Tinta de limón (fragmento)

 

Esther Álvarez Pérez

«El Intelectual» estaba furioso. Golpeaba con la mano los salientes de la pared, bajando a los santos del cielo y al mismísimo jefe de estos. Estábamos perdidos… Él sabía que la guardia civil pronto encontraría el campamento de Lodeiro, después de torturar a los camaradas de Boucella detenidos. Descubrirnos era igual de fácil que deshilvanar un ovillo. Únicamente debían seguir el rastro de las confesiones sonsacadas a base de palizas en el cuartelillo, o aparentar estar de mal humor esa misma noche mientras bebían orujo en la taberna.

Yo no sabía qué hacer. Me sentí desbordado ante la situación e incapaz de aportar alguna solución que a los demás no les pareciese absurda. Mi picaresca aún no había madurado lo suficiente, por eso consideré más prudente mantenerme al margen, ofreciéndome a hacer todas las guardias en la puerta trasera del corral con «el Niño».

Esa noche las vacas estaban más inquietas de lo habitual. Girando el cuello, cual auténticas contorsionistas, hacían replicar las cuerdas de sus pesebres, emulando las campanadas de la iglesia cuando anunciaban la muerte de un vecino. Pero mis cinco sentidos estaban en alerta, y ni el alboroto de los animales me impidió escuchar con claridad la conversación de los camaradas reunidos en la cocina.

«Vasíliev» propuso a los de Boucella unirse a nosotros e irnos cuanto antes en dirección al sur, hacia La Coruña. Era la mejor alternativa. Ferrol estaba habitada por grandes masas de obreros de la construcción naval, marineros de astilleros afiliados a la UGT y estibadores de la CNT, de ahí que la represión fuese más feroz allí que en las demarcaciones estrictamente rurales. Por si fuese poco, a Juan lo vigilaban desde hacía tiempo, y estábamos poniendo en peligro la vida de su familia. Cuanto antes nos alejásemos de ellos, más probabilidades tendrían de no morir cualquier noche de aquellas. Además, «Vasíliev» aseguró a los de Boucella que no le resultaría difícil encontrar al cabecilla de un grupo de resistentes de Betanzos, con quien había tenido contacto en el cuartel de La Coruña.

«El Niño» no aparentaba estar disgustado. Su máxima preocupación era ir en busca de Tolón antes de abandonar Serantes. Para él, una nueva aventura se presentaba tras el portón del alpendre, donde, tal vez, Pedro Fernández, el protagonista de Roberto Alcázar y Pedrín, estuviese esperándolo dispuesto a acompañarlo. Por otra parte, él mismo se consolaba al pensar que, si el resto de los camaradas regresaban a por sus cosas al campamento de Lodeiro, tendría tiempo de ir a por su perro.

A mí, sinceramente, me dejó de importar todo en ese instante. Poco podía hacer. Ni la lucha por derrocar al tirano, ni la causa justa de una III República, ni los ideales políticos de mi padre amortiguaron el golpe. Solo me inquietaba una cosa: dejar allí a Emilia, como quien debe desistir de una promesa sagrada abrumado por la prisa…

Esa noche la angustia tomó forma en la cara de aquellos hombres comiendo caldo, en los nudillos destrozados de «el Intelectual», en la cara de satisfacción de la madre de «Alecrín», imaginando que, por fin, nos alejábamos de su vida, y en la retorcida hechura de las escaleras de las cuadras, donde hice guardia cuatro horas seguidas escuchando a la resistencia fraguar sus planes en la cocina.

Cuando más inmiscuidos estaban «Vasíliev» y los miembros de Boucella en la conversación, los perros de Juan comenzaron a ladrar desesperados, intentando desatarse de los pies del hórreo a mordiscos.

