Rosa Gamero Arévalo, poemas

 

Soneto del desierto interior

Camino por la arena del intento,

sin, sombra, sin susurros, sin abrigo,

y arrastro mi reflejo como amigo

de un tiempo que se pierde en su lamento.


No hay brújula en el pecho, solo viento,

silencio si se quiebra si lo sigo.

No es fácil elegir una gota de agua

cuando todo es desierto y desaliento.


Anhelo un manantial que no se nombra,

un gesto, una verdad, una mirada

que rompa la prisión de tanta sombra.


Y al fin, si el alma se haya desvelada,

comprende que la sed también asombra

cuando la sed es todo y no es nada.


El jazmín

El jazmín

Insisto en que el jazmín,

con sus manos verdes,

se trepe a la vara,

que enredado en ella

crezca alto, se afiance,

use de apoyo el silencio de la madera.

Pero necia, como toda planta

trepadora, se suelta,

huye de mi intento por guiarla

y ya ha invadido el cedro,

se enreda en la cretona.

abraza el palo borracho.

 

Delicadamente los separo,

como si desanudara un suspiro,

cuidando que no se rompan

sus delgados hilos de vida.

Pero es inútil,

el jazmín danza a su ritmo,

y yo, lenta para aprender

las penas de las plantas,

veo como se extiende,

como sus raíces murmuran secretos

que aún no comprendo.

 

Me esfuerzo por contener su libertad

por enseñarle el camino,

pero el jazmín es terco,

se enreda en su anhelo de vuelo

 y en su sueño verde

y yo, solo testigo

de su insistencia por crecer

sin fronteras.