Qué verde era mi valle

 

María del Carmen Gago Florenti

Haciendo alusión al título de aquel gran film del año 1941, donde lo negro del paisaje se refería a la vida de las gentes de la mina, hoy, la comparación revierte en la negrura que dejó el fuego tras asolar, el pasado verano, una gran parte de este país, incluida la tierra de Valdeorras, que amo profundamente.

Poco tiempo antes de este incidente, cuando visité este valle, admiraba el esplendido verdor de sus montes y veredas, de sus viñedos y ríos, y de ese paisaje que daba las más diversas tonalidades constituidas en un auténtico placer para la vista. Recuerdo un pensamiento que expresé en alta voz cuando regresaba a Pontevedra, mientras me recreaba en el tranquilo cauce del Sil que a lo largo del camino ofrece panoramas incomparables que harían las delicias de cualquier pintor o fotógrafo ávido de belleza, hasta culminar en los impresionantes desniveles o cañones a su paso por la Ribeira Sacra, que desde el mirador de la ruta, dejan atónitos a los incontables visitantes que frecuentemente se detienen a contemplarlos: -“Ojalá podamos seguir disfrutando de este espectáculo de verdor y frondosidad sin que pase como otros años que “alguien” se empeña en destruir” -argumenté-.

Desde la plaza del Ayuntamiento de O Barco (Humo y desolación)

No hubiera querido jamás que esto fuera premonitorio, pero poco tiempo después las noticias empezaron a dar cuenta de la catástrofe que había comenzado en esa tierra. No apagaba la radio, no dejaba de ver los informativos en cualquier canal de televisión. Deseaba salir corriendo para ayudar como fuera, pero era imposible; el fuego lo estaba devorando todo, campos, montes, aldeas, viñedos (aunque en muchos casos, estos llegaron a servir de cortafuegos por lo cuidado del terreno).

El espectáculo era dantesco, no se podía acceder a casi nada porque las llamas cortaban el paso en caminos secundarios y carreteras principales. El infierno se había desatado y la impotencia se estaba adueñando de todo. Las noticias eras desesperanzadoras y temíamos por los amigos que en vela varias noches trataban de evitar que  desaparecieran sus casas, como estaba ocurriendo en lugares como Vilamartín, San Vicente...y un etcétera más largo de lo que uno quisiera contar.

Las lágrimas afloraban sin poderlo evitar porque no se vislumbraba el fin de aquel desatino y las imágenes que llegaban de todas partes cubrían de espanto nuestra vista.

De día o de noche, con sol y sin él, el cielo estaba cubierto por una densa capa gris que hacía irrespirable aquella atmósfera de humo y cenizas. El calor del fuego  unido a las altas temperaturas propias de la época, puesto que era agosto, habían convertido el valle de Valdeorras en una caldera inhabitable.

Algunos, los que pudieron, salieron lo más rápido posible hacia lugares distantes de esta barbarie, para cobijarse con familia lejos de este valle sentenciado por el Hades más cruel, que parecía condenar todo al sufrimiento eterno en el más oscuro lugar del inframundo.

Días inacabables que no daban tregua al desánimo, ni vislumbraban un mínimo atisbo a la esperanza. El calor, el viento, los medios insuficientes -no por escasos, aunque también- sino porque era materialmente imposible estar en los incontables lugares donde las llamas seguían ganando la batalla al tiempo. Imágenes de profesionales agotados por el esfuerzo, sin casi aliento para seguir adelante, sitiados por ese espectro ardiente que no les permitía un mínimo respiro para el necesario descanso. Pueblos arrasados, desolación, desconcierto, frustración y llanto, por cuanto quedaba definitivamente perdido en la vida de tanta gente: recuerdos irrecuperable y viejos hogares, cuna y refugio de sus ancestros. Nunca antes se había visto y vivido este horror.

La batalla fue dura y en ocasiones estéril, pero finalmente, y muy poco a poco, comenzaba a vislumbrarse un pequeño rayo de luz en el horizonte incierto del miedo. 

Se levantaba la niebla de la confusión y se iban despejando las incógnitas del después. El valle ya no era verde; un manto tan negro como una noche sin luna, había cubierto todo cuanto alcanzaba la vista. Era como deambular por un túnel viendo al final tan solo un leve espacio luminoso, un punto de esperanza donde asirse para no caer en el abismo de la desesperación. Casi como autómatas se iba tomando conciencia del camino que habría que recorrer para retornar a la belleza perdida. Se salía con la prudencia que da la experiencia vivida mirando constantemente hacia los montes circundantes por si volvía a brotar algún humo amenazador.

Habían sido demasiados días de lucha y miles las hectáreas calcinadas, pero apenas se hablaba de los que no tienen voz ni pueden reclamar sus nidos, sus madrigueras, sus ramas o sus espacios donde crecer y desarrollar sus vidas; el bullicio del bosque, los sonidos de los que habitan los montes, -inaudibles para los humanos- habían enmudecido; y un silencio paralizante helaba las venas.

¿Qué es lo que queda después de una catástrofe de estas dimensiones? ¿Cómo hacer que florezca la vegetación junto a los diversos animales que la habitan? ¡Pobre tierra destruida una y otra vez, en su mayoría, por la mano del hombre! ¿Se aprende de todo lo sucedido?

Demasiadas preguntas para tanta reflexión, y pocas o vagas respuestas que aplaquen los maltrechos ánimos.

Por eso me digo: finalmente ¿seguirá el hombre siendo el  lobo de sí mismo.

María del Carmen Gago Florenti es miembro de honor de la Unión Nacional de Escritores de España.