Alertados con la escandalera, los gatos salieron despavoridos del gallinero, abandonando a las crías, recién nacidas, en los ponederos. Corrían con el rabo tieso, esquivando a las gallinas que, impulsadas por la nada, revoloteaban unas encima de las otras al presentir la desgracia. Hasta el viento bajó a avisarnos del peligro, desnucándose contra las poleas del pozo.

Yo estaba en la puerta del corral con «el Niño», cuando oí el chapoteo de las botas de los guardias al hundirse en las charcas. Pasados unos minutos me sentí rodeado, sin haber visto ni la sombra de uno de ellos. Por mucho que corriese o disparase al aire, no había escapatoria ni por la puerta de atrás ni por la de delante.

El caos, dentro de la cocina, desmanteló en décimas de segundo los planes urdidos por la resistencia entre las ollas. De inmediato, «el Intelectual», «Vasíliev», «el Capitán» y «Carlos» saltaron por la claraboya de la bodega con la agilidad de una ardilla. Los demás nos echamos a correr hacia el primer piso de la casa. Allí, previniendo sorpresas así, Juan había hecho una trampilla en el pasillo comunicada con el faiado, camuflada entre los tablones del techo. Fuimos rápidos, estábamos bien entrenados. En unos segundos conseguimos meternos en la cubierta del tejado, en un orden digno de una escuadra militar.

¡Qué noche aquella! El pánico se había colado dentro de la casa de Juan, ávida por mantener viva su definición dentro del diccionario del horror. Vi la cara de la muerte subiendo por las escaleras, las garras de la angustia clavadas en las pantorrillas de los camaradas más adelantados, y al oír el llanto de los terneros, descubrí la maldad de Dios que, en ese momento, teniendo potestad de dirigirlo todo, consentía aquel atropello por no haberle dedicado un novenario durante la cena.

Juan, su mujer, «Alecrín» y Lola se quedaron dentro de la cocina, metiendo los platos sucios dentro del horno de leña sin hacer ruido. La enorme olla del caldo la escondieron dentro de la artesa del salado, las sillas las llevaron al corral, tiraron las colillas al cubo de los cerdos, y apagaron uno de los candiles del chinero, simulando estar a punto de irse a dormir.

Un «abran a la Guardia Civil», seguida de unos desabridos golpes en la cancela, anunció la muerte de muchos. Juan abrió la hoja superior de la puerta muy despacio, con los nervios dentro de los bolsillos del pantalón, emulando los gestos más inocentes de Charles Chaplin delante de una cámara de 8 mm. Al hacerlo, de inmediato se asomó el cañón de un fusil apuntándole a la garganta. En ese instante el mismo olor a cuero del cuartel de infantería de La Coruña penetró en la casa, con el aplomo de un intruso dispuesto a robarnos lo poco que teníamos.

Cada cual corrió una suerte distinta. Quienes nos habíamos escondido en el faiado estábamos a oscuras y agachados, porque la altura del habitáculo era de poco más de un metro. Controlábamos la respiración con la precisión de un termómetro, por miedo a que la madera de los largueros crujiese con el exceso de dióxido de carbono. Recuerdo multitud de manzanas de invierno desperdigadas por el suelo. Su olor dulzón me penetraba por la nariz con la fuerza del perfume polvoroso de una vieja artista. Sin poder vernos, todos nos preguntábamos cuál de los de Boucella habría cantado, ya que era una patrulla demasiado numerosa para tratarse de una visita rutinaria. Hasta las ratas se quedaron quietas, acurrucadas en los codos de las viguetas, haciéndose la misma pregunta.

«El Niño» acariciaba la medalla de la Virgen del Perpetuo Socorro, implorando auxilio a su difunta madre. Yo, vislumbrando tan cerca la muerte, hice lo mismo con el reloj de mi padre, por si algún fantasma, amigo suyo, especializado en milagros, pudiese interceder por nosotros.

A empujones, los guardias invitaron a Juan a inspeccionar la casa en busca de guerrilleros, armas o propaganda comunista. El resto de la familia se quedó encerrada en la cocina, tras ser advertida de que, si se movían, les pegarían un tiro.

