acogido sin
ninguna algazara en su superficie, y
quizá, además, les estaba trastocando los sentimientos y la forma de pensar.
Marcel, a su lado,
olvidaba los nervios cotidianos, su ansia por terminar el viaje en las últimas
semanas y su anhelo por ser el jefe cuanto antes. Pero no el jefe
junto a su compañera Amelie, que estaría compartiendo con él el cargo durante
los segundos treinta días, sino el único y verdadero organizador de la
intendencia , las comidas y la exploración del territorio. La ambición se
aliaba con la inteligencia en su caso, así como con un don de gentes muy
aceptable, que debería mejorar hasta optimizarlo, hasta que se le reconociera
como líder permanente de la expedición.
Ludwig Houer
contemplaba disimuladamente el entorno mientras sus compañeros tomaban la
palabra para verbalizar la alegría, la satisfacción, las dudas, el cansancio,
incluso el temor a lo desconocido e
instó a todos a cuidarse en extremo, para preservar la salud y la mejor
convivencia.
En La Tierra casi
todo estaba inventado y las necesidades básicas cubiertas para la tripulación
de la nave que acababan de abandonar. En La Luna habían retrocedido cuatro mil
años o aún más en temas de abastecimiento; no había cultivos que sembrar o
recoger ni animales a los que domesticar, ni contra los que luchar, solo
minerales en el corazón del satélite y soledad en la inmensa superficie arenosa.
Ella lo apreciaba como la eminente
experta que era en super alimentos y en lechos marinos.
Denali Sirwan expresó en voz alta, a su vez, cómo
una nueva distribución de funciones acababa de nacer, aunque había hecho falta
cruzar una distancia sideral para repartir equitativamente las tareas
domésticas o profesionales y arriesgarse a mil
peligros. Echaba de menos su violín, sus zapatillas de deporte, su
raqueta de tenis, incluso el pequeño jardín frente a su casa. Amaba a Ludwig y
él la correspondía, pero su relación distorsionaba el orden que se encontrarían
en la nueva colonia lunar. Ellos lo sabían y lo aceptaban a medias. Parecía
dudoso que todas las parejas se mantuvieran estáticas un año más. Los meses en
la isla canaria, acondicionando el entorno como el que luego tendrían en la
superficie del satélite, no habían resultado fáciles para la lealtad o el
compromiso amoroso.
Arun Acharya, su
compañero, ingeniero industrial y catedrático de materiales, estaba dispuesto a
que la expedición resultara un éxito en todos los frentes, y también a conquistar
el apagado corazón de Denali con su esfuerzo diario, lo que casi resultaba su
máxima prioridad. Expuso su opinión sobre el extremo cuidado de la nave y del
equipo de exploración. El protocolo no podía saltarse en ningún momento y la
seguridad de los expedicionarios constituía absoluta prioridad.
Cuando Mei Ling y su esposa Pai, inmediatamente
después, orientaron sus comentarios
hacia el recuerdo cariñoso a la familia, a los padres, a los tíos, al
respeto a los mayores, a la religión de cada cual, a las tradiciones
abandonadas, el resto los escuchó también expectante. En honor de todos ellos ofrecía
la expedición y su trabajo diario, el que los esperaba sin demora. Opinó él
después sobre los descansos y turnos de trabajo. El ocio solo incluiría
lectura, cine, música y encuentros para charlar. Si cada uno precisaba su
espacio, había terreno inmenso para
ello. Ella se decantó a su vez por las
novedades que pudieran surgir en ese primer año de misión, comunicando que
acababa de saber que estaba embarazada.
Todos y todas las
miraron sorprendidos. El viaje había resultado duro, largo y monótono. Ella y
su pareja se habían saltado la norma de no mantener relaciones y la
amonestación por ello, si la hubiera, no sería sencilla de aplicar. Pai estaba
confusa, aunque confiaba en el afecto de sus compañeros, en su buena voluntad,
tal vez en su muda acusación y, desde luego, en su ayuda actual y futura.
