José Andreo Moreno
Acabé de leer con asombro las reacciones que del bálsamo relató el mosén. Con cierto recelo, pero con atrevimiento y resolución, empecé a leer las instrucciones que venían en el siguiente legajo, llevándolas a la práctica:
—Límpiesele el rostro con paño y agua clara, de seguido, séquelo hasta quitar la humedad…
Empapé la bufanda en un pequeño charco de agua cristalina, que de las recientes lluvias había sobre una lastra. No hubo menester secar la humedad, tenía la piel tan acartonada que, apenas pasaba el paño, parecían tragársela los poros. Bastó aquel conato de aseo para que empezaran a cobrar vida sus mejillas y narices, al tiempo que aquellas leñosas pestañas se volvían flexibles. Volví al legajo y continué las instrucciones:
...Abra el frasco, y unte escaso la yema del dedo pulgar en cada aplicación. Comenzar por la frente, entre ceja y ceja. Un roce suave sobre sus apagados ojos. Aplíquese otro punto en la barbilla. Póngase al igual en las narices. Dese lo propio en ambas orejas. Otro punto por cada pierna y cada brazo. —De exigirse en las extremidades algo más grande que un punto, lo habría tenido harto difícil, ya que parecían varetas de leña seca—. Aplíquesele en el pecho buscando el corazón. Si viniese a la vida, y lo hubiere menester en alguna parte indecorosa, aplíquesela él mismo. Por último, adminístrese en los labios, cubriendo de comisura a comisura. Guárdese silencio, y que despierte en paz, he dicho.
Observé con atención, y confieso que esperé con incredulidad el mágico resultado. Puse en cuestión hasta la identidad del personaje. Sin esperarlo, percibí un corto y rápido movimiento de la parte derecha de su labio y bigote, seguidamente otro en la frente, pero, aparentemente, más me parecieron reacciones reflejas por el incordio de una mosca que, movimientos musculares voluntarios. Desde la frente, había recorrido todo su cuerpo en el ritual de resurrección, y aunque el último punto en que apliqué fue la boca, como hombre de sangre caliente, fue lo primero que abrió:
—¿Quiénes sois?
—¿Es el Infierno, es el Purgatorio, o,
acaso el Cielo?
—¿Sois ángel o demonio?
—¿Es invierno o verano?
—¿...
Aquel impaciente interrogatorio en un sobrio
castellano, en cascada, tan seguido y sin esperar aclaraciones o al menos una
mínima respuesta, realmente me confirmaba que era de este mundo, de esta tierra
a la que los romanos llamaron «de conejos».
Cerró de súbito la boca, pareciendo
por un momento regresar a los «brazos de Morfeo», aunque era tal su inmovilidad
que, temí que hubiese regresado al «hades». Ciertamente alarmado, me pareció un
tanto corta su estancia en el mundo de los vivos, ya que, en verdad, apenas si
había balbuceado unas palabras; unas preguntas tan banales y directas que no
podrían emplearse para su estudio en generaciones venideras. Aunque, por otra
parte, de famosos y de presuntos genios, se hacen a veces largos y artificiosos
como inútiles tratados, para cosas tan triviales como, dejar en entredicho si
era tacaño, homosexual o de cualquier otra tendencia o faceta que, de ninguna
forma desmejoran los méritos de su obra, que es la verdadera calidad o motivo
por lo que debería conocerse y valorar a alguien.
Separé ligeramente el hábito a la
altura del pecho, deshice el entramado de nudos del peto de la armadura,
acercándome hasta pegar la oreja a la altura del corazón; más que latidos, tuve
la sensación de que aquel movimiento cardiaco era el imperceptible tic-tac de
un viejo reloj de cuerda, pero eso sí, a una velocidad y con una intensidad,
similares a las pulsaciones de un asustadizo pajarillo recién caído de su nido.
Repentinamente vi como movía una mano,
y una pierna. Observé en su pecho como un bombardeo interno, al tiempo que se
hinchaba y deshinchaba. Noté movimientos rítmicos en su yugular. Ensanchó su
nariz, aspiró, y por la boca y fosas nasales a un tiempo, dejó escapar un
resoplido digno de un búfalo en celo. Parecía impropia tal fortaleza, viniendo
de un escuálido muerto-vivo que, de canto, más se parecía a su propia
espada que al búfalo que emulaba. Dio aquel resoplido, y otro, como si durante
aquellos siglos hubiese estado conteniendo la respiración, y, al cabo, se le
escapara el aire en turbulencias.
Temí su reacción al despertar, y aunque el entorno más bien correspondía a un tiempo detenido, mi aspecto seguro que le desconcertaría. De rodillas junto a la fosa, no se me ocurrió otra cosa que abotonarme bien y envolver mi cabeza, improvisando un turbante con la bufanda, al tiempo que me mentalizaba para utilizar un lenguaje inteligible acorde con su época y mundo. Entreabrió con timidez un ojo, despacio, como quien se asoma a husmear sin ser visto. Me miraba fijamente con el único ojo entreabierto, y en una arrebatada e inesperada reacción, abrió los dos ojos de par en par, mientras se incorporaba con cierta energía preguntando:
—¿Estoy en tierra de moros?
