¿Qué podemos aprender de otros animales sociales?


Ricardo Taboada Velasco

De joven me quedaba absorto mirando las palomas mensajeras de un vecino, devoto de la colombofilia —lo he dicho en otra ocasión—. Bastaba un leve temblor de luz para que, como movidas por un mismo latido, alzaran el vuelo sin motivo visible: ascendían, se cruzaban en el aire, dibujaban quiebros caprichosos y, al cabo, regresaban al mismo tejado donde todo había empezado. Alguna, rezagada, parecía perder el compás, pero pronto volvía a plegarse al coro alado. Durante años busqué el secreto de aquella armonía —el gesto que diera la orden, la señal que las uniera—, pero jamás encontré un líder ni un hilo que explicara esa misteriosa obediencia del aire.

Hoy, cuarenta años después del fallecimiento del vecino, aquella banda de palomas ya no existe. Solo quedan ejemplares aisladas que vagan pidiendo limosna para luego posarse solas en los mismos lugares de antes. A veces intentan reunirse y emprender un vuelo conjunto, pero pronto la unidad se quiebra. Tal vez sean nietas de aquellas, entrenadas, que aprovechan su notable capacidad de orientación gracias a su buena memoria espacial.

Es evidente: ahora las palomas son mucho más vulnerables porque les falta un líder. Después de medio siglo sigo sin hallar una explicación convincente al comportamiento de las pichonas; aunque he aprendido —basta con asomarse a la historia— que los seres humanos, como los animales, necesitamos a alguien que nos señale el rumbo —sobre todo en nuestro periodo crítico—. Podemos nombrarlos de mil maneras: mentor, maestro, dirigente, líder… y, sin embargo, todos comparten esa misteriosa capacidad de orientar a los demás. Los ha habido de temperamentos muy distintos: científicos y filósofos como Tales de Mileto, Euclides, Hipócrates, Pitágoras, Sócrates, Platón o Galileo Galilei, cuyas ideas abrieron sendas que aún hoy recorremos; figuras espirituales como Buda, Confucio, Lao Tse, Mahoma o Jesús, cuyas palabras han atravesado siglos y civilizaciones; gobernantes como Julio César, Gengis Kan, los Reyes Católicos, Carlos I o Gandhi, cuyas decisiones alteraron el curso de la historia y tejieron —o desgarraron— el destino de los pueblos. Y también han existido otros, más cercanos en el tiempo, como Adolf Hitler, Stalin o Kim Jong-un, cuyo liderazgo dejó tras de sí un rastro de sufrimiento, opresión, racismo y muerte que aún pesa sobre la memoria colectiva.

Deborah Gordon, bióloga estadounidense de la Universidad de Stanford e investigadora de la ecología conductual de las hormigas, afirma que al principio creía que estos insectos sabían lo que hacían, pero estaba equivocada. «No son perspicaces ingenieras, ni arquitectas, ni militares en miniatura, al menos no como individuos; sin embargo, como colonia pueden resolver problemas inabordables y responder con rapidez y eficacia a su entorno. Las abejas de un enjambre, por su parte, suelen discrepar acerca del lugar donde establecer una nueva colmena y toman la decisión reuniendo evaluaciones independientes. La clave está en que son las capacidades colectivas —aunque ninguno pueda ver la situación en su conjunto— las que contribuyen al éxito del grupo».

Estos estudios nos permiten no solo conocer mejor a los animales sociales, sino también comprendernos a nosotros mismos. En la actualidad, grupos políticos y sociales han adoptado estrategias de enjambre mediante el uso masivo de mensajes móviles, hasta el punto de que es posible que hayan influido en cambios de última hora en el voto de muchas personas y, en consecuencia, en los resultados finales. Google, Facebook, Instagram, YouTube, WhatsApp, Twitter… todas estas plataformas se alimentan de la inteligencia colectiva de la red para decidir qué merece atención y qué debe quedar enterrado bajo toneladas de ruido digital. Conscientes de ese poder, nuestros gobernantes explotan deliberadamente la lógica de las redes sociales: difunden entre la muchedumbre una moral gruesa —simple, reducida al mínimo, diseñada para no exigir reflexión— con el único propósito de consolidar su propio beneficio. En lugar de fomentar un pensamiento crítico, prefieren un público dócil, atrapado en consignas fáciles y emociones rápidas, porque en ese terreno la manipulación resulta mucho más eficaz.

