Juan Francisco Díaz Navarro
Lo vuelvo a ver a los pies de mi cama, me está arropando antes de irme a dormir, como sucedía siempre hasta que se fue con la abuela. Creo que esos años fueron los mejores de mi vida. No teníamos nada, aunque yo lo tenía a él. Luego mi padre se metió en negocios que le hicieron ganar bastante dinero y después pasó lo que pasó y él no estaba para defenderme. Me estremezco solo de pensarlo. Es una etapa de mi vida que he intentado olvidar sin lograr conseguirlo, por lo dolorosa que me resultó. A raíz de lo que sucedió mi forma de pensar cambió por completo, me volví una persona fría y sin sentimientos.
—Trini, ahora no estamos en lo que pasó después. —Parece que me está leyendo la mente—. Escucha, que te estoy contando mi vida.
—Perdona, abuelo.
—Debes prestar mucha atención a mis palabras.
—Siempre lo hago.
—Pues no lo parece, porque se te han olvidado. —Se le ve un poco enfadado.
—Si no me has contado nada.
—Sí lo hice, mi reina, y ya no te acordabas, te pensabas que solo eran las palabras de un viejo loco, ya ves que no, alguien se las ha creído y por eso está pasando todo—. —Su sonrisa es triste mientras me mira.
—Abuelo, no sé de qué me estás hablando.
—Te hablo de mi vida y de lo que puede solucionar la tuya, ¿lo entiendes? Lo que te digo no tienes que contárselo nunca a nadie, ¿me lo prometes?
—Te lo prometo.
—Cuando decidieron llevar el oro hasta Cartagena y guardarlo en el polvorín de la Algameca para que fuera trasladado a Rusia en varios barcos que había en el puerto, no se dieron cuenta de una cosa.
—¿De qué, abuelo?
—De que faltaban7500 kilos de oro en lingotes, que hábilmente se habían hecho desaparecer y se encontraban escondidos. Las contabilidades de los rusos y la nuestra era distinta, aunque ni ellos insistieron mucho ni nosotros tampoco.
—¿Tienes tú el oro? —digo con los ojos abiertos como platos.
—No, no, mi niña, aunque yo participé en eso.
Intento escucharlo, que me cuente la historia hasta el final, pero no puedo mantener los ojos abiertos y me estoy durmiendo. La figura va desapareciendo y en su lugar veo a unos hombres que llevan unos gorros raros y mascarillas. Una luz cegadora no me permite ver con claridad. Escucho lo que están hablando, sin embargo, no puedo participar en la conversación, las palabras no me salen de la boca.
—Ha faltado poco para que la bala le atraviese un pulmón.
—Lo que no me explico es cómo puede estar viva todavía con la gran cantidad de sangre que ha perdido.
—¿Sobrevivirá?
No escucho lo que ha contestado, lo que sí vuelvo a oír es la voz de mi abuelo que ha vuelto. Una sonrisa se refleja en mi cara, sé que lo que estoy viviendo no es real, que es una completa locura, o puede que sea la puerta hacia el otro lado, o a lo mejor es solo mi mente que me lleva a recordar cosas de mi pasado. Aunque es tan bonito tenerlo delante de mí otra vez como si fuera algo que está sucediendo, que me da igual.
—¿Me estás escuchando, Trini?
—Sí, abuelo, me estabas contando que estuviste implicado en la desaparición del oro.
—Bueno, en verdad yo solo era un burro de carga, no me voy a apuntar méritos que no me pertenecen. Altos cargos pensaron que por qué ese oro tenía que ser para Rusia, que tampoco pasaba nada si se quedaban un poco, para que cuando la guerra se acabara, pudieran vivir bien; por eso desaparecieron cien cajas que tenían 7500 kilos de oro.
—¿7500 kilos es un poco?
—7500 son muchos, mi reina. Prepararon varios camiones y una noche cargaron las cajas en los mismos y salimos todos hacia Águilas, aunque ninguno teníamos conocimiento del lugar exacto donde se iba a llevar, solo el coronel contaba con esa información.
—¿Y por qué fuisteis a ese pueblo?
—Porque él era de allí y se lo conocía muy bien. Un alto cargo del Gobierno se quedó en el polvorín para cubrirnos en caso de que preguntaran por nosotros. Nadie sabía a dónde nos llevaba ese hombre, ni si lo que estábamos haciendo era lo correcto o no, porque desconocíamos si eran órdenes de los superiores.
—Y no os pararon en el camino.
—No llevábamos uniformes y conseguimos entrar en el pueblo. Si nos hubiesen pillado, nos hubieran fusilado, ya fuera el bando contrario o el nuestro, por la traición que estábamos llevando a cabo. Eso lo sé ahora, antes no lo sabía, yo lo único que podía hacer era obedecer, porque solo era un simple soldado.
—¡Qué emocionante, abuelo!, ¿y qué pasó con el oro?
—Eso te lo contaré después, ahora tienes que descansar y recuperarte.
—Jo, no me dejes así.
—Descansa, mi amor, que te hace falta para todo lo que te espera cuando salgas.
—¿De dónde?, ¿qué me espera?
Las voces han vuelto, están hablando entre ellas, no quiero escucharlas, yo solo quiero que mi abuelo me siga contando cosas, ahora no está, se ha marchado sin decirme a dónde. Abuelo, abuelo, le grito, sin que me responda.
—Hemos sacado las balas.
—Cosed las heridas y cerrarlas. Nosotros ya hemos hecho nuestro trabajo, ahora ya no depende de nosotros.
—Es una lástima lo que le ha pasado a esta mujer. Será complicado que vuelva a ser la misma de antes.
—Con las dos balas que lleva, ya vivir es un milagro, quedarse bien no sabría cómo calificarlo. La que tiene en el muslo le puede dejar una cojera de por vida, aunque la otra es la que dirá si lo cuenta o no y encima no olvidemos la herida del arma blanca.
¿Coja?, ¡no quiero ser coja!, ahora me llamarán Trini la coja, me siento tan impotente ante todo lo que me está pasando y esa sensación no me gusta nada, la rabia va sustituyendo a las ganas de llorar que me consumen por dentro. Tengo que vivir, tengo que hacerlo para que paguen por lo que han intentado hacerme.
—A esta se le apareció la Virgen para que no tuviera ningún órgano importante dañado.
—Cosas inexplicables que suceden, que se la lleven a la UCI y que permanezcan pendientes de ella.
Fragmento de la novela Reina Gitana, de Juan Francisco Díaz Navarro.
