Teresa Floro, poemas


De una mala situación florece una golosa victoria

La reina de oros,

que se considera a sí misma invicta,

ha saltado de la baraja,

desde el azar con ventaja

hacia el tapete dorado.

 

El universo prosigue el sendero con decoro,

mientras el mago ya se ha adelantado,

tres pasos por delante para brindar una valiosa pista,

en su predicción de estado.

 

Casi todas las cartas avanzan con miedo y cautela

en un baile cuyo final no se espera.

 

Quien se quede atrás

en el cruel sinvivir del amor incondicional

recibirá un tres de espadas como regalo,

o la torre con su rayo,

o el cinco de oros con su pobreza emocional a ras

del suelo, o la desolación de la muerte

junto a la pasividad del colgado.

 

En realidad, ni vas perdiendo ni vas ganando.

Tras una mala partida puede florecer una golosa victoria.

 

Lo atestigua la rueda de la fortuna,

y si no la crees,

al comodín pongo por testigo.

Siempre está ahí, fingiendo ser inútil,

mientras te dispara soluciones

a tus creativos desafíos.

 

Y la reina de oros

cómplice de todo juego

y de toda historia

pasada, actual y futura,

te levanta y te motiva 

para que cada día

trabajes por el propósito por el cual

viniste aquí,

a preguntar en el tapete dorado

¿cómo te fue?,

¿cómo te va?,

¿cómo te irá?,

bajo un sol afectuoso

que te enfoca

para que te ilumines y, a su vez, inspires a otros

en el frondoso árbol de la vida.

Poema publicado en Antología Poetas de Ahora 


Tirar del carro

Tenía pretensiones de dejar huella,

mientras sus manos firmes

titubeaban

ante tal temeridad.

 

Pero hubo un momento

en el que disipó su duda

y el anónimo se animó a presionar

los dedos en el cuello

como cuadrigas de caballos,

con velocidad, presión y descansos

marcados por la rutina deportiva.

 

En éstos últimos aprovechaba para toser

y coger resuello.

Me embriagaba un disparador mental

de adrenalina y oxitocina sin retorno.

 

La privación de la respiración

se convirtió en aliento de vida.

 

La sesión se zanjó

con un suceso que costó admitir

por pudor.

 

Desde entonces,

ascendió a íntimo

por sus cualidades certeras.

 

Me visitaba cada verano

puntualmente,

y clavaba en mi garganta sus ojos ansiosos

repitiendo en el tiempo

ese ritual tan poderoso

e insaciable

de asfixia y deseo.

Poema del libro Secretos empolvados

 

Obsesión

Despido destellos involuntarios

de estrellas ardientes, brillantes y fugaces

cuando te siento arraigado en mi mente.

 

Eres inmune a mi férrea voluntad

de aplicarte el contacto cero.

Te has instalado en mi cerebro

con la misma obsesión

que la codicia de una esmeralda

colgada en el cuello. 

 

Aunque transcurran las horas,

los días y los años,

y me esfuerce en distraerme con otras historias,

tu timbaleo sigue tronando. 

 

El esfuerzo premeditado

de echarte a la pérdida del recuerdo,

al destierro del olvido

me supone un trabajo improductivo.

 

Me parece

el infierno descomunal

el deseo de besarte

en la profundidad del universo.

 

La motivación de buscarte prevalece,

aun a riesgo de que el sigiloso e infinito vacío del cielo

seas tú, 

y me acabes engullendo.

Publicado en Antología de Poetas de Ahora 



Descubrimiento intempestivo

De visita en la vida,

me hallo en el hábito de caminar hacia la piedra agridulce,

en el punto de inflexión

donde el imprevisto me regaló la sorpresa

de un descubrimiento intempestivo.

 

Duele desvelar que soy tu espejo

y que el asunto es mutuo,

un axioma en toda regla.

 

Ante ti se me presenta la crudeza de la situación,

el imperativo de remover emociones en el cerebro

e iniciar el movimiento de desaprender

toda la existencia anterior,

al encuentro fortuito

en aquella arena engullida

por las olas de espuma.

 

La casualidad hizo un trabajo impetuoso,

al igual que la justicia y el calor prepotente de agosto. 

 

Nuestra ropa batalla

quedándose aún en nuestros cuerpos.

 

El sudor de mi frente muestra la evidencia

de que mi desnudez física

se oculta en ese recato tan grandioso y excusable,

que estoy tan dispuesta a alardear sin demasiada ciencia.

 

Mientras que la tuya es emocional,

de acceso reservado para penetrarla. 

 

Maldita sea la hora

de extrañarte cada día

tras conocer que habitas en el mundo.

 

Mi transformación es el agua limpia que te refleja.

 

Y ahí estamos

con rostros despavoridos,

por el escándalo de las estupideces

dichas y no dichas

que, uno frente al otro vemos en el espejo,

reconociéndonos con todo detalle

lo que realmente somos.

 

Mientras que la sabiduría violenta e incómoda

que nos imponen la vida y el reloj de arena

nos volverá a revelar cada agosto de cada año

por qué nuestros cuerpos

fueron secuestrados por un deseo indomable,

irracional, salvaje…

Porciones bárbaras de excesos

que saben solo a nosotros.

P​oema del libro Secretos empolvados