La fama y la infamia son dos momentos de eternidad, como diría Wilde. Lo revivo ahora que observo cómo caen algunos personajes, de la grandeza a la miseria, cómo sus vidas son expuestas en los juzgados para que las gentes escupan y se solacen con el mal ajeno. Siempre me han llamado la atención las caídas, la bajada al infierno de la decadencia desde el cielo de la fama. En España gusta regodearse en estas caídas: políticos, banqueros, tonadilleras, gentes de la buena sociedad santiaguesa y hasta excelsas e intocables figuras que no citaré para no tener el resuello de la Ley en la nuca. De gentes de bien a hez social...Como decía aquél Juez de menores: al infierno se llega rápido y de forma inesperada.
De profundis, escrita por el autor irlandés Oscar Wilde (1854-1900), es la extensa y dolorida carta que el autor dirige a su antiguo amante, Lord Alfred Douglas. Desde la cárcel de Reading en la que el escritor es confinado durante dos años en régimen de trabajos forzados, el genio irlandés dirige sus dolidos lamentos y reflexiones al que fue su frio amante.
De profundis es, ante todo, una queja de Wilde contra sí mismo. Expresa la común sensación de la incomprensión de la propia conducta, esa sensación que tiene quien está en un serio aprieto. Actos que en la oscuridad de la celda se antojan incomprensibles para quien se sabe golpeado por el destino más fatal. Pero no es solo eso. Lo que comienza como una queja que se va desgranando poco a poco llena de detalles, se va transformando en una reflexión sobre su propia vida, su destino, el amor, el tiempo, el futuro, la trascendencia.
El camino que sigue Wilde para penetrar en su yo más íntimo es el del dolor. El autor, en la cima de su carrera, es condenado a la infamia y al desastre. Se le separa de sus hijos, de su mujer, de sus amigos. Se le hace bajar a lo más hondo de la humillación y se hace porque él es Wilde, tiene talento, es diferente al resto, no se pliega a la moral victoriana, no se humilla, camina por su juicio de forma honesta y valiente, se sabe inocente, se imagina que es un redentor hasta que la realidad lo golpea de repente con todo su rigor.
Wilde pudo escapar. Tuvo tiempo de coger el ferry a Francia y no lo hizo. Sus amigos insistieron. El autor todavía seguía viviendo su vida como una obra artística. Era el autor total: polifacético, brillante, magnífico conversador, seductor, ingenioso...No podían perdonarlo.
Impresiona en De profundis conocer el esfuerzo creativo que el autor dedicaba a sus obras, muy lejos de la imagen de improvisación que se le atribuía. Impresiona ver el contraste entre dos personalidades tan dispares como la de Lord Alfred Douglas y la de Wilde. El autor de De profundis era un intelectual, un trabajador incansable, un erudito. Su arte llenaba cada instante de su vida, arte que combinado con el esfuerzo hizo de él la personalidad más interesante de su tiempo. Lord Alfred Douglas era caprichoso, victimista, propenso a los vicios, superficial, frio, cruel, bello...Un encanto para alguien como Wilde, interesado ese tipo de personajes que llevan tatuado en su frente el fatum de la desgracia.
La desesperación de Wilde parecía divertir al colérico y caprichoso Douglas. Su amor vertido ante el petulante Lord no era más que el pañuelo en el que el marmóreo corazón del joven se ocultaba. ¿Quién fue la víctima y quién el verdugo?. Como en la vida misma ambos se intercambian los papeles y al igual que hoy, el victimismo se utilizó para sacar réditos y ventajas, para presentar ante los rigurosos jueces un perfil de siniestro ogro vicioso a quien no era más que un perfecto caballero, un niño insolente e ingenioso, un poeta cincelado por el genio.
Nadie que no haya caído alguna vez podrá entender a Wilde y solo los que lo han hecho hasta el fondo sabrán qué se siente. Todos los que hoy sonríen satisfechos en sus puestos obtenidos por el enchufe y la prevaricación y que señorean España con su aceitoso pelo que reflexionen y que sepan que los Dioses están atentos y que experimentan un placer especial en hacer caer a aquellos que están en los más altos pedestales mortales:
“Olvidé que la más íntima de las acciones cotidianas forma o destruye el carácter, y que, por lo tanto, algún día habremos de gritar desde el tejado lo cometido en el secreto de la alcoba”.
Sí, lean De profundis y estén preparados para lo que les llegará.
Manuel Ángel Morales Escudero es delegado en León de la Unión Nacional de Escritores de España.
