Julio, 24
Asciéndeme hasta el verbo transgresor de la vida,
hasta las crestas vírgenes del mundo
donde duermen navíos mutilados,
mares de fuego
o lunas reticentes a la noche.
Es el odio
quien impele el exilio de los ojos;
son los guerreros cánticos del agua;
los breves incendiarios
de palomas con nieve en las pupilas.
Es el charol violento y homicida,
decadente y patricio
en la escala del tiempo aún no consumido.
Sin lentitud asciéndeme,
y que el miedo se escarche en los burdeles
que arropan los sonidos en la nada.
Julio, 17
¿Y si fuera la muerte
el vaho que alimenta
eximio en el regazo
de tu frágil entraña?
A ti he de acercarme
después de la renuncia
de los ojos
(el ánimo conforme
a quedarme sin cuerpo;
los cuadernos en blanco
de antigua sensaciones).
Mas llevaré la mar
(sus conchas, espirales,
su intemporal querencia)
por equipaje sólo,
por si acaso no hallara
los confines que busco
y en ella me diluya
como un dolor desnudo.
Campana de proa
Horada su tañido
el curso aletargado de la niebla
que circunda
los desolados valles de la tristeza ilímite.
Por sexta vez desdobla su repique
desde un puente de proa que mi altitud no alcanza.
Y pronto se enmudece, si lumbres me traspasan.
Ánfora
De Gea descendido aún florece
-en prados de gorgonias-
este barro que ofrenda
la lentitud de un mundo
que en la forma encontró
razón de su existencia.
Medina
Con claros del levante, bien puedo contemplarla
tallada sobre el mármol quebrado del olvido.
Su voz es tan potente, que a riesgo de la vida
(los ojos ateridos de mil guerreros muertos
se incrustan en mis venas) hasta su muro llego,
Y cruzo los pensiles, los baños, el marcado…
Y al oratorio acudo, al borde de la asfixia,
en busca de un indicio que me muestre
si el corazón se olvida del soplo que lo nutre
o agolpa sus palabras cercando a la belleza.
