Santi, te cuento...

 

Kiko Cabanillas

Un padre escribe porque no sabe hacer otra cosa con la ausencia.
 Como no puedo vivir contigo, escribo.

No es una solución.
 Es un gesto.

Te escribo este libro para cuando seas mayor.
 O para cuando no lo necesites.

No quiero explicarte quién fui.
 Quiero que sepas que pensé en ti mientras el mundo seguía pasando.

Llegaste antes de tiempo.
 Hubo que abrir la barriga de tu madre. Recuerdo la luz blanca, el silencio justo antes del llanto.

Pronto supimos que serías especial.
 Y lo evidente: eras guapísimo.

Tu pandilla se llama síndrome de Down.
 Es un nombre largo. Te acompañará.

Yo empecé a leer. A escuchar. A mirar más de lo que hablaba.

Trabajo con personas a las que la sociedad aparta.
 Inmigrantes sin papeles. Mujeres que se prostituyen. Gente que ha pasado por la cárcel.

No lo cuento como mérito.
 Lo cuento porque así aprendí a mirar.

Por eso, tenerte en casa no fue un sobresalto.
 La diferencia no me asusta. Me ordena.

Luego nos separamos.
 Tú te fuiste a Madrid. Yo me quedé.

Desde entonces te veo poco.

Cuando te veo, te doy un beso en la boca.
 No sé hacer otra cosa.

Por las mañanas soy asistente social y profesor.
 Por las tardes, escritor.

Acompañar es, a veces, solo eso: no retirarse.

Recuerdo cuando reaprendí a andar empujando tu carrito.
 Yo miraba el suelo. Tú mirabas todo.

Eras mi equilibrio.

Tus helados favoritos siempre fueron los de chocolate.
 Yo acababa más manchado que tú.

Dábamos paseos largos.
 Te parabas a acariciar perros.

Te encantan.

Como no siempre hay dinero para viajar, te propuse hacerlo con la imaginación.

No porque no pudiéramos.
 Sino porque viajar también es una forma de pensar.

He visto pobreza sin ruido y dignidad sin nombre.
 Los pobres no tienen dinero, pero a veces conservan algo que aquí se pierde rápido: espíritu.

Por las mañanas enseño español.
 Por las tardes escribo.

Tu padre es escritor.
 Pobre, sí. Escritor.

Escribir no arregla el mundo.
 Pero me permite quedarme en él.

Cuando vivías conmigo, la vida era sencilla.
 Nuestra.

Te miraba dormir y pensaba que, aunque el mundo fuera injusto, nosotros lo hacíamos un poco mejor solo con estar juntos.

Por eso escribo este libro.

No para explicarte nada.
 Sino para que, si un día dudas, sepas que estuve.