Tiempos de amor y muerte, fragmento (1)

 

Juan Francisco Díaz Navarro

Unas horas después, en Murcia están a la espera de que lleguen las personas que les envían desde Madrid para una reunión que va a tener lugar en el despacho del inspector jefe. Está que se sube por las paredes, no le hace ni chispa de gracia que hayan llamado a unas personas de la capital para ocupar su puesto. Ella es buena, sí, lo ha demostrado con creces. Marcos se acerca a su lado.

―Me jode que nos manden gente de fuera como si nosotros no fuéramos capaces de resolverlo.―Se queja Marcos.

―Pues no te voy a decir lo que me jode a mí que la Muerta venga a sustituirme.―protesta Nuria.

―¿La Muerta? ―se sorprende.

―Así la llaman sus compañeros, aunque reconocen que es una joya. No se junta con nadie de su comisaría. Por lo visto, no la aguanta ningún compañero. Si preguntas por ella, te darán muy buenas opiniones de sus relaciones con los demás. Algunos la llaman la Rara; otros, la muerta.

―¿A qué se debe ese nombre? Joder, da repelús ―dice su compañero mientras se estremece por el mote que le han puesto.

―La llaman de esa manera porque al parecer estuvo varios meses en coma, se ve que eso la dejó tocada, dicen que desde entonces no anda muy bien de la cabeza, que no tiene sentimientos ni quiere a nadie, que lo único que le preocupa es su carrera, aunque eso ya lo veremos. Esa mujer no tendría que haber venido nunca.

―Opino lo mismo que tú, creo que aquí somos bastante buenos y podemos sacar este caso adelante.

―Voy a entrar al despacho para hablar con el jefe antes de que llegue.

La puerta se encuentra cerrada. No va a conseguir nada, sabe que al inspector jefe no le gusta que no obedezcan sus órdenes, aunque ha de demostrarle de alguna manera que no le hace ninguna gracia que un asunto que comenzó ella se lo den a otra persona. Es la que más delitos resueltos ostenta y ahora le mandan a aquella trepa para que se apunte el tanto. Toca y espera a que le den permiso.

―Pase y cierre la puerta.

―Jefe, quería hablar con usted

―¿Qué quieres, Nuria?

―¿Por qué? ―pregunta poniéndose delante de él.

―¿A qué te refieres, Nuria? No capto muy bien tus quejas, así que si me las puedes aclarar.

―A qué has traído a gente de fuera. Nosotros podemos resolver este crimen. Seguiremos a Mario hasta que cometa un error y cuando lo haga, lo cazaré y lo encerraré de nuevo.

―No lo voy a defender, porque yo fui el que lo metí entre rejas. Sin embargo, hay que tener la mente abierta por si fuera otra persona. Esta mujer es la mejor en lo suyo y entre las dos estoy seguro de que al final atraparéis al asesino de una vez para siempre.

―Eso quiere decir que Marcos y yo seguimos dentro.

―Por supuesto que sí, sé lo buena que eres y no te voy a sacar. Cuantas más personas estemos, mejor. Cuando venga la inspectora, dile que pase de inmediato.

Al salir de la oficina ve entrar a dos personas. Una mujer de alrededor de treinta años, pelo rizado de un color negro intenso, que lleva la mirada bajada sin prestar atención a las personas que están en la misma habitación. A su lado va un tipo alto de una edad similar, con cara de pocos amigos y que observa con aire distraído todo lo que tiene delante. Se cruzan.

―Inspectora Muriel, me supongo ―dice Nuria, poniéndose en su camino y avanzando la mano para estrecharla―. Soy la subinspectora Nuria Roca, vamos a llevar este caso juntas.

―Bien. ―Se detiene un momento mientras ignora el gesto introduciendo sus manos en los bolsillos―. Quiero hablar con el jefe, perdón.

―Vamos a entrar todos ―propone Nuria intentando disimular la rabia por el desaire de un momento antes.

―¿En la oficina?

―Eso parece

―¿Y el despacho, cómo es? ―pregunta a bote pronto.

―¿A qué se refiere? ―dice extrañada.

―¿Grande o pequeño?

―Grande. Acompáñame ―indica mientras camina hacia donde será la reunión.

―Bien ―suspira con alivio―. ¿ Es aquí?

―Pues sí. El jefe nos espera dentro.

Toca la puerta y oye la voz de un hombre dando permiso para que entren.

Se acomodan todos en las diferentes sillas que hay dispuestas en el despacho y Marcos cierra la puerta intentando mantener un poco la intimidad que allí hay. De pronto, todos se quedan sorprendidos viendo cómo la nueva inspectora se levanta y la vuelve a abrir.

―Mejor así ―expresa, intentando justificarse. Tiene una forma curiosa de actuar aquella mujer―. Que entre un poco el aire.

―Vamos a presentar lo que tenemos ―manifiesta el inspector jefe haciendo caso omiso a aquel gesto raro que ha presenciado antes―. Ya sabemos quién era la víctima. Se llama Laura Parra de cincuenta años, dueña de una tienda de ropa en la zona centro, separada y madre de un muchacho de diecisiete. Apareció muerta metida en un saco y desnuda. Le han arrancado los ojos y las manos las tiene atadas a una Biblia con cinta aislante.