—No le engañe a vuestra merced el turbante, que soy cristiano viejo y estoy en mi tierra.
—¡Vino, vino, una taza de vino! que tengo helada hasta el alma —solicitaba arrebatado.
—Si es del agrado de vuestra merced, y lo acepta, mejor le haría un cuenco de caldo —sugerí.
—Venga pues, ¡pero con vino!
Con el torso incorporado, pero con el
trasero aún en la tumba, antes que otras ayudas, pidió el divino bálsamo: vino.
Le ayudé a incorporarse con facilidad dado su poco peso, y para mi sorpresa, su
mucha flexibilidad y fuerza. Le quité el yelmo, y para que no se enfriase
demasiado, le cubrí con la capucha del hábito. Observaba con curiosidad y
atención el entorno que, aunque muy rural, tenía pequeñas notas discordantes
con lo que había sido su mundo, sobre todo los ruidos infernales de vehículos
que, a lo lejos, se dejaban oír en el vacío de la mañana. Miraba y escuchaba,
pero no volvió a hacer ni una sola pregunta. Su cordura parecía estar fuera de
toda duda, y su idea de encontrar a la vuelta de su letargo un mundo
ilimitadamente nuevo, parecía clara. Le puse en una pequeña cueva que hay junto
a la fosa, con la advertencia de que no se moviese hasta mi vuelta. Aunque no
contestaba, asentía, y en todo momento aprobaba confiado todas mis
indicaciones. Entendió que, o bien teníamos que quedarnos hasta camuflarnos en
la clandestinidad de la noche, o tenía que proporcionarle un medio de
transporte discreto. Cualquier opción menos pasear a pleno día con un fraile
flaco, armado de espada y provisto de espuelas.
…
—De ahora en adelante, téngase vuestra
merced por vivo, despierto y cuerdo, aunque casi todo lo que oiga y vea le parezca
misterioso encantamiento. Los artilugios que verá son en este tiempo comunes,
aunque los cambios y avances son tan rápidos, que ni yo mismo acabo de curarme
de espanto. Por todo ello, en su tiempo, cualquiera de estos avances
sobrepasaría el límite de lo posible, y por soberbios, alcanzarían la categoría
de sacrílegos.
Asintió con un gesto reverencioso,
unas formas que irradiaban una excelente e inusual educación. Acompañó el
movimiento con una mirada tan limpia y sincera, que creí ver en su trasfondo,
un resumen de la nobleza del alma humana. Todo ello expresó sin abrir la boca.
Me infundió tal compasión y afecto, que abrió —en parte— mis más recónditos y
enlatados sentimientos. Cuántas buenas intenciones, cuánto amor nace y se ahoga
sin dejarle crecer. El cinismo y la hipocresía del género humano, escatiman el
desahogo que supone exteriorizar y liberar los sentimientos. Púdransenos
dentro, privando a los demás de su disfrute; un desperdicio, una forma de
castigo manso, sin culpables, pero, todos víctimas. Aparte de tanta
advertencia, debería haber empezado por decirle que lo admiraba por su
historia, y que conmigo se sintiera seguro, vamos, no ahogar los impulsos
naturales que emanan del corazón, como el que retiene el llanto, y congestionado,
revienta.
Dejé aquel venerable espectro en
cuclillas. Cubrían su capucha, unos escasos cabellos que recordaban un corto
manojo de esparto macerado. La barbilla descansando sobre los puntiagudos
huesos de las rodillas, y que, como dagas, querían traspasar el faldón del
hábito. Su mirada era fija, entre perdida y encontrada, sobre una corta
caravana de entregadas hormigas que, en formación, se afanaban incansables
drenando su nido inundado por las recientes lluvias. Desde su absoluta
inmovilidad, solo daba muestras de cierta perplejidad ante el aumento repentino
del intenso rugir de alguna máquina o un automóvil lejano. Levantaba levemente
las cejas como si le pesaran, alzando la mirada hacia arriba y contra sí mismo,
seguro que preguntándose sin respuesta el origen de aquellas indescifrables
barahúndas. Dado el respeto que le profesaba, y los compasivos sentimientos que
nacieron en mí, aquel cuadro era harto doloroso. No era para mi entender y
gusto, la pose digna de un personaje respetable, y aún menos para quien yo
idealizaba como un héroe legendario.
Con la mente puesta en volver como un
venablo aún antes de haber salido —muy propia la prisa de lo que hasta hace
nada llamábamos «estado del bienestar»—, con las piernas temblando, el corazón
en un puño, y dudando aún hasta de mi propia sombra, me encaminé hacia el
vehículo, cegado por la misma inquietud e incredulidad del primer momento en
que vi asomar como en un sueño el ya desvalijado baúl.