El ser humano, al igual que las abejas, las hormigas y las palomas, es un animal social: necesitamos la convivencia en sociedad para satisfacer nuestras necesidades básicas. Pero también somos, por naturaleza, animales políticos, y requerimos guías. La raíz del problema es que precisamos consejeros positivos, capaces de encauzar nuestras capacidades colectivas —la democracia— hacia el éxito del grupo. Hoy, nuestros guías se manifiestan a través de las redes sociales, sustentadas en una nueva herramienta: la Inteligencia Artificial, que no puede ser más que eso, una herramienta, pues carece de corazón y de alma. Si afino mínimamente mis sentidos orientativos, observo que hoy existe un maremágnum de información y comunicación sin una orientación ni una base clara. ¿O acaso los guías se ocultan en la masa —entre esos influencers— que ofrecen consejos y entretenimiento, pero carecen de parámetros éticos para orientar la convivencia en sociedad?

Vivimos en tiempos peligrosos: habitamos en el corazón mismo de la desinformación, en una sociedad desbordada por mensajes que se superponen y por fuerzas psíquicas que, aun revestidas de autoridad, no siempre brotan de la verdad —la publicidad es solo un ejemplo entre muchos—. De ese torbellino nacen modas efímeras, tendencias vacías, espejismos que nos alejan de lo esencial. De ahí surge una constatación que no por incómoda deja de ser necesaria: ninguna colectividad puede aspirar a la lucidez si sus miembros se limitan a imitarse, a seguir el rastro de lo que otros hacen, a delegar su criterio en voces ajenas. Quien renuncia a pensar por sí mismo queda a merced de cualquier corriente, confiando en guías sin preguntarse por el signo que los legitima, sin buscar la única estrella polar que no engaña: la verdad. Es más: el que renuncia a pensar entrega, casi sin darse cuenta, su capacidad de enjuiciar. La militancia, entendida como un compromiso desinteresado con una causa, suele exigir obediencia a las directrices de una figura de autoridad. Ese mecanismo —aparentemente inocuo— explica por qué un colectivo puede ser conducido hacia conductas que diluyen la responsabilidad individual. Cuando la lealtad se convierte en un fin en sí mismo, el juicio crítico se vuelve un estorbo y la obediencia, una virtud. Por eso no basta con preguntarnos cómo figuras como Adolf Hitler o Stalin lograron arrastrar a multitudes hacia la destrucción; la cuestión verdaderamente incómoda es por qué tantos estuvieron dispuestos a seguirlos. Atribuirlo únicamente al contexto histórico es una forma de tranquilizarnos, pero también de evadir la reflexión. Lo que esas experiencias revelan es algo más profundo: la vulnerabilidad humana ante la seducción del poder, la comodidad de delegar el pensamiento propio y la tentación de refugiarse en certezas impuestas.

Para que la sabiduría de la multitud pueda manifestarse —si es que tal cosa aún es posible— necesitamos dirigentes de otra estirpe, capaces de otra mirada: no aquellos que imponen su sombra, sino los que alumbran y ofrecen claridad; no los que moldean voluntades, sino los que despiertan conciencia; no los que reclaman obediencia, sino los que invitan a asumir la responsabilidad de uno mismo. Y aun así, la pregunta permanece, como un murmullo que no se extingue: ¿qué sentido último tenía la labor de mi vecino con sus palomas, y en qué umbral se han desvanecido ahora esos presuntos custodios de la verdad?

La historia suele repetirse, y el eco de esa repetición —a veces más oscuro que la tragedia primera— nos alcanza como un viento antiguo. Intuyo que la vida obedece a leyes sencillas: imitamos lo que vemos, igual que las palomas de mi vecino repiten, sin saberlo, un gesto heredado. Las nanas que duermen en nuestra médula, legadas por quienes nos precedieron, hoy se tambalean bajo la luz incierta de la duda. Y si alguna vez soñamos con una respuesta global para los grandes desórdenes del mundo, quizá nazca del humilde cultivo de nuestros propios hábitos. Aun así, la pregunta inicial permanece suspendida, como un hilo que nadie corta: ¿qué lecciones guardan para nosotros otros animales sociales? A veces me descubro pensando que —en este presente que se deshace— me limito a contemplar, desde mi balcón encanecido, el lento declive de mi cultura.

Me consuela saber que cada final marca el inicio de algo nuevo.

Ricardo Taboada Velasco es delegado en Asturias de la Unión Nacional de Escritores de España.