Soneto del desierto interior
Camino por
la arena del intento,
sin, sombra,
sin susurros, sin abrigo,
y arrastro
mi reflejo como amigo
de un tiempo
que se pierde en su lamento.
No hay
brújula en el pecho, solo viento,
silencio si
se quiebra si lo sigo.
No es fácil
elegir una gota de agua
cuando todo
es desierto y desaliento.
Anhelo un
manantial que no se nombra,
un gesto,
una verdad, una mirada
que rompa la
prisión de tanta sombra.
Y al fin, si
el alma se haya desvelada,
comprende
que la sed también asombra
cuando la
sed es todo y no es nada.
El jazmín
El jazmín
Insisto en
que el jazmín,
con sus
manos verdes,
se trepe a
la vara,
que enredado
en ella
crezca alto,
se afiance,
use de apoyo
el silencio de la madera.
Pero necia,
como toda planta
trepadora,
se suelta,
huye de mi
intento por guiarla
y ya ha
invadido el cedro,
se enreda en
la cretona.
abraza el
palo borracho.
Delicadamente
los separo,
como si
desanudara un suspiro,
cuidando que
no se rompan
sus delgados
hilos de vida.
Pero es
inútil,
el jazmín
danza a su ritmo,
y yo, lenta
para aprender
las penas de
las plantas,
veo como se
extiende,
como sus
raíces murmuran secretos
que aún no
comprendo.
Me esfuerzo
por contener su libertad
por
enseñarle el camino,
pero el
jazmín es terco,
se enreda en
su anhelo de vuelo
y en su sueño verde
y yo, solo
testigo
de su
insistencia por crecer
sin fronteras.