Eran siete guardias contra un hombre, Juan, el padre de «Alecrín», mas los gritos de los civiles aparentaban ser los de una de las tropas de Napoleón enfrentándose al ejército de Sir John Moore en la Batalla de Elviña ―mi padre me había hablado tanto de ella que, siendo yo muy niño, llegué a creer que él mismo había participado en la famosa contienda, en las filas de la armada británica―.

Primero inspeccionaron la parte de abajo: el corral, la bodega, la leñera, el gallinero y el pajar, donde, al azar, pincharon con un palo largo el suelo por si había alguien escondido bajo la paja. Parecían una manada de lobos buscando comida, y a su paso destrozaron lo que la fuerza de la gravedad había mantenido en pie hasta ese día.

Después de arrasar con lo más próximo, tres cabos obligaron a Juan a subir, delante de ellos, por las escaleras hacia el primer piso. Lo hicieron con brutal violencia, con ganas contenidas.

Yo podía escucharlos con bastante claridad desde una esquina del faiado. El tono de sus voces denotaba la altivez de intrépidos héroes al presentir que, meses más tarde, podrían ser condecorados por su hazaña con la Cruz Laureada de San Fernando.

Al llegar a la primera planta, entraron en las habitaciones, golpeando las puertas con la fuerza de cien titanes recién liberados de las cadenas; rajaron los jergones de poma, abrieron los armarios, vaciaron los cajones y tiraron el contenido, sin hacer distingos; acuchillaron el suelo de los dormitorios, y los geranios de las ventanas acabaron estampados encima de la cuadra de los cerdos.

Avanzaban con botas de plomo. A sus pies, las juntas de la madera se estremecían intuyendo lo peor. Caminaban con inquina, con despotismo, seguros de ser ellos quienes dominaban el pequeño mundo, en ese momento, descuartizado entre sus dedos. También los retratos de los antepasados de Juan, colgados en la pared del comedor, cayeron desplomados, cubiertos con trozos de cristales, afligidos al comprobar que su alma, definitivamente, había sido enviada al infierno.

Las gallinas aprendieron a volar esa madrugada. Podíamos oírlas desde la cubierta del tejado. Se propulsaban con la punta de las alas, planeando de esquina a esquina sin rozar el suelo, agobiadas al imaginar sus huevos rotos dentro de los brillantes tricornios de aquellos desconocidos.

El caos se propalaba dentro de una casa encantada, a punto de estallar con mil fuegos artificiales. Mientras las vacas lloraban por la suerte de los terneros, los gatos trataban de distraer a los guardias, enredándose entre sus piernas para que no descubriesen la trampilla del pasillo si miraban al techo.

Cuando mayor era el alboroto, dos miembros de la partida de Boucella, escondidos con nosotros dentro del faiado, decidieron salir por un pequeño boquete de la cubierta. Tuvieron mala suerte. Cayeron por una brecha abierta en el tejado del pajar, contiguo al de la casa, aterrizando delante de dos números apostados junto al portón. Al cabo de unos segundos oímos el primer tiroteo… Me estremecí… Yo, por supuesto, ya estaba acostumbrado al sonido de los disparos, pero, al estar dentro de un espacio cerrado, por primera vez sentí cómo la vibración de los impactos retumbaba en mi pecho, aplastándose contra las costillas con la pujanza de una estaca.

«Los han matado…», gritó «el Niño».

Tinta de limón es una novela ambientada en la posguerra española y muy comprometida con la Memoria Histórica. Está dedicada a quienes perdieron una guerra, pero ganaron la historia. Los personajes no son ni superhombres ni redentores de causa alguna, sino héroes de sus propias vidas. Su mensaje va dirigido a los jóvenes con el fin de que conozcan nuestra historia y de que nada de lo sucedido vuelva a ocurrir. 

Esther Álvarez Pérez es miembro de la Unión Nacional de Escritores de España.