Paolo Ponseti la
miró con cariño y lágrimas en el borde de los ojos. Se sentía solidario e
identificado con ella. A pesar de los constantes controles médicos, también durante el viaje
le habían detectado a él un cáncer de piel, cuyos primeros síntomas los había
sentido ya embarcado en la nave. No lo había comunicado a nadie y el miedo le
cortaba la respiración cuando descubría el mínimo síntoma de la enfermedad. No
comprendía lo que le estaba pasando, ya que era un deportista nato, que siempre
cuidaba el ejercicio, la alimentación y la higiene en grado sumo.
Su compañera,
Berta Ponsetii, se mordía los labios mientras él balbuceaba al explicar su caso
en voz alta, con la luz lunar, fría y fantasmagórica, rebotando en sus cascos.
¿Quién más que ella iba a cuidarle en los malos momentos que, sin duda,
vendrían? En La Tierra habían quedado los tratamientos posibles de quimio o
radioterapia. Berta quería imaginar que si la enferma fuera ella, también Paolo
se sentiría obligado, o proclive, a cuidarla a ella, pero no quería dilucidar.
Pai y Paolo habían
manifestado sus nuevas circunstancias con nerviosismo y necesidad de desahogo.
La naturaleza humana se desbocaba a veces, huyendo de la disciplina, el
reglamento y la normalidad. El resto de la tripulación advirtió de golpe que
dos nuevos retos, particulares y colectivos, se habían unido a los de
exploración del territorio lunar y la supervivencia de cada cual. Ahora todos
constituían un clan que solo dependía de sí mismo, así como del altruismo y
colaboración entre sus miembros.
Martha West,
ingeniera y experta en pilotaje de aviones, escuchaba atenta cuando se decía
que la expedición representaba un oasis de igualdad entre colegas. Le resultaba
difícil creerlo cuando el mando y los recursos económicos: la comida
encapsulada, los instrumentos de transporte, la propia nave en la que
habían llegado, absolutamente todo
estaba dirigido y diseñado, pagado por la Comisión Aeroespacial de la ONU,
donde China, India, Estados Unidos y Unión Europea habían invertido una bonita
cantidad, apostando por la ciencia, también por la gloria de conquistar el
primer astro más cercano al mundo conocido. En esa Comisión los hombres eran
absoluta mayoría. De hecho, las reacciones físicas a la resistencia, dieta,
falta de gravedad o enfermedad en la expedición solo estaban medidas para
varones, que habían sido los únicos pioneros en la conquista espacial
desde mediados del siglo XX. Las mujeres
habían sido introducidas en la
expedición como último remedio, por si los hombres no volvían a la casa
terrestre, tal vez por pura vergüenza ante el olvido de no incluirlas apenas en
las innumerables misiones anteriores o hacerlo de manera tangencial, a pesar de
sus extraordinarios currículums.
Martha amaba a su
compañero Stephen Sanders, también piloto aeronáutico, pero anhelaba ver en él
una crítica, una postura política decidida, una apuesta clara por la
participación y reconocimiento de sus compañeras, tan poco citadas en los
manuales de entrenamiento, instrucción y enfermería de subsistencia.
Stephen,
seguidamente, hizo acopio de su potencial y describió, para sorpresa de todos,
incluida su amada Martha, un diario de funciones y tareas inmediatas con todo
lujo de detalles técnicos, higiénicos y de conducta, donde los principios de
hermandad, responsabilidad y esfuerzo personal imperaban sobre la rutina
diaria. Vivir junto a Martha imprimía carácter y no dejaba indiferente a nadie,
desde luego no a él, que tenía ojos en la cara y cabeza suficiente para
apreciar las genialidades y miserias de hombres y mujeres, así como las
injusticias cometidas contra personas por su raza, su aspecto y desde luego su
capacidad financiera en la mayoría de los proyectos aeronáuticos.
Llegó el turno de
Abdul-Bari Malik, emocionado como todos los demás, pero consciente como ninguno
del paso que la expedición acababa de dar. No podía dejar de lado su orgullo
racial al haber pisado la Luna, el astro romántico de cada noche terrestre, el cuerpo
celeste responsable de mareas en La Tierra, al que toda la humanidad estaba
firmemente ligada. Playas y
desiertos…atardeceres sobre campos de arroz y sobre edificios de cincuenta
plantas…la añoranza geográfica y familiar taponaba su corazón, anhelando las
comidas de boda y los pasteles hojaldrados con miel. Tal vez por sus padres y
sus vecinos de infancia había recorrido el largo camino que empezó en la
infancia y continuó durante la juventud en América, en la cima del mundo y más
allá, en el trozo inmenso, pero diminuto, sin embargo, del pedazo de universo
que habían atravesado con expectación.