Conduje hasta donde pude por un camino terroso, y con el fin de acercarme al máximo, continué campo a través, por encima de pedruscos y matorral hasta alcanzar el lugar. Al oír el amenazante rugido del motor, ya bien por miedo, curiosidad, o aceptando el reto del hipotético agresor, no pudo evitar el salir de la improvisada guarida, y tímidamente, con una actitud ciertamente de recelo, pero con una valentía incuestionable, se mostró con la espada en la mano, mirando con asombro al «monstruo metálico», que con sus enormes ojos felinos, entendió que le retaba y acometía. Levantó la espada a dos manos, y con la ira en la cara y en el aire, arremetió contra el automóvil, el cual entendió don Alonso que, en su reto, había parado esperándole impasible. Salí a toda prisa haciéndome ver, gritándole que era manso y amigo. Cuestión de segundos fue que no consolidara el tajo vertical en lo que él entendía era su frente.
—¡Por Dios!, ¿no le advertí a vuestra merced, que todo lo que viera sería como misterio y encantamiento?
—Ciertamente buen amigo —contestó—, pero nada se habló de dejarme humillar o matar sin defenderme.
En cierto modo tenía razón, por su
propia seguridad, no podía inculcarle que, todo valía. Aunque como adivinaría
pronto —para su desconcierto y disgusto—, vivimos en un mundo tan incongruente
como insensible.
La fuerza y flexibilidad del personaje, amén de su consciencia, estaban fuera de toda duda; no obstante, le ayudé a acercarse al vehículo, al tiempo que empezaba a explicarle —difícil tarea— que andaba sin animales de tiro. Al abrir la puerta y hacer ademán de introducirle, desapareció su flexibilidad y solo noté su fuerza, había quedado rígido, clavado como una estaca; mirando fijamente el interior con los ojos bien abiertos y sin pestañear, hizo un recorrido visual por todo el vehículo, volviendo a fijar su mirada dentro.
—Pase, pase vuestra merced, no tenga miedo, es rápido y seguro.
No articuló ni una sola palabra mientras tomaba asiento. Empecé a adaptarle el cinturón de seguridad, y hasta aquí llegó su mutismo:
—Grande es la confianza que he depositado en vos, ¡pero hasta dejarme amarrar podríamos llegar!
—No se preocupe vuestra merced, que solo es por seguridad ante un choque, además de mandarlo la ley.
—Pero esta máquina o lo que fuere ¿vuela?, oí en cierta ocasión que cierto grupo de brujas, se aseguraban con maromas a escobas y otros artilugios voladores.
—Esta no, pero aseguro a vuestra merced que brujas y brujos los había y los hay, pero la única forma de volar que tienen, es con otro tipo de máquina de la que ya hablaremos más tarde, y que desde luego no es mágica.
—Pues espero que hiléis muy fino para explicarme y convencerme de cómo volar sin magia.
Al poner en marcha el motor, tuvo una compleja reacción, que podría ser la mezcla de quien camina sobre el fuego descalzo, o del que ve con asombro algo macabro y retorcido incapaz de asimilar. Transmutó su figura en colores y posturas que por sí mismas hablaban; aunque compulsivamente me miraba una y otra vez, fue incapaz de articular palabra. Al ponernos en movimiento nada cambió, más bien se acentuó su estado de inseguridad y nerviosismo, hasta tal punto, que llegué a temer por su recién reestrenado corazón. A pesar de iniciar la marcha con un leve movimiento, su sensación de inseguridad se podía palpar en todas y cada una de sus variadas reacciones; en su intento desesperado por aferrarse a cualquier asidero, tiró repentinamente del freno de mano, con tan mal resultado que, a pesar de la casi nula velocidad, dio de narices contra el cristal. Al levantar la cabeza, un hilillo de sangre bajaba hacia su boca, sorteando los blanquecinos pelos que formaban el deforestado bosquecillo de su bigote. Tras el dolor, al notar la humedad, puso los dedos sobre su labio, y mientras observaba con fijación la sangre que teñía su dedo, arrugó en infinitos pliegues los pellejos de la cara, perdió los ojillos entreabiertos en los túneles de las cuencas, sosteniéndose en horizontal durante unos instantes sus puntiagudos y caídos bigotes; todo ello, conformó con regocijo el esbozo de su primera y desentrenada sonrisa, mientras exclamaba con cierto sentido del humor:
—Sangre, sangre y vida. Me dice la razón que no he vuelto a este mundo como un palo seco, ni como piedra inerte, ni tosca ni preciosa, que soy de carne y de hueso, aunque solo sirva por dura para escabeche o cocido.
Mientras él se regocijaba de estar bien vivo, yo, algo airado le recriminaba que hubiese tocado el freno:
—¡Que no toque nada, no tiene que tocar nada...!
Frunció el entrecejo y muy airadamente contestó:
—¡Qué sociedad o mundo es éste el vuestro, que apenas llevo en él unos instantes, y me prohibís tocar cualquiera cosa y hasta pensar!
—Perdóneme y entienda también vuestra merced, que si difícil es para usted, no lo es menos para un servidor, que de dar un paseo flotando en la tranquilidad, he tenido que pasar a creer en la magia y en la resurrección de los muertos antes del Juicio Final.
—Disculpado estáis, y hágome
cargo de vuestros impulsos y enojo. Pero lléveme pues donde reponer este
hilillo de sangre y recuperar el temple.
Fragmento de la novela Don Alonso vive, de José Andreo Moreno.