―Según los primeros informes, al parecer el asesino la violó antes de matarla, tiene desgarros vaginales y anales. El crimen se asemeja mucho a los que se cometieron hace veinte años ―relata Nuria.

―Pero en las muertes anteriores no hubo ninguna violación ―interrumpe Rubén―. Los crímenes son muy parecidos y tal vez ocasionados por la misma persona, aunque tenemos ese matiz que no concuerda con los que se cometieron en el pasado.

―El asesino ha salido de la cárcel hace unos días ―interviene Nuria, que no entiende por qué su jefe no lo ve claro―. En este tiempo ha podido ir desarrollando la manera de matar. Estoy segura de que ha sido él. Durante los años que ha permanecido encerrado no ha sucedido nada y en cuanto ha salido, han comenzado las muertes. ¿Casualidad?

―Podemos estar hablando de un imitador ―aventura Macarena con la vista baja―. Es poco probable que un homicida que antes no violaba a sus víctimas ahora lo haga, no se suele dar el caso de que un asesino múltiple cambie tanto la manera de proceder. Por lo general, las muertes están cortadas siempre por el mismo patrón. Si antes no había connotaciones sexuales, no deben aparecer ahora.

―Hay que tener en cuenta ―levanta la voz― que lleva mucho tiempo en la cárcel y que no habrá mantenido demasiadas relaciones, por lo que igual ese es el motivo. Estuvimos hablando con él y se le veía retador, como si quisiera que lo atrapáramos.

―Subinspectora ―interviene Cristian―, lo que dice la inspectora se atiene a la regla que siguen todos estos psicópatas como usted bien sabe.

―Nuria ―comenta Rubén―, no voy a defender a Mario, aunque lo de violar a una mujer no lo veo haciéndolo

―¿Dónde trabaja el exmarido de la víctima? ―pregunta Macarena, cambiando de tercio.

―En un taller ―informa Rubén―, es mecánico.

―Mecánico ―repite las palabras―. El que lo ha hecho ha de ser alguien joven con un apetito sexual muy fuerte, con un carácter demasiado irascible y le ha ocurrido algo que le ha impulsado a matar. Sentía mucho odio por esa mujer. Por eso, le arrancó los ojos como a las otras. Sin embargo, no tiene por qué ser la misma persona.

―¿Por qué piensas eso, Macarena? ―pregunta el inspector, interesándose por la manera en que lo ha descrito.

―Por la forma en la que actuó. La violó y le sacó los ojos. Debe ser alguien con un carácter muy inestable, irritable y con mucho odio interior. Ahora está en su apogeo y necesita demostrar que puede abusar de ella sin que nadie lo logre evitar. Por eso me inclino a que es alguien de una edad entre los veinte y los cuarenta años. El violarla es una manera a la vez de humillarla y de satisfacerse.

―Sigo pensando que es el policía ―insiste, terca, sin dar su brazo a torcer.

―La inspectora está a cargo de la investigación, ella es la que debe decidir cómo quiere que se haga ―indica Ruben.

―Gracias ―habla con voz apagada―. ¿Tú crees que fue Mario?

―Para mí es el principal sospechoso.

―Yo lo investigaré. Y si es culpable, lo detendremos. Él tiene que saber mucho del caso, al igual que el jefe. Vosotros centraros en el entorno de la víctima, si había alguien que tenía algo contra ella; buscad por la zona donde la dejaron para ver si hay cámaras de vigilancia, en algún punto debe haber. Necesitamos encontrar una y comprobar todos los vehículos que pasaron por allí, en uno de ellos viajaría el asesino.

―Lo que tú mandes. ―Con tal de quitársela de encima y no hacer pareja con ella, lo que sea. Aunque le habría gustado ser la que investigara la vida de aquel expolicía arrogante que la ha retado a que lo descubra.

―Toda la información que vaya saliendo se traslada a Macarena y esta ya me la pasa a mí.

―Muy bien, jefe ―acepta Marcos.

―¿Ha dejado alguna prueba? ―pregunta Cristian―. ¿Se ha podido sacar algo de los libros o de la cinta aislante?

―Las biblias son una edición de 1976, por lo que no quedarán muchas. La editorial desapareció hace ya más de veinte años. Hay que preguntar por las librerías y por las tiendas de antigüedades, es la misma que utilizaron en los anteriores crímenes. Por eso me inclino por Mario ―dice Nuria convencida―. La cinta aislante es de lo más común y se puede encontrar en todos lados, ferreterías, supermercados. Por ahí no creo que saquemos nada.

―Las mismas biblias. ¿Todas eran iguales? ―pregunta Cristian.

―Misma edición, editorial y año. Estuvimos buscando. Entonces estaban por todos lados y no nos llevó a ningún sitio. Ahora es más complicado encontrar ese libro ―señala el inspector jefe―. Y ese dato nunca salió, solo lo conocíamos quienes estábamos en el caso.

―Lo que yo he dicho… ―Nuria no comprende por qué no dejan de perder el tiempo y abren de una vez los ojos―. El muy cabrón está volviendo a matar.

―No cuadra ―murmura Macarena más para ella misma que para los demás.

―Pues andando. Empezad a cazar y traedme algo. ―Levanta la reunión el jefe.

Fragmento de la novela de Juan Francisco Díaz Navarro.