“San
Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia, rugosa, frondosa y amena.
Cuando un hombre consigue llevar a la fraga un alma atenta se entera de muchas
historias…Entonces se comprende que existe otra alma allí, infinitas almas”.
Así
describe Wenceslao Fernández Flórez‒ el escritor coruñés considerado una de las
grandes figuras de las letras españolas del S. XX‒ las fragas del Eume; las que
inspiran su obra El Bosque Animado. Un autor que falleció en Madrid el 29
de abril de 1964 y que, en su residencia de verano, Villa Florentina, con este motivo
y en su memoria, se leyeron fragmentos del libro Las siete columnas,
galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1926 y en el que plantea‒
irónicamente‒ que los siete pecados capitales: lujuria, pereza, gula, ira,
envidia, avaricia y soberbia, son precisamente el motor de la actividad humana.
Mas
estas líneas de hoy las provocan las 16 “estancias” de El bosque animado
en las que el narrador omnisciente escribe cuentos relacionados entre sí
otorgando a plantas y animales alma y pensamiento y dando cuenta a través de
magníficos personajes como el Bandido Fendetestas, Fiz de Cotovelo, Hermelinda,
Marica da Fame, a Moucha y aquel libro suyo de San Cipriano, el Loco de
Vos, los Sres. D´Abondo, Pilara, Geraldo…las vidas de seres que un día habitaron las fragas y que muy bien
podrían ser otros tan intensos y extensos como estos‒ y lo son, de hecho‒. Porque
al final en todas las fragas, montañas, puertos, comunidades de vecinos,
barrios, ciudades, países, continentes o incluso familias y personas se guardan
los propios bosques animados o desanimados‒ depende‒ y entre ambos extremos toda
la gama de colores que se encuentran en la “paleta” de un pintor.
Esta
historia llevada al cine en 1987 en película dirigida por José Luís Cuerda y
música compuesta por José Nieto, especializado en este género musical ‒ como mi
Maestro de composición musical, el inolvidable Antón García Abril considerado
uno de los mejores compositores contemporáneos‒ obtuvo el Premio Goya al Mejor
Actor otorgado por la AACCE.
Wenceslao
escribió en castellano‒ ¡ay, castellanos de castilla! ‒ e eu ben sei
que aquí temos Castros, aparte de Fidel e a súa familia‒. En fin… Cousas,
que diría Castelao, O libro negro da lingua galega, Cantares Gallegos,
A Esmorga, Alfonso X “El Sabio”, la ley de “Doma y Castración del Reino
de Galicia” con Isabel y Fernando‒ “tanta monta, monta tanto” ‒, Os Séculos
Oscuros y el consecuente Rexurdimento o incluso aquel sueño que un
día se llamó Esperanto‒ el esperanzado‒. Tan esperanzado como aquel poeta que
decía:
“Sensibles
a todo viento/ y bajo todos los cielos/ poetas, nunca cantemos/ la vida
de un mismo pueblo/ ni la flor de un solo huerto. / Que sean todos los pueblos/
y todos los huertos nuestros ‒; y también Wenceslao Fernández Flórez: “vino
la Muerte y pasó su esponja por la extensión de la fraga y desaparecieron estos
seres y las historias de estos seres, con sus luchas y sus amores, con sus
tristezas y alegrías, que cada cual cree inéditas y creadas para él, pero que
son siempre las mismas. Porque la vida nació de un solo grito… y cada vez que
se repite no es una voz la que se ordena, sino el eco que va y vuelve desde el
infinito al infinito”.
Y
así es como lo siento hoy yo; contra todo pronóstico y “emboscadamente”
‒ en mi bosque‒.
Julia M.ª Dopico y Vale de
Piñeiro es Delegada Permanente de la Unión Nacional de Escritores de España
para las Relaciones con la Música.
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