Manifestó Abdul mucha
esperanza en los días venideros, apoyándose en la valentía y estudio que todos
habían demostrado. Se llevaba bien con casi todos los compañeros porque se
reconocía especialmente prudente y conciliador, en una sensación ancestral de
asistencia al extranjero, de colaboración con el turista, con el hermano nacido
en otras tierras. Cedió la palabra a Maysoon
Abadi su esposa, su compañera de doctorado, impulsora de instaurar la
modernización en la conciencia sabia de la familia ancestral. Maysoon recordó la
casa de sus padres, tan blanca, con un gran patio donde las sábanas se mecían
entre viento, jazmines y sol, en medio de risas de niñas y niños, la fuente
ornamental en la plaza, la partida de dominó de los abuelos en el comedor…y sus
abuelas trayendo agua en las cántaras, con pañuelos de colores oscuros sobre la
cabeza. En la Luna la vida podría reinventarse, pero era en La Tierra donde se
cocía de verdad, donde la gente establecía diferencias entre personas, donde
también se crecía ante la adversidad y se volvía a casa para descansar del
trabajo, a consolarse del stress y cambiar de caras, donde las tardes concluían
hablando con los vecinos, fregando los platos, lavando la ropa, leyendo en el
sofá mientras una película antigua o moderna se retransmitía por las pantallas
de la casa.
Ella era optimista
por naturaleza y había decidido convertir el miedo a lo desconocido, en fuerza
de voluntad. Confiaba en el éxito indiscutible del viaje y el asentamiento
lunar, tratando de eliminar la posibilidad de fallo tecnológico, de cualquier
hecatombe que pudiera sobrevenir para convertirla en fuerza y ansia de convivir con todos sus compañeros, viajeros
de la ciencia y de la técnica, especializados en minería, geología, medicina o
ingeniería, provenientes de los cinco
continentes, del mundo rural y de grandes ciudades. La excelencia de todos
ellos garantizaba un inicio de colonización afortunado.
A punto de
concluir la primera reunión se dirigieron todos hacia la nave para cenar y
establecer las distintas dependencias en el suelo lunar que le servirían de
alojamiento, un fuerte olor a quemado inundó todas las narices. No solo olor,
sino humo negro empezó a despedir una de las alas de la aeronave, situada muy
cerca de ellos. Era imposible que algo se quemase en un astro tan pobre de
oxígeno, pero debía estar ocurriendo. El grupo se deshizo y todos corrieron
hacia el medio de transporte que habría de llevarlos de vuelta a La Tierra en
un tiempo mínimo de doce meses.
Ciertamente, al
aproximarse a la aeronave, comprobaron atónitos que los paneles interiores
ardían y los movimientos humanos eran sumamente lentos y desesperados para
evitarlo. De forma inexplicable todos los teclados de conexión con La Tierra se
estaban deteriorando y las pantallas se
fundían en negro.
Era inútil pedir
auxilio, por otra parte, chillar o buscar agua para sofocar el incendio.
Maysoon y Martha se hicieron, con peligro de abrasarse, con las medicinas y los
alimentos deshidratados, después los transportaron, a enorme temperatura, a un
lugar arenoso a salvo del fuego. Sarah y Paul tomaron cuanta ropa y trajes de
paseo lunar pudieron encontrar en armarios y bolsos, y a trompicones, cayeron
en la arena, desparramándose todo el material. El resto de los tripulantes
quiso refrescar el puente de mando, sin éxito ninguno. El destrozo era casi
total. Máximo riesgo. Absoluta ruina.
Ahora si estaban solos
en La Luna, perdidos en el espacio silente, sin contacto alguno con La Tierra.
En cada cabeza empezó a confrontar el terror con la inteligencia, la
solidaridad y la impotencia.
El primer
alunizaje de la nave espacial tripulada por astronautas y científicos de los
cinco continentes se estaba arruinando sin remedio.
Teresa Álvarez Olías es vocal honoraria de la Unión Nacional de Escritores